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Aliento dentro de cada aliento

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El Espíritu Santo es “aliento de vida, vitalidad, aliento dentro de cada aliento. Esta llama interior aviva nuestro anhelo del Ser Último y nos da fuerzas para servir a otros”, dice el Hermano David Steindl-Rast en su libro “Más allá de las palabras”.


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“Espíritu” significa aliento de vida, vitalidad, aliento dentro de cada aliento. Podemos llegar a entender a nuestra limitada vida como una participación en una vitalidad ilimitada, recibida como puro don: el Espíritu Santo. En el lenguaje bíblico, el polo opuesto a espíritu es “carne”, un cuerpo que ya no respira. “Carne” señala todo aquello que está destinado a la descomposición, a la putrefacción, a la frustración en cualquier nivel de la existencia. La polaridad carne–espíritu nunca debe ser confundida con la relación complementaria entre cuerpo y mente.

El Espíritu divino es llamado “Santo” en el sentido de sobrecogedor y fascinante. Dondequiera que la fuerza vital surja desnuda y con un poder irresistible, ella al mismo tiempo nos seduce y nos sobrecoge de temor. Este doble aspecto de lo sagrado caracteriza cualquier percepción que tengamos del Espíritu Santo.

Podemos tomar conciencia de que vivir no es algo que hacemos, como correr o cocinar, sino un proceso en el que participamos mediante nuestras acciones y padecimientos. Este proceso está al mismo tiempo dentro y fuera de nosotros. Esto es algo que no podemos comprender gracias a un análisis intelectual, sino solo por experiencia. Podemos también distinguir diversos grados o niveles de vida. Nuestra comida favorita nos hace sentir más vivos; nuestra canción favorita eleva ese sentirnos vivos un grado más; tener en brazos a nuestro primer hijo recién nacido marca un grado aún más elevado. Podemos además encontrarnos en una situación en la que nuestra sensación de vitalidad física se ve disminuida por la enfermedad o la vejez, emocionalmente nos sentimos en un nivel bajo, e incluso nuestra capacidad mental parece reducirse; y sin embargo, precisamente en esos momentos podemos sentir una profunda intensidad interior, una llama de vida firme y fuerte pese a nuestra deteriorada vitalidad física. No solemos prestarle atención a esta llama interior vital cuando nuestra vitalidad en su conjunto está robusta. Cuando esa llama interior aviva nuestro anhelo del Ser Último y nos da fuerzas para servir a otros, los cristianos llamamos a esa vida dentro de nuestra vida el Espíritu Santo. Cualquier ser humano puede experimentar esta trascendental fuerza vital, independientemente del nombre que le dé.

Sí, el Espíritu Santo nos mueve al fervor religioso; pero la apasionada y paciente investigación de los científicos, la creatividad de los artistas, músicos y escritores, y el ingenio de los hombres y mujeres dedicados al servicio de los demás en los miles de campos del quehacer humano, todo esto también surge del mismo Espíritu Santo.
Quienes proclaman su fe en el Espíritu Santo expresan su profunda confianza en la vida, una vida que late en nuestros cuerpos y que anima nuestro mismo ser; vida que compartimos con todo lo que está vivo y que es en última instancia una participación en la vida divina. Confiar en la vida significa tener fe en que el flujo de la vida siempre nos traerá lo que necesitamos, aunque no siempre lo que queremos. Si realmente confiamos en la vida, no vamos a desperdiciar nuestras energías en el resentimiento o en desear que las circunstancias de nuestra vida fueran diferentes, sino que vamos a emplear nuestra energía para responder adecuadamente a cada situación, para florecer donde hemos sido plantados.

Quienes tienen fe en la vida son como nadadores que se confían a sí mismos a las aguas de un río caudaloso. Ellos no se abandonan a sí mismos a la corriente ni tratan de resistirse a ella, sino que ajustan cada uno de sus movimientos al curso del agua, la aprovechan hábilmente para llegar donde quieren, y disfrutan de la aventura.

