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Amor y obediencia

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Segunda parte del artículo del hermano David acerca de la necesidad de fundamentar la ética en la experiencia religiosa humana básica. Esta experiencia, común a todos, nos muestra que nos pertenecemos mutuamente. Si comprendemos esta vivencia, comprenderemos mejor conceptos éticos básicos como los aquí explicados del amor y la obediencia.


Para ver la primera parte del artículo (“La religión del corazón”), haz click aquí.

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Ahora quisiera referirme a las consecuencias de una fe responsable en conexión con dos realidades que en nuestra tradición occidental han sido importantes para la ética: el amor y la obediencia.

El concepto bíblico de amor cobra sentido a la luz de la idea de pertenencia. Cuando vivimos aquella experiencia religiosa fundamental, tomamos conciencia de nuestra pertenencia a un todo, y le decimos “sí” a esa pertenencia. El amor, en el sentido bíblico, consiste en este “sí”, con todas sus consecuencias.

A menos que entendamos al amor en este sentido, podemos vernos envueltos en muchas contradicciones. Pensemos, por ejemplo, en el mandamiento de amar al prójimo. Normalmente entendemos al amor como un deseo preferencial, e incluso como una atracción pasional. ¿Podemos acaso amar al prójimo con un deseo preferencial? ¡Ni qué decir de una atracción apasionada! Al decir “prójimo”, me refiero al vecino que vive al lado de casa; amarlo así es imposible. Por otra parte, ¿puede alguien “mandarnos” el sentir un deseo preferencial? ¿Puede la atracción ser objeto de un mandamiento? De ninguna manera. Pero si alguien nos dice: “has experimentado una pertenencia universal; ahora dile sí a esa pertenencia y actúa en consecuencia”, esto sí es sensato y posible.

La Biblia no dice “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo”, sino que dice “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Esto quiere decir “Ama a tu prójimo como si él fueras tú mismo”. En nuestro ser más profundo, somos uno con nuestro prójimo. Cuando vivimos aquella experiencia religiosa fundamental, sentimos que somos uno con los demás; nadie nos lo tiene que decir. Así, el mandamiento del amor simplemente significa “Dile sí a esta experiencia, y actúa en consecuencia”.

Por el contrario, si pensamos que debemos “amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos”, necesitamos primero imaginar que somos otra persona. Luego debemos amar a ese “otro” (que en realidad somos nosotros mismos), como amaríamos a otra persona. Finalmente, debemos tratar de amar al prójimo, que es otra persona, del mismo modo en que nos amamos a nosotros mismos como si fuéramos otra persona. Todo esto resulta una acrobacia mental imposible de llevar a la práctica. En contraste, no hay nada más natural que la intuición de que el prójimo es uno con nosotros. Lo hemos intuido; actuemos en consecuencia. Es en este sentido en que podemos enraizar a la ética en la religión.

Querría también poner el ejemplo de la obediencia. La obediencia es comunmente entendida como hacer lo que alguien nos dice que hagamos. Hay motivos para entenderla así. La obediencia a menudo se aprende haciendo libre y voluntariamente (durante un determinado tiempo y bajo circunstancias especiales) lo que alguien nos manda hacer. En esto consiste la obediencia como método; pero en cuanto método, tiene un objetivo: la obediencia como virtud. Esta obediencia virtuosa es obediencia en el pleno sentido de la palabra.

En la tradición judeo-cristiana y en otras grandes tradiciones religiosas, la virtud de la obediencia es mucho más que hacer lo que alguien nos dice. Ella implica, en última instancia, escuchar con el corazón. Obedecer indica intensidad en la escucha; es la forma más intensa de escuchar(1). Lo opuesto a la obediencia es la irresponsabilidad: quien actúa irresponsablemente no escucha, y por lo tanto, no responde adecuadamente.

Una ética que no está enraizada en la religión del corazón no considera a la obediencia como una escucha atenta y responsable, sino que simplemente la entiende como el conformarse con mandatos externos. Sin embargo, sabemos que ese conformarse muchas veces es un acto irresponsable. Estamos demasiado inclinados a ceder ante la presión exterior, aún cuando en nuestro interior sabemos que deberíamos oponernos. Ante un mandato injusto, la no-conformidad constituye el grado supremo de obediencia. Ejemplo de ello es la desobediencia civil; “desobediencia” que en realidad es auténtica obediencia, arraigada en el corazón.

