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El camino del corazón

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¿Tienen el budismo y el hinduismo algo que ofrecer al cristianismo, y viceversa? ¿En qué se distinguen y en qué se hermanan los diversos caminos espirituales? Habiendo convivido con diferentes etnias del planeta, el hermano David puede decir: “Cuanto más nos acercamos al corazón de nuestra propia tradición, más cerca estamos del corazón de otras tradiciones”.


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Entrevista de Stephan Bodian al hermano David Steindl-Rast

–Dígame, hermano David, habiendo tenido la oportunidad de estudiar las tradiciones orientales, en especial el budismo, ¿qué cree que el budismo tiene para ofrecerle al cristianismo, y particularmente al catolicismo?

–Permítame abordar esta pregunta en diferentes niveles. En un primer nivel, creo que las tradiciones religiosas atraviesan etapas, distintos momentos. Hoy, en este país, el budismo está atravesando una etapa apasionante. Cuando uno visita aquí la mayoría de los centros zen comprueba que se enfocan menos en la teoría o la doctrina y mucho más en la práctica.

Lamentablemente, en este momento en los monasterios católicos no tenemos ese fervor por la práctica. Quizá no tenga tanto que ver con una actitud interna como con el hecho de no saber qué hacer. En la mayoría de los monasterios cristianos, algunos de sus miembros practican zen o yoga porque es la manera que encuentran para poder expresar su fervor. Sienten, con razón o equivocadamente –y creo que en su mayor parte equivocadamente– que lo hacen porque no pueden encontrar métodos tan efectivos en nuestra tradición monástica cristiana.

Por lo tanto, esa es un área en la que podemos aprender de las tradiciones orientales. Podemos adoptar algunos métodos que son universalmente aplicables, como la manera zen de sentarse, o el Hatha Yoga o pranayama.

Cuando uno se enfoca demasiado en la palabra, se tiende a descuidar el espacio del silencio. Ese es el complemento que brinda el budismo.
Pero luego, en un nivel más profundo, los enfoques cristiano y budista se complementan con respecto a la palabra y el silencio. Toda la tradición religiosa occidental se centra en la palabra. Quizá la intuición más importante de las religiones bíblicas es que “Dios habla.” Por consiguiente, todo lo que es, es “palabra”, expresada mitológicamente por el hecho de que Dios habló, y algo existió. Dios dijo “haya luz” y hubo luz; Dios dijo “que haya animales”, y aparecieron los animales, y así sucesivamente.

Luego el hombre comenzó, al hablar, a apropiarse de la palabra. Adán da nombre a todo; da nombre a los animales, y así los domina. La práctica clave, la virtud clave en esta tradición, es la confianza y la obediencia a la palabra pronunciada. Escuchamos amorosamente; abrimos nuestros oídos y respondemos a la palabra. Este es un maravilloso ámbito de espiritualidad que pertenece a todos los seres humanos; todos pueden comprenderlo en algún nivel.

Pero cuando uno se enfoca demasiado en la palabra, se tiende a descuidar el espacio del silencio. Ese es el complemento que brinda el budismo, ya que el budismo se centra en el silencio. El budismo nos enseña cómo introducirnos para siempre en ese silencio, y esto a su vez crea el contexto en el que la palabra puede ser vista y comprendida. Estoy seguro de que esto es lo que quiso decir Merton cuando dijo que no podría haber comprendido la tradición cristiana como lo hizo si no hubiera tenido la perspectiva budista.

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El hermano David con el Dalai Lama

Luego hay una tercera dimensión: la dimensión de la acción, de la comprensión. En las tradiciones orientales uno no comprende siendo un espectador, sino actuando. Para aprender a nadar hay que lanzarse al agua. Recuerdo que Swami Venkatesananda decía “el yoga es comprensión”. En todos los diferentes tipos de yoga se hace algo, y al hacerlo se comprende desde adentro. Y nosotros, como cristianos, decimos “Sí, nuestra especialidad es la palabra, pero no hay palabra ni silencio sin comprensión ni acción.” Esta forma de abordar el tema es en cierto sentido trinitario: Jesús es la Palabra, el Padre es el Silencio del que surge la Palabra, y el Espíritu Santo es el espíritu de comprensión en el que “vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”. He descubierto que esta es una perspectiva que no incomoda a los demás y a la vez hace justicia a la tradición cristiana.

