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El monje en nosotros

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“El monje en nosotros se relaciona íntimamente con el niño en nosotros o, si preferimos, con el místico en nosotros… todo ser humano es una clase especial de místico”. Apelando a experiencias en las que nos hemos sentido “tocados” por la vida, el hermano David nos invita a dejarnos llevar por esas experiencias, para así alcanzar una mayor plenitud.


El niño en nosotros

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El monje en nosotros se relaciona íntimamente con el niño en nosotros o, si preferimos, con el místico en nosotros, y se supone que todos somos místicos. No les hacemos un gran favor a los místicos si los ponemos en un pedestal y pensamos que son una clase especial de ser humano. La realidad es que todo ser humano es una clase especial de místico, y significa un desafío enorme para cada uno de nosotros el transformarnos en el místico que estamos destinados a ser. Tomo aquí misticismo en su sentido más estricto, como la experiencia de comunión con la realidad última. Todos estamos llamados a experimentar tal comunión, y no hay nadie, ni lo ha habido, que pueda experimentar la realidad última de la misma manera en que cada uno la experimenta. Por lo tanto, estamos llamados a ser esa clase especial de místico que solo cada uno de nosotros puede ser.

Ahora bien, cuando digo que esto tiene que ver con el niño que hay en nosotros, quiero decir que en todo niño hay una añoranza por encontrarle un sentido a las cosas, una apertura al significado que tiende a desaparecer, o por lo menos a pasar a un segundo plano, debido a nuestra preocupación por cumplir con nuestros propósitos. Debería dejar en claro desde un principio que, cuando uso esos dos términos, propósito y sentido, de ninguna manera estoy oponiendo propósito a sentido, o sentido a propósito. Sin embargo, en nuestra época y en nuestra cultura estamos tan absortos en nuestros objetivos que debemos hacer lo imposible para subrayar la dimensión del sentido de las cosas; de otro modo estaríamos desequilibrados. Por lo tanto, si en este artículo pongo un excesivo énfasis en el sentido, es solo para restaurar el equilibrio.

En el niño, por cierto, hay una enorme curiosidad respecto del funcionamiento de las cosas y un formidable impulso a la acción, y ese es el único impulso que tendemos a desarrollar. La típica escena en la que vemos a un niño en público hoy en día es siendo arrastrado por alguien que lo lleva de la mano y, quien sea que lo lleva a rastras, le dice: “¡Vamos, camina! ¡Se hace tarde, y tenemos que llegar a casa! ¡No te quedes ahí, muévete!” Palabras más, palabras menos, de eso se trata. Pero en otras culturas, en muchas tribus nativas americanas por ejemplo, se practica un modo totalmente diferente de educar a los niños: “Un niño bien educado debe poder sentarse y observar aún cuando no haya nada para ver; un niño bien educado debe poder sentarse y escuchar aún cuando no haya nada para oír.” Es una actitud muy diferente a la nuestra, pero que congenia muy bien con los niños. Eso es exactamente lo que quieren hacer: solo estar allí, mirar y estar completamente absortos en lo que sea que miran o escuchan o lamen o chupan, o con lo que juegan de un modo u otro. Destruimos esta capacidad de estar abiertos al sentido de las cosas a una edad muy temprana, y al obligarlos a hacer cosas y hacerse cargo de ellas, los encaminamos exclusivamente hacia el cumplimiento de objetivos.

Todo ser humano es una clase especial de místico, y significa un desafío enorme para cada uno de nosotros el transformarnos en el místico que estamos destinados a ser.
Quizás debería agregar algo más acerca del propósito y el sentido y la manera en que empleo estos dos términos, pero no quiero imponer mis definiciones. Prefiero invitarlos a pensar en una situación en la que debemos cumplir con un propósito determinado y que veamos cuáles son las dinámicas internas, para que luego la comparemos con una situación en la que algo cobra sentido. Cuando tenemos que llevar a cabo una determinada empresa, lo principal es controlar las cosas. Si no sabemos de qué se trata, alguien tiene que enseñarnos los pormenores del caso para saber cómo manejarnos. Necesitamos hacernos cargo de la situación, manejar las cosas, entender cómo funcionan, mantenerlas controladas; de otro modo nunca estaremos seguros de cumplir con nuestros propósitos. Todo esto es muy importante al enfrentar la situación en la que se debe alcanzar un objetivo determinado.