Dado que naturalmente estamos inclinados a someternos a la autoridad, todos nuestros esfuerzos deberían emplearse en enseñar a nuestros niños a saber decir “no” cuando es necesario.
Nuestra sociedad tiene una gran laguna en lo que a obediencia se refiere. Pensamos que a los seres humanos nos resulta extremadamente difícil someternos a una autoridad externa. Todo lo contrario: tendemos a ceder ante las exigencias de la autoridad, aún cuando ellas van en franca oposición a nuestra conciencia. Basta recordar los experimentos de Stanley Milgram, de la Universidad de Yale, que fueron reproducidos en Europa, Sudáfrica y Australia. Milgram mostró que más de un 60% de las personas encuestadas estaban dispuestas a torturar a un paciente con descargas eléctricas hasta dejarlo inconsciente por el solo hecho de que una autoridad (en este caso un psicólogo, figura autoritativa propia de nuestra era) le decía: “El experimento requiere que usted continúe con las descargas. No le queda otra opción; usted debe continuar”.

Aún así nuestra sociedad sigue convencida de que el sometimiento a la autoridad nos resulta muy difícil, y así nos seguimos manejando. Inculcamos a nuestros niños el someterse a la autoridad, como si fuera algo que necesita ser grabado a fuego en nuestra conciencia. Como decía, nuestra sociedad tiene en esto una laguna. La realidad es que, dado que naturalmente estamos inclinados a someternos a la autoridad, todos nuestros esfuerzos deberían emplearse en enseñar a nuestros niños a saber decir “no” cuando es necesario. Solo aprendiendo a “plantarnos” lograremos contraponer nuestra tendencia natural a inclinarnos ante la autoridad. Si así lo hacemos, el único gesto válido para alguien en autoridad será devolverle una y otra vez la autoridad a sus subordinados. Por lo tanto, la tarea fundamental de quienes ejercen la autoridad es otorgar autoridad a quienes tienen a su cargo.

Dado que la obediencia como virtud es escuchar con el corazón, el entrenamiento en la virtud de la obediencia no consiste en entrenar en el conformismo. Su objetivo no es producir marionetas, sino profetas. Durante siglos las diferentes tradiciones religiosas han sostenido que la obediencia perfecta es la obediencia del profeta. El profeta es aquel que, gracias a una escucha atenta, sabe cómo hablar y qué decir, siempre dentro de la comunidad pero muchas veces contra la corriente.

Es necesario hablar desde la comunidad, ya que aquel que habla desde fuera no es un profeta sino un simple crítico. El profeta es parte de la comunidad, pero muchas veces se pronuncia en contra. Es fácil tomar una u otra postura: permanecer dentro de la comunidad y quedarse callado, o salir de ella y hablar en su contra. Sin embargo, el desafío es levantar la voz sin dejar de pertenecer a la comunidad. Cuando ambas cosas se dan juntas, ellas forman la cruz del profeta: el leño vertical, permanecer en la comunidad; el leño horizontal, levantar la voz.

En lo más profundo de nuestro ser tenemos una fuerza interior que es capaz de hacer frente a los poderes que ponen en peligro a este hermoso planeta Tierra. Necesitamos aprovechar cada gramo de energía que podamos sacar de nuestro interior para luchar por los valores que defendemos. Lo que logremos alcanzar no es lo más importante; lo que importa aquí es saber si tendremos la sabiduría y el coraje suficientes como para tomar las medidas necesarias. Nuestro esfuerzo sincero nos dará la seguridad de haber hecho lo que pudimos. Tratar de hacer algo es mucho más importante que pensar simplemente en sobrevivir. Si solo pensamos en sobrevivir, quizás terminamos metiéndonos en la misma cueva en la que están metidos aquellos que, buscando sobrevivir, ponen en peligro la supervivencia de todos. Si, por el contrario, nos enfocamos en volver a enraizar a la ética en la religión, y a la religión en aquella experiencia religiosa de pertenencia universal, quizás ello nos ayude a posicionarnos mejor ante los grandes peligros que nos amenazan.

Hermano David Steindl-Rast

(1) La palabra “obediencia” (obedience en inglés) proviene del latín ob-audire, e indica una audición discernida, una escucha atenta.
 

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