–Por otro lado, ¿qué siente que el cristianismo podría ofrecer al budismo y al hinduismo que enriqueciera estas tradiciones?

–No me gusta alardear, pero lo que he oído decir a budistas, y aún al Dalai Lama, una y otra vez, es que, en las presentes circunstancias históricas, los cristianos hemos desarrollado y organizado más ampliamente la conciencia social, el servicio y la acción solidaria. Ese sería un ámbito en el que podríamos encontrar algo en común y trabajar juntos. Otro aporte sería el hecho de hacer las cosas más explícitas. Si las “religiones del libro” tienen como especialidad la palabra, es lógico que puedan hablar más claramente respecto de lo que nos está sucediendo a todos como familia humana. Así, los cristianos podrían escribir libros que ayuden a comprender el budismo y el hinduismo.

–Hermano David, se dice que “ya que todos los caminos conducen al mismo lugar, elige el camino que tiene sentido para tu corazón.” ¿Está de acuerdo en que todos los caminos conducen al mismo lugar?

En todas las tradiciones que conozco, el camino interior conduce a la misma meta. Pero a veces las formas exteriores pueden distaremos del camino interior.
–Depende de lo que quiera decir con “caminos”. Al hablar de un camino, solemos preguntarnos a dónde conduce; sin embargo, puede ayudarnos también el preguntarnos dónde comienza. Si es un camino que tiene sentido para el corazón, ese camino comienza en el corazón humano. Nunca conocí a ningún ser humano en mis viajes –y he viajado extensamente, incluso viviendo con los pueblos nativos americanos, con los aborígenes australianos y con los maoríes en Nueva Zelanda– que me hiciera dudar en lo más mínimo de que en nuestro corazón todos somos uno. No solo similares, somos uno; hay un solo corazón humano. Y es allí donde comienza el camino. Comienza cuando descubrimos, de algún modo u otro, ese profundo sentido de pertenencia mutua. Podría llamársele unidad todal o unidad cósmica; mi palabra preferida para referirme a esa unidad es “pertenencia”. Muchos de nosotros incluso desde niños ya la sentimos vívidamente. Siendo adultos, a veces la experimentamos en contacto con la naturaleza, o con otros seres humanos. Este profundo sentido de pertenencia podría llamarse “hogar”. Nuestro hogar es de donde partimos, como dice T.S. Eliot: “Y el final de nuestra búsqueda será regresar al lugar del que partimos, para conocerlo por primera vez.” El punto final de nuestro camino es regresar al hogar. Este anhelo de pertenecer, este instinto del corazón que nos impulsa a regresar a casa, es el camino que contiene todo camino.

Sin embargo, cuando nos preguntamos si todos los caminos conducen al mismo lugar, y luego nos fijamos en la manifestación concreta ese anhelo, tenemos que tener mucho cuidado. En todas las tradiciones que conozco, el camino interior conduce a la misma meta. Pero a veces las formas exteriores pueden distaremos del camino interior. En la tradición cristiana, este único camino universal del corazón forma parte de todas las diferentes denominaciones cristianas. Pero cada denominación (y no excluyo a la mía) incluye aspectos que pueden ser un obstáculo para alcanzar la meta. Por esto soy cauto respecto de las religiones, incluyendo la mía, porque tienen incorporada una tendencia a volverse irreligiosas. Nuestra tarea, si pertenecemos a una religión, es hacer que nuestra religión sea religiosa, transformarla en el “camino del corazón.” Uno puede sentarse al modo zazen o hacer todo lo que se supone que un católico debe hacer, y sin embargo, esto no nos llevará a ningún lado, a menos que lo hagamos con el corazón; a menos que encontremos ese centro en el que realmente estamos en casa. Entonces habremos llegado.

Continúa en la pág. 2

  • responder Clemencia ,

    Que interesante oír a Brother David decir que las religiones pueden volverse irreligiosas, o sea que nos deliguen de la unión con Dios

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