Ahora pensemos en una situación en la que comprendemos qué sentido tiene algo. ¿De qué es necesario hacerse cargo? ¿Hay algo que controlar? En este caso, no. Si nos fijamos bien, en situaciones así usamos expresiones en las que somos totalmente pasivos, o por lo menos más pasivos. “Receptivos”, sería en realidad el término, aunque también podemos decir que somos pasivos, más pasivos que en una situación en la que debemos cumplir con un objetivo. Decimos, “esto realmente me afectó”. No somos nosotros los que controlamos, manejamos o manipulamos las cosas, sino que es la experiencia la que nos hace algo a nosotros. Decimos: “realmente me sentí tocado”, o, si es una experiencia muy intensa, “¡me dio vuelta!”, o “¡me caí de espaldas!, o algo por el estilo. En ese momento, dicha experiencia cobra sentido. Lo que en realidad sucede es que nos entregamos a ello (sea lo que fuere), y al entregarnos, nos revela su sentido. Nuevamente quisiera recalcar que no se trata de una cosa o la otra. Ambas van juntas, pero ciertamente que para encontrarle un sentido a nuestros objetivos, tenemos que aprender a abrirnos, a entregarnos a lo que estamos haciendo. Y esa es la actitud típica de un niño.

Las experiencias cumbre

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Abraham Maslow

Ahora permítanme referirme a un tipo muy importante de experiencias, a las que Abraham Maslow llamó “experiencias cumbre”: esos momentos en que el sentido de las cosas se nos revela y nos damos cuenta de ello. Para decir más acerca de esto, es necesario que no hable de lo que no tenga relación con nuestra propia experiencia, dado que las experiencias cumbre son difíciles de describir respecto de su contenido. Para poder siquiera empezar a hablar del tema, necesitaríamos una sesión de poesía o de música o algo semejante. Al intentar hablar de estas experiencias, solo podemos discutir algunos aspectos estructurales, y dejar que cada uno supla el contexto por sí mismo. Para aquellos de nosotros que quizá no estamos familiarizados con el término o que necesitamos refrescar la memoria, simplemente pensemos en alguna experiencia que en su momento nos hizo decir, “esta es la clase de cosas que hacen que valga la pena vivir”. O pensemos en el término “experiencia cumbre”, un término muy bien elegido que sugiere que dicha experiencia está de algún modo más elevada que una experiencia normal. Es un momento en el que nos sentimos elevados, o por lo menos más elevados que en otros momentos. Es solo un momento, aunque pueda durar bastante tiempo; aún siendo extenso (una hora o más) parece ser un momento. Siempre se experimenta como un punto en el tiempo, tal como la cima de una montaña es siempre un punto. Puede ser una cima alta o baja; lo decisivo es que sea una cima.

Pensemos en alguna experiencia que en su momento nos hizo decir, “esta es la clase de cosas que hacen que valga la pena vivir”.
Cuando revisamos nuestra vida o cualquier período de tiempo, vemos que estas cumbres sobresalen, y que son puntos en los que experimentamos algo elevado, puntos en los que tenemos una visión o una comprensión de las cosas. También esto es importante para definir una cumbre. Cuando estamos en una cima, tenemos una mejor visión. Podemos ver todo a nuestro alrededor. Cuando estamos todavía ascendiendo, parte de la visión, parte del horizonte está oculto por la cima a la que estamos trepando. Pero una vez que estamos en la cima tenemos una comprensión total; hay un momento en el que el sentido realmente nos toca. Este es el tipo de comprensión al que nos referimos ahora. No se trata de encontrar una solución a un conjunto de problemas determinados: se trata simplemente de un momento de intuición ilimitada; una intuición a la que no le ponemos ningún límite.

Tratemos ahora de pensar en un momento de este tipo y represéntenselo de manera muy concreta, muy específica. No nos ayudarán las generalidades. No tiene que ser una cumbre gigantesca, ya que experiencias extraordinarias ocurren muy raramente en nuestra vida. Pero una montaña del tamaño de un hormiguero también es una montaña, así que cualquier cosa que culmine en una cima servirá a nuestro propósito. Tratemos de recordar una experiencia en la que algo nos conmovió profundamente y de manera muy concreta; una experiencia en la que nos sentimos elevados por sobre el nivel normal. Más adelante analizaremos la estructura de estas experiencias. Si estas experiencias son, como así creo, el epítome de la experiencia mística, entonces aún nuestras experiencias cumbre de la altura de un hormiguero tendrán necesariamente la estructura propia de la vida monástica, como trataré de demostrar. Tratemos entonces de enfocarnos ahora en alguna experiencia cumbre que recordemos.

Mencioné anteriormente que el contenido de estas experiencias es muy difícil de describir. Quizás digamos “¡en realidad no pasó nada!” Bueno, esa es una comprensión muy profunda, porque si realmente hemos dejado que nada sucediera, estamos ante la más grande experiencia mística. Sin embargo, al hablar de ella encontraremos que tendemos a decir cosas como “Ah, simplemente me perdí. Me perdí escuchando esa parte de la canción”, o “me perdí mirando esa pequeña gaviota persiguiendo las olas: no bien llegaba la ola, la gaviota retrocedía; y al retirarse la ola, la gaviota volvía a perseguirla”. Uno se pierde en una experiencia de este tipo, y una vez que nos hemos perdido por un rato, ya no sabemos si las olas persiguen a la gaviota o si la gaviota persigue a las olas o si alguien persigue a alguien. Pero algo ha sucedido, y nos hemos “perdido” en ello.

(Continúa en la pág. 2)

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