¿Qué podría ser más decisivo para nuestra comprensión de la vida y para una correcta actitud ante ella que esta confianza básica? Cuanto más despertamos al misterio de la vida, tanto más nos maravillamos del don inestimable que representa el estar vivos. Tomar conciencia de ello nos hace cada vez más agradecidos, a cada latido, a cada paso. Este vivir agradecidos, por su parte, nos conduce progresivamente a una mayor alegría de vivir.

Reflexiones personales

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Neil Armstrong camina sobre la Luna

A fines de los años sesenta, la ciudad de Ann Arbor, en Michigan, Estados Unidos, era conocida como “la pista de aterrizaje del Espíritu Santo”. Juan XXIII, “el Papa bueno” como se lo llamaba en todo el mundo con afecto y admiración, había orado por “una nueva efusión del Espíritu Santo”; sin embargo, ni él mismo se imaginaba cuán arrolladoramente su oración sería escuchada. Comenzando con una verdadera explosión de dones espirituales durante un retiro de estudiantes de la Universidad de Duquesne en febrero de 1967, el Movimiento Carismático irrumpió en la iglesia católica, y se extendió con la velocidad de un rayo a todas partes del planeta. De repente, la oración en lenguas, las profecías y el don de sanación, familiares para las iglesias pentecostales durante mucho tiempo, ahora tenían lugar en las parroquias tradicionales. No mucho antes de que esto sucediera, recuerdo haber preguntado en una clase de teología por qué estos dones, habiendo sido tan comunes en la iglesia primitiva, ya no se hacían presentes. Mi profesor me aseguró que esas manifestaciones extraordinarias del Espíritu Santo ya no eran necesarias, ya que habían sido reemplazadas por las instituciones eclesiásticas. Bueno, fueron precisamente instituciones eclesiásticas las que, prudente pero decididamente, promovieron esta radical renovación espiritual. Bajo la conducción de Ralph Martin y Stephen Clark, la Comunidad de la Palabra de Dios, en Ann Arbor, se convirtió en el centro espiritual del Movimiento Carismático.

Muchos de nosotros nos preparamos para recibir el Bautismo en el Espíritu Santo, renovación de las promesas del bautismo combinada con una especial apertura al poder de los dones espirituales. Personalmente había elegido el 20 de julio para tal ceremonia, por cumplirse el 43º aniversario de mi bautismo. Poco podría haber imaginado el significado añadido que esa fecha recibiría en 1969. Al salir del cuarto de oración, radiante de entusiasmo, lo primero que vi fue la luna llena a través de una ventana alta. Un pequeño grupo se había reunido allí en el salón, frente a un televisor. Estaban en completo silencio, atónitos, viendo en vivo cómo un ser humano por primera vez en la historia se paraba sobre la superficie lunar. “Un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”, le oímos decir a Neil Armstrong.

Las cosas no se podrían haber dado de mejor forma para mí; fue una sincronización perfecta. Hasta el día de hoy apenas puedo creer cómo coincidió todo como para grabar en mi alma una firme convicción: Sí, el Espíritu Santo nos mueve al fervor religioso; pero la apasionada y paciente investigación de los científicos, la creatividad de los artistas, músicos y escritores, y el ingenio de los hombres y mujeres dedicados al servicio de los demás en los miles de campos del quehacer humano, todo esto también surge del mismo Espíritu Santo.

Cada cuerda de un arpa eólica responde con una nota diferente a la misma brisa. ¿Qué actividad resuena en nosotros más intensamente, más profundamente, con el viento del Espíritu que sopla donde quiere? El entusiasmo del Movimiento Carismático de los sesenta y los setenta ha disminuido; aún así, las iglesias tradicionales ya no volverán atrás. Los cristianos aprendieron a poner a prueba la doctrina con la experiencia; ya no van a volver a someter acríticamente su experiencia personal a la doctrina oficial. ¿Valoramos nosotros el pensamiento independiente en materia religiosa? ¿Tiene ese pensamiento independiente un límite que debe ser respetado? ¿Cuál nos parece que es el rol del Espíritu Santo en este respecto? En nuestra experiencia, ¿dónde está actuando el Espíritu Santo en nuestro mundo actual?

 

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