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El precio de la paz

David Steindl-Rast
El hermano David propone a la religión (siempre que sea auténtica) como la única fuerza humana capaz de lograr la paz en el mundo, ya que la experiencia religiosa nace de un sentido de pertenencia universal, en el que ya no existe el “nosotros” y “ellos”: todos somos uno.


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Quisiera compartir con ustedes algo muy simple pero también muy difícil (lo simple a menudo lo es). Es una invitación a pagar el precio por la paz. Todos sabemos que la paz es un bien altamente deseable; ahora bien, deberíamos suponer que un bien altamente deseable implica pagar un precio excesivamente alto. Quisiera proponerles que pensáramos juntos cuál es el precio de la paz, y luego sugerirles por qué, en mi opinión, la única fuerza humana que puede generar suficiente energía para pagar ese precio es la religión. Obviamente, para hacerlo debemos redefinir un poco el concepto de religión y considerar qué es lo que hace que la religión sea tal, porque de ninguna manera lo es de manera automática. De hecho, creo que toda religión no es de por sí religiosa, a menos que se haga algo para lograr que lo sea.

Somos uno, y “ellos” somos “nosotros”

Ante todo consideremos qué precio debemos pagar por la paz. Tengo cuatro puntos bastante simples, que ustedes pueden cambiar o ampliar, pero que nos darán una base para comenzar. Primero, en mi opinión, tenemos que enfrentar nuestro fracaso en el intento de crear un mundo en paz. El mundo que nos rodea es el que hemos creado juntos, y no es pacífico. Nos cuesta mucho admitir que cada uno de nosotros está implicado en haber creado este mundo que no tiene paz. Mientras no podamos aceptarlo estaremos muy lejos de la paz, porque permaneceremos en un mundo en el que existimos “nosotros” y existen “ellos”. “Nosotros”, los “buenos”, y “ellos”, los que constituyen el problema, el obstáculo para la paz: el enemigo. No importa quiénes sean “ellos”: pueden ser los comunistas, los capitalistas, los representantes de la new age, quien sea. Pero si admitimos el hecho de que todos somos uno, de que “ellos” somos “nosotros”, de que el rostro del enemigo es el nuestro, entonces habremos alcanzado lo que puede ser un comienzo para construir la paz.

Estamos muy lejos de la paz, porque permanecemos en un mundo en el que existimos “nosotros” y existen “ellos”.
Les aseguro que esto es terriblemente difícil. Hablo con mucha ligereza del tema, pero en realidad me descubro a mí mismo refiriéndome continuamente (quizás no al hablar, pero sí en mi pensamiento) a “ellos”, y pensando que si “ellos” no nos causaran tantos problemas, tendríamos paz en la tierra. Por lo tanto debemos pensar en algún recurso creativo para convencernos del hecho de que todos somos uno. Por ejemplo, una vez justo cuando comenzaba la cuaresma encontré una fotografía de unas personas que para mí eran “ellos”. Esa foto se convirtió en mi afiche para la cuaresma. La miraba todos los días: “ellos” se convirtieron en “nosotros”. Así que les sugiero que piensen en algo para convencerse del hecho de que somos uno: elijan sus “ellos”, e identifíquense con ellos de algún modo u otro.

Asumamos nuestra responsabilidad

Una vez que vemos que somos nosotros los que hemos fracasado en lograr la paz y también nosotros los que podemos lograrla, obviamente tenemos que asumir la responsabilidad y hacer algo al respecto. Lo primero que la mayoría de nosotros dice es “¿qué es lo que podría yo hacer?” ¡Eso es! Hemos definido nuestra tarea. Debemos averiguarlo: hagámonos esa pregunta. Es mucho mejor que no hacerla. ¿Se dan cuenta cuánto hemos avanzado si nos preguntamos qué podemos hacer por la paz? Pónganse a pensar con alguien respecto de la misma pregunta; como se dice habitualmente, dos cabezas piensan mejor que una. Si a ninguno de los dos se le ocurre nada, pregunten a otros dos, y de pronto serán cuatro personas. Imagínense: si todo el mundo se pusiera a pensar a la vez y a preguntarse qué podemos hacer juntos por la paz, la solución no estaría muy lejos.

Si todo el mundo se pusiera a pensar a la vez y a preguntarse qué podemos hacer juntos por la paz, la solución no estaría muy lejos.
No bien se planteen la pregunta, verán que hay cosas que pueden hacer; cosas muy simples. Algunos de ustedes quizás conocen esta historia, pero vale la pena repetirla. Hace aproximadamente dos años estaba presente en la ordenación de un abad budista. Era una ocasión muy solemne –había incienso, brocado dorado, velas– y en medio de la ceremonia empezó a sonar la alarma del reloj de alguno de los presentes. Se supone que no se puede usar reloj en un zendo, así que fue una situación muy incómoda. Todos se miraban unos a otros, como preguntándose “¿quién es el pobre tipo al que le sucedió esto?” Resultó que era el abad que estaba siendo ordenado. Interrumpió la ceremonia y dijo: “Esto no es un accidente. Puse la alarma porque he hecho el voto de, todos los días a las doce del mediodía, no importa lo que esté haciendo, detenerme y pensar en la paz”. E invitó a todos los que estábamos allí a pensar en la paz con él durante un minuto.

