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El precio de la plenitud

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La plenitud espiritual (llámese santidad, iluminación, nirvana, según las distintas tradiciones) no es auténtica si ella no incluye una entrega a los demás. El ascenso de la iluminación exige el descenso de la compasión. “Sabemos cuál es el precio de la plenitud. ¿Estamos dispuestos a convertirnos en pan para el mundo? La plenitud debe abarcarlo todo. ¿Queremos ser plenos?”


La plenitud me ha intrigado desde el tiempo en que siendo niños construíamos castillos de arena en la playa. Construíamos un mundo perfecto. Lo rodeábamos con un foso. Pero al mirar hacia arriba, veíamos una silla de playa, una manta, o simplemente la pierna de alguien, fuera de escala y totalmente fuera de contexto. No había forma de lograr que estas cosas formaran parte de nuestro mundo. De este modo, siendo aún niño aprendí la lección: la plenitud no es realmente plena mientras no lo incluya a todo.

Más tarde, esta idea me dio la clave para comprender las diez imágenes del Pastoreo del Buey en el budismo Zen (1), sobre todo las dos últimas. Hasta la número ocho todo está claro. “Pastoreo del Buey” es un nombre inapropiado; pero cuando sabemos que la serie representa la doma de un búfalo salvaje, las primeras siete imágenes cobran sentido. Luego, una vez que nos damos cuenta de que esta metáfora representa el camino hacia la plenitud interior, la número ocho cobra también sentido. ¿Qué podría expresar mejor la plenitud que este círculo, perfecto y perfectamente vacío?

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Las diez imágenes del “Pastoreo del Buey” propias de la tradición Zen, metáfora del ascenso y descenso en la vida espiritual.

Mientras esta cuestión permanece en el plano meramente retórico, la serie termina allí. Es más: durante mucho tiempo se la representó terminando en ese círculo vacío, según me han dicho. Entonces, alguien planteó la cuestión más profundamente: ¿Puede haber una plenitud que vaya más allá del punto en el que el Buda entra en el nirvana? La respuesta se concretó en el Bodhisattva (2), quien llegado a ese punto, se compromete a trabajar hasta que todos los seres hayan alcanzado el nirvana.

Así, otras dos imágenes se añadieron a la serie. La número nueve muestra la otra cara, por así decirlo, de la número ocho: el círculo vacío ahora está lleno. En ninguna otra imagen el contenido varía tan abruptamente; sin embargo, el significado es siempre la plenitud exuberante. En mi versión favorita, en el noveno círculo hay una gran abundancia de flores. De este modo, la muerte total se revela como vida, el vacío total como plenitud. El círculo final muestra al Bodhisattva en el mercado. Es un mendigo entre los mendigos, entre los vendedores de pescado, entre las prostitutas: aquel que cumplió en sí la plenitud humana original, ahora festeja y se ríe a carcajadas con los parias. (“Un amigo de los pecadores”, como llamaban a Jesús.)

La plenitud debe abarcarlo todo. ¿Queremos ser plenos?
¡Qué diferente es esta plenitud del Bodhisattva de aquella “plenitud” del héroe que luego de pasar por el infierno vive feliz para siempre! Pero ¿es esto realmente lo que dicen los mitos acerca de un héroe? Cuando el mito es auténtico, el héroe regresa a una comunidad, regresa como portador de vida para muchos. Únicamente en un “Western”, el vaquero cabalga hacia el atardecer, solo. (Cualquier antropólogo se preguntaría cómo pudo nuestra cultura deformar tanto la figura del héroe.)

Rilke descubre la plenitud incluso en el final violento de Orfeo (3). ¿Las ménades en su locura lo desgarran miembro por miembro? Las ménades lo reparten, Rilke afirma, como el pan se parte y se distribuye, al modo de una comunión santa. Aún disperso, Orfeo sigue cantando en cada canción que suena. “Tomen y coman, esto es mi cuerpo entregado por ustedes”. Sin embargo, comer de este pan exige coraje: el coraje de convertirse uno también en pan para el mundo.

No debe extrañarnos que Jesús pregunte antes de curar, “¿Quieres ser pleno?” (Juan 5,6) (4) Sabemos cuál es el precio de la plenitud. ¿Estamos dispuestos a convertirnos en pan en un mundo donde cada nuevo amanecer se encuentra con los cadáveres de cincuenta mil niños muertos de hambre? La plenitud debe abarcarlo todo. ¿Queremos ser plenos?

Hermano David Steindl-Rast

Publicado originalmente en Parábola, Vol. 10, nº 1, primavera de 1985, págs. 94-95.


Notas

(1) El Pastoreo del Buey es una serie de poemas acompañados de imágenes usado en la tradición Zen para ilustrar el progresivo camino de un budista hacia la iluminación, así como su consecuente regreso al mundo para practicar la compasión.

(2) El Bodhisattva (“ser iluminado”) es aquel que, una vez alcanzada la iluminación, quiere llevar a otros a ese mismo estado supremo.

(3) En la mitología griega, Orfeo era un músico prodigioso, a quien dieron muerte las ménades (adoradoras del dios Baco) despedazándolo y esparciendo sus miembros.

(4) En este pasaje del evangelio, la palabra original griega es υγιής, que significa tanto “sano” como “pleno”.
 

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