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Atrapado con las manos en la masa

David Steindl-Rast
Un relato tierno, gracioso… y estremecedor. El hermano David reflexiona acerca del robo, desde las travesuras de la infancia hasta el robo de recursos que resulta en miles de muertes de hambre. Que estas palabras nos ayuden a despertar y a tomar conciencia, y nos muevan a la acción.


En 1984, Philip Zaleski, editor de la revista Parábola, escribió al hermano David Steindl-Rast solicitándole un artículo acerca del robo. La idea era dedicar todo un número de la revista a este tema. Desafortunadamente, Parábola no recibió respuestas satisfactorias de parte de la mayoría de los escritores elegidos, y el proyecto se canceló. Sin embargo, el hermano David autorizó a la revista Desert Call a publicar su artículo.

Bueno, confieso que me han atrapado. Y heme aquí, declarado culpable. Al principio, la invitación pareció inofensiva: La revista Parábola está planeando editar un número acerca del robo: “Estamos invitando a una docena de autores como usted a que reflexionen acerca de un robo que hayan cometido, y acerca de los motivos y consecuencias de ese acto, y que compartan las conclusiones a las que han llegado con nuestros lectores”. Me pareció bien. Miré la fecha límite para entregar mi aporte, evitando cuidadosamente dirigir mi mirada a la pila de correos sin contestar, y decidí aceptar la invitación. Escribir acerca de mí mismo normalmente no me atrae; se parece demasiado a un strip-tease psicológico. Sin embargo, como monje que hasta ahora nunca ha sido expuesto en una “galería de ladrones”, me pareció un desafío interesante.

Dos semanas del gasto mundial en armas serían suficientes para alimentar a cada hombre, mujer y niño en el planeta por todo un año.
Los recuerdos empezaron a surgir. Al principio fueron recuerdos de la infancia. Los avellanos en la colina. El juramento que tuve que hacerle a mi tutor, cuando apenas tenía cinco años, de mirar pero nunca tocar. Y luego ese nido. Un huevo. Nunca ha habido un azul más cautivante que el azul de ese único huevo de zorzal. Todavía permanece vívido en mi memoria. Al volver al lugar, violé otro solemne juramento: el de nunca visitar yo solo ese lugar secreto. Regresé sigilosamente al atardecer. Nunca fue mi intención robar ese objeto mágico… pero estaba hechizado. Ante el más mínimo contacto, la cáscara del huevo se hundió entre mi índice y mi pulgar. En ese preciso instante la madre zorzal surgió como una flecha de entre las ramas. Su grito todavía traspasa mis huesos, y quiero limpiar una y otra vez mis dedos pegajosos.

Robar durante la guerra era un asunto más pragmático. Los motivos y las consecuencias estaban a la vista: robábamos porque teníamos hambre. Si éramos afortunados, lográbamos que no nos vieran; si no, nos mataban de un tiro. El asunto era así de simple; no obstante, a veces se tornaba gracioso. Al recordarlo, hoy me resulta más fácil que entonces reírme de esa bolsa de cincuenta kilos que mi hermano y yo robamos de un depósito. ¡Qué visiones teníamos mientras arrastrábamos nuestro botín a casa por las calles desiertas! Casi podíamos oler las hogazas y hogazas de pan que nos darían esos cincuenta kilos de harina. ¡Y en qué prodigios de inventiva culinaria nos embarcamos cuando resultó que nuestra harina era almidón para la ropa! No importa si lo cocíamos a fuego fuerte o lento, si lo hervíamos, si lo asábamos o freíamos: el almidón seguía siendo almidón.

Si un número suficiente de entre nosotros toma conciencia, podremos enfrentar juntos el problema, y juntos encontrar maneras creativas de hacer más que simplemente tratar los síntomas.
Robar aquel libro fue diferente. Obedecía a motivos diferentes, tenía diferentes consecuencias. Éste también es un recuerdo de guerra. Las bombas habían devastado Viena. Después de buscar el departamento de un amigo y encontrar que estaba destruido, me metí por un hueco en el muro para explorar las ruinas. Las bombas habían partido la casa en dos. Lo que una vez había sido la valiosa biblioteca de un maestro de música era ahora un caos. Los estantes de la biblioteca estaban prácticamente enterrados bajo el revoque y los vidrios rotos. Un ladrillo había caído sobre una mandolina. Comencé a quitar el polvo de los lomos de los libros y a leer los títulos, y tomé uno que me gustó. No sé si el dueño sobrevivió al bombardeo de esa casa. Pero treinta y ocho años después, ese libro aún está conmigo, ahora en una ermita a doce mil kilómetros de donde lo robé. En todos estos años he aprendido, espero, a “no tomar lo que no me es dado.” Pero ¿qué se hace con los objetos que uno ha robado y que no puede devolver? Es un libro de canciones; justamente la otra noche canté con él. Y cuando canto, recuerdo, No causé ese horror, pero me aproveché de él. Mi amor por la belleza y por la música simplemente enfatiza ese hecho. Por él, me hermano con ese supervisor del campo de concentración que se sentaba en su piano de concierto a tocar sonatas de Beethoven cada noche, cuando su tarea había terminado.

