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Integrar la sombra

David Steindl-Rast
Si nos cuesta aceptar nuestras sombras, puede deberse en parte a nuestras raíces religiosas: el cristianismo, con su insistencia en la búsqueda de la perfección, ha olvidado la divina oscuridad. Sin embargo, el mensaje bíblico habla de luz y sombra, vida y muerte, como realidades integradas.


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Si actualmente mucha gente se regodea en su pesimismo, esto podría ser la contracara de una cultura en la que se espera que todos estén siempre sonrientes, donde todos “tengan un buen día”. Si alguien te pregunta “¿Cómo estás?” automáticamente respondes “Bien”. ¿Alguna vez has dicho alguna otra cosa como respuesta a “¿Cómo estás”? Quizás, pero se necesita tener valor, porque nadie espera otra respuesta que “bien”. “¿Cómo estás?” no es en verdad una pregunta sino un saludo, y “bien” no es realmente una respuesta sino un reconocimiento del saludo. Los dos son inseparables.

Como tan frecuentemente repetimos que estamos “bien” sin pensarlo, suprimimos cualquier otra respuesta. Pero aquello que suprimimos comienza a tener vida propia. Nos atrapa por la espalda, como una sombra, a la que no miramos de frente. Si a nuestra sombra la suprimimos, se convierte en un monstruo, en algo que amenaza nuestra vida. Cuando esto sucede, nos enfrentamos a cosas que son difíciles de manejar, difíciles de integrar. La sombra (a la que me refiero no junto con la luz sino separada de ella) da lugar a perversiones y distorsiones, y a todo tipo de desviaciones poco saludables. Es por eso que una personalidad sana no suprime su lado oscuro, su sombra, sino que la acoge y la redime, y así logra su unidad.

En su entusiasmo por la luz divina, la teología cristiana no siempre le ha hecho justicia a la divina oscuridad. Así, nos esforzamos por vivir según los parámetros de un Dios que es pura luz, y por ello no logramos lidiar con nuestra oscuridad.
A diferencia de otras tradiciones, el cristianismo no ha tenido mucho éxito en desarrollar un método práctico para integrar la sombra. Esta es, en parte, la razón de algunos de los problemas que hoy nos asedian. En su entusiasmo por la luz divina, la teología cristiana no siempre le ha hecho justicia a la divina oscuridad. Esto tiene consecuencias respecto del esfuerzo moral: si luchamos por ser perfectos y puros, necesitamos tener una idea correcta de lo que significan la pureza y la perfección absolutas. Tendemos a quedar atrapados en la idea de una perfección estática, lo que deriva en un perfeccionismo rígido. La especulación abstracta puede crear una imagen de Dios que le sea ajena al corazón humano. En el nivel de la doctrina religiosa, se nos presenta un Dios que ha sido purgado de cualquier cosa considerada oscura. Así, nos esforzamos por vivir según los parámetros de un Dios que es pura luz, y por ello no logramos lidiar con nuestra oscuridad interior. Al no poder enfrentar nuestra oscuridad, la suprimimos. Pero cuanto más la suprimimos, más cobra vida propia, ya que no está integrada. Y así, antes de que nos demos cuenta, estamos en serios problemas.

Podemos librarnos de esta trampa si regresamos a los fundamentos de la tradición cristiana, al verdadero mensaje de Jesús. Allí encontramos que nos dice, por ejemplo, “sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto”. Sin embargo, Jesús deja en claro que no se trata de una perfección que suprime la oscuridad, sino de la perfección de una totalidad integrada. Así lo expresa Mateo en el Sermón del Monte. Jesús habla del Padre celestial que deja que el sol brille sobre buenos y malos, y que deja que la lluvia caiga sobre justos y pecadores. Habla de la lluvia y el sol, no solo del sol. Y habla de ambos, justos y pecadores. Jesús destaca el hecho de que Dios permite la interacción entre luz y sombra. Dios la aprueba. Si la perfección de Dios permite la interacción de esta tensión, ¿quiénes somos nosotros para insistir en una perfección en la que toda tensión es suprimida?

En su propia vida, Jesús convive con la tensión y acepta la oscuridad. Como cristianos, en Jesús descubrimos cómo es Dios. Esto es en realidad lo que los cristianos creemos acerca de Jesús: creemos en un hombre que es completamente humano, semejante a nosotros en todo excepto en nuestra alienación, nuestros pecados; y en este ser humano podemos ver cómo es Dios. Ese ser humano muere gritando “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” En ese momento la oscuridad cubre toda la tierra, lo cual se interpreta de manera poética, no necesariamente como un relato histórico de lo que sucedió entonces. En ese momento, Dios alcanza la mayor distancia del propio ser de Dios, y acepta la oscuridad de la más completa alienación. Si Dios puede aceptar a aquel que grita “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, si Dios acepta a aquel que muere abandonado por Dios, entonces todo es aceptado: la muerte, la vida y la tensión entre ambas. Y ese momento es, según el evangelio de Juan, no el preludio de la resurrección sino la resurrección misma. Jesús había dicho anteriormente: “Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Según la teología de Juan, esa elevación es la elevación en la cruz. Su muerte en la cruz es el momento de su gloria; es una gloria revertida. Morir ejecutado en la cruz representaba la máxima vergüenza; sin embargo, a los ojos de la fe, Jesús es “elevado”. Allí se da la resurrección. Allí se da la ascensión. Allí es también cuando se derrama el Espíritu: muere dando un fuerte grito (lo que significa con poder, no lloriqueando) y entrega su espíritu. En ese momento el mundo entero se llena del Espíritu divino. El frasco se rompe, y la fragancia llena toda la casa. Todo es profundamente poético. No se puede entender el evangelio de Juan si no se tiene un sentido de la poesía; es un solo poema, de principio a fin. Por no lograr leerlo de ese modo es que frecuentemente caemos en todo tipo de trampas.

