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La casa de la esperanza

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La palabra “ecumenismo”, en sentido literal, significa querer reunir a todos en una misma casa. Esto solo es posible combinando la capacidad de permanecer firmes en lo que se cree y al mismo tiempo ser capaces de caminar hacia nuevos horizontes. La virtud de la esperanza es la que armoniza ambas actitudes; ella construye, pero construye ligeramente.


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La Sukkah, con su techo de ramas y sus paredes traslúcidas, permite ver las estrellas en el cielo y a los hermanos alrededor.

Cuando a una palabra se la utiliza mucho pero sin mayores precisiones, como ocurre en nuestro días con la palabra “ecumenismo”, es a menudo útil buscar sus raíces. La palabra “ecuménico” tiene sus raíces en la palabra griega “casa” (oikos). Lo mismo ocurre con las palabras “economía” y “ecología”. Los tres términos apuntan a una realidad a la cual Gary Snyder denomina el “Hogar Tierra”. A medida que tomamos conciencia de que nuestra Tierra es un gran