Ahora bien, nosotros podemos hacer algo así: poner la alarma de nuestro reloj, y si interrumpe una reunión, decir que lo sentimos muchísimo pero que hemos hecho un voto acerca de pensar en la paz a esa hora. También podríamos hacer sonar campanas. Durante los últimos dos años, un pueblito en una isla del sur de Nueva Zelanda ha estado tocando las campanas a las doce del mediodía. Quizá puedan encontrar algún pueblo o vecindario en el que puedan hacer que toquen las campanas, o una estación de radio que esté dispuesta a transmitir el sonido de las campanas durante medio minuto a las doce del mediodía. La mayor parte de las emisoras están buscando algo interesante que transmitir, así que démosles una grabación de medio minuto de campanas, algo que se lo recuerde a la gente una y otra vez… Esta es solo una idea creativa; se nos pueden ocurrir cientos de ideas más.

Nosotros somos el problema

Ahora bien, habiendo enfrentado el hecho de que somos uno y habiendo asumido nuestra responsabilidad, tenemos que ver que el problema somos nosotros. No solo de manera general, sino específicamente, en el hecho de que la mayor parte de nosotros en el primer mundo estamos explotando el tercer mundo. De manera que el tercer paso, muy difícil de dar, es renunciar a algún privilegio del que gozamos a expensas de los demás. Para la mayoría de nosotros, quizás lo único que logremos al principio serán solo buenas intenciones. Pero podemos tener la intención de que se vuelva nuestro lema lo que la primera santa canonizada de Estados Unidos, Ann Seton, dijo hace doscientos años: “Vivamos simplemente, para que otros simplemente puedan vivir”.

Corramos el riesgo

El cuarto paso es correr el riesgo que involucra todo lo anterior. En la clase de mundo en la que vivimos es muy arriesgado llevar una vida moral, porque la moralidad –y a algunos no les gusta escuchar esto– siempre es unilateral. No tomamos como condición para no robar el que los demás no nos roben. No consideramos que sea condición para vivir una vida moral el hecho de que otros se comporten moralmente con nosotros. Lo sabemos respecto de nuestra vida personal, pero en público siempre queremos que las cosas sean bilaterales. No queremos ser unilateralmente honestos y pacíficos. Ese es un gran riesgo. Si nos animamos a correrlo, nos costará nada menos que todo. Pero valdrá la pena. Esto implica que se nos rompa el corazón. Como dijo Marilyn Ferguson de manera tan bella: la depresión es la pena que no llega a rompernos el corazón. Pero si permitimos que nuestro corazón se rompa, no se romperá en pedazos sino que se abrirá, y se abrirá para acoger todos.

“Vivamos simplemente, para que otros simplemente puedan vivir”. ~Ann Seton
Tengo una pequeña experiencia personal que viene al caso. Durante bastante tiempo me sangraba cada tanto la nariz, y cada vez me sucedía más frecuentemente, hasta que llegó a un punto extremo durante la misa de Nochebuena. Tenemos la costumbre de vestirnos de blanco para la misa, así que el hecho de que sangre la nariz puede ser un gran problema. Comencé a sangrar justo al empezar la misa, y para el final de la ceremonia estaba cubierto de sangre. Luego fui a ver a un amigo con el que tengo mucha confianza, y me dijo: “Voy a orar contigo por este problema, pero antes déjame ver qué es lo que está pasando. Tengo la impresión de que estás expuesto a muchas cosas que suceden en el mundo. En otras palabras, estás metiendo las narices en muchas cosas, y eso te rompe el corazón; pero como no permites que tu corazón sangre, termina sangrándote la nariz. ¿Por qué no unes tu corazón con el corazón de Jesús y dejas que sangre, y así tu nariz dejará de sangrar?”

Bueno, siempre que logro hacer esto deja de sangrarme la nariz, así que funciona. Vivimos en un mundo en que necesitamos permitir que nuestro corazón sangre. Eso nos liberará de la depresión, de que nos sangre a nariz, y de cualquier otra forma en que nuestra preocupación se somatice. Será como compartir sangre, una especie de programa de dadores de sangre. Necesitamos algo por el estilo.

Aún si el hecho de que se nos rompa el corazón nos lleva a nuestro fin físico, al sufrimiento final, ello seria una victoria. Quizás conozcan la historia –no voy a nombrar el país porque realmente es una historia universal– en la que la policía encerró en un estadio a miles de personas que participaban de una manifestación por la paz, y los manifestantes empezaron a cantar. Cantaban y cantaban, y la policía no sabía qué hacer con ellos. Al líder, que estaba tocando la guitarra y cantando, le lastimaron las manos, pero él siguió cantando. Luego le rompieron los dientes con la intención que dejara de cantar; luego le pegaron en la cabeza y finalmente lo mataron. Ante esto, todo el estadio siguió cantando. Podemos interpretar esta historia como una versión contemporánea de la muerte y resurrección de Cristo. Es también la historia de Orfeo, que fue despedazado por sus furiosos enemigos, pero cuyos miembros fueron luego distribuidos de tal modo que ahora cantan, como dice Rilke, en los árboles, en las rocas y en los animales; todo canta. Si también nosotros nos dejamos despedazar y distribuir como si fuéramos pan, entonces todo se pacificaría: seríamos alimento que trae la paz.

Continúa en la página 2


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