Este pasaje tiene implicancias morales que están profundamente enraizadas en la tradición cristiana desde sus primeras expresiones. Tocamos aquí lo más profundo del cristianismo. Sin embargo, la integración de la luz y la oscuridad todavía no ha sido explorada debidamente; he allí el problema. Las diversas tradiciones no siempre se desarrollan de manera uniforme. El cristianismo solo tiene dos mil años de existencia, mientras que hay tradiciones mucho más antiguas. Dennos otros dos mil años, y podremos ponernos a la par.

Dios permite la interacción entre luz y sombra. ¿Quiénes somos nosotros para insistir en una perfección en la que esta tensión es suprimida?
Justamente ahora estamos en una importante etapa de transición. Estamos empezando a miras ciertas áreas a las que no nos habíamos acercado por mucho tiempo. Esta área, la integración de la sombra, es una de ellas. Martín Lutero lo comprendió, y la Reforma fue un período en la que este tema fue explorado con valentía. (Es lamentable que, debido a tantos errores diplomáticos de ambas partes, todo ello no llevó a una renovación de la iglesia sino a su división). Lutero ponía énfasis en una creencia fundamental del Nuevo Testamento con la que recién ahora se está poniendo al día la iglesia católica: “Por la gracia hemos sido salvados”. Esta es una de las más tempranas percepciones en la tradición cristiana: no es por lo que hacemos que obtenemos el amor de Dios. No porque seamos tan brillantes y luminosos y hayamos purgado toda la oscuridad es que Dios nos acepta, sino que nos acepta tal como somos. No es por hacer algo, no por nuestras obras, sino gratuitamente hemos sido salvados. Esto significa que pertenecemos, que Dios nos ha recibido. Dios nos acepta tal como somos: sombra y luz, todo. Dios lo acepta todo, por la gracia. Ya nos ha aceptado.

¿Pero dónde entra en juego la lucha moral? Todos sabemos que tiene que ocupar algún lugar. San Pablo, que dice “por gracia hemos sido salvados”, nos alienta en el siguiente capítulo a que nos hagamos dignos de don tan grande. Eso es algo totalmente diferente de tratar de ganárnoslo. Muchos cristianos luchan para ganarse ese gran don. ¿Cómo podemos ganarnos algo que nos es dado? (Aquí simplemente estoy diciendo lo que Jesús enseñó, lo que enseña el núcleo de la tradición cristiana).

Pablo dice “enójense, pero sin pecar”, lo cual nos suena contemporáneo. El pecado es la alienación. No dejen que su enojo los separe de los demás, pero tampoco lo supriman. Enójense de veras, pero que el sol no se ponga sobre su enojo. Nuevamente esta es una afirmación poética; significa, literalmente, que antes del atardecer hagamos las paces. Ese es uno de los más claros significados que tiene, pero también puede querer decir que nunca, ni siquiera en el momento en que nos enojamos, dejemos que el sol se ponga sobre la sombra. Fijémonos qué bellamente está expresado: no dejes que el sol se ponga sobre tu enojo, no dejes que tu enojo se convierta en alienación.

Solo puedo referirme brevemente a estas cosas, pero espero que por lo menos sirva de muestra y nos ayude a darnos cuenta de que, cuando profundizamos en la tradición cristiana, sea a la que pertenecemos o no, descubriremos todas estas cosas. Están allí. Si nos preguntamos “¿Por qué nunca oímos acerca de ellas? ¿Por qué no se han expuesto?”, es porque aún no se ha profundizado en ellas lo suficiente. Cada uno de nosotros tiene que contribuir haciendo su parte. Cuando hayamos agotado el estudio de la propia religión, ésta debe aparecer ante nosotros diferente de lo que era cuando comenzamos a estudiarla; si no es así, en algo hemos fallado. Es nuestra responsabilidad hacer que la propia tradición religiosa, cualquiera que sea, cristiana o no, sea más auténticamente religiosa al concluir nuestra profundización en ella. Este es el gran desafío al que nos enfrentamos.

Hermano David Steindl-Rast

Reproducido de The Sun (edición 137, abril de 1987) y originalmente dado como conferencia en el retiro sufí de Lebanon Springs, Nueva York, en 1986.


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  • responder Giovanna Barría ,

    La iglesia católica debería hablar más de esas cosas nos falta conocimiento.
    El sacerdote debería hablar más de la Biblia, debería tomar temas y explicarlo en la misma misa.
    Tomar más tiempo en el sermón.

    • responder Liliana zani ,

      Gracias aceptar nuestras sombras es un escalón mas que aun me cuesta subir

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