Bueno, estos recuerdos de mis robos serían una buena contribución al número que se editaría. Y me sentí tranquilo porque todo esto estaba a suficiente distancia de mí, en el pasado. O por lo menos así lo creía, hasta el momento en que le puse el sello postal a la carta de aceptación a la revista Parábola. Ahí es cuando fui atrapado, y en mi propia trampa.

Para explicar lo sucedido, debo mencionar que me siempre me han llamado la atención las calcomanías. Hoy en día, la gente que tiene autos anuncia sus convicciones por medio de calcomanías que pegan en sus paragolpes. Ponen cualquier cosa, desde “Jesús salva” hasta “Preferiría estar nadando desnudo”. De hecho, cuando nuestra comunidad monástica estaba tratando de asentarse en el estado de Maine, le robamos un eslogan a un candidato al Congreso. Después que el Sr. Monks (apellido que quiere decir “monjes”) fue derrotado, solo entonces usamos sus calcomanías , ya que eran apropiadas para nosotros. Decían “Monks for Maine” (Monjes para Maine).

Desde entonces he descubierto lo que puede hacer una calcomanía para los que no estamos motorizados. Los ciudadanos que lo están no nos sacan ventaja a nosotros, los peatones. Los eslogans que suelen verse en los sellos postales han hecho que el correo se vuelva un foro público, como lo han hecho las calcomanías en los paragolpes con las autopistas. Por otra pare, los sellos son más baratos que los automóviles. Y así, habiendo pegado el sobre de mi carta a Parábola, puse un sello postal en ella, como lo hago con todas las cartas que envío. Pero, en sintonía con el tema de los robos, de pronto leí en el sello un eslogan de dos líneas como si nunca antes lo hubiera visto:

EL DINERO QUE SE GASTA EN ARMAS
SE LES ROBA A LOS POBRES

Y allí estaban, surgiendo en mi memoria. Niños con el vientre hinchado y piernas delgadísimas, con ojos en los que ardía el oscuro fuego del hambre. Miles de ojos. Estadísticas que casi había olvidado vinieron a mi memoria: 41.000 personas mueren de hambre por día en el mundo. Más de una docena de las ciudades capitales de Estados Unidos tienen poblaciones que no llegan a esa cifra. Es como si, día tras día, una ciudad más grande que Annapolis, Helena o Jefferson City fueran borradas del mapa por inanición. Y sin embargo, dos semanas del gasto mundial en armas serían suficientes para alimentar a cada hombre, mujer y niño en el planeta por todo un año. Solo tendríamos que suspender durante dos de las cincuenta y dos semanas del año nuestra carrera armamentista. El eslogan del sello postal es una cita del papa Pablo VI. El presidente Eisenhower había dicho décadas antes: “Cada barco de guerra que zarpa, cada misil que se dispara es, en última instancia, un robo a los pobres”.

La mayoría de los que mueren de hambre son niños. Los gritos de sus madres son más lacerantes que los de una madre zorzal. He experimentado lo fácil que es enfrentar la muerte por robar si la alternativa es morirse de hambre. Naciones enteras asoladas por el hambre deben sentir lo mismo. Los que las explotan lo saben. Es por eso que vivimos en un mundo en el que las naciones ricas se arman contra las pobres. Podemos no haber causado este horror, pero nos aprovechamos de él, aquí, en el hemisferio norte. ¿O no?

Perdónenme. Si se suponía que esta “Galería de Ladrones” iba a ser algo entretenido, mi indagación personal puede haber estropeado la diversión. Me disculpo. ¡Pero cuidado! Nuestros propios sellos o calcomanías pueden hacernos tomar conciencia. Quizá sea allí donde comienza la esperanza. Si un número suficiente de entre nosotros toma conciencia, podremos enfrentar juntos el problema, y juntos encontrar maneras creativas de hacer más que simplemente tratar los síntomas. Debemos enfrentar las causas. Todo el sistema necesita ser reparado. Para empezar, podemos tratar de hacer que nuestras propias democracias sean más democráticas. Las estructuras que hemos tomado por garantizadas pueden necesitar ser cambiadas. Nuevamente me disculpo. Pero no puedo ocultar de los ojos de los niños de quién es la comida que robo. Heme aquí, declarado culpable.

Reproducido de la revista Desert Call, verano de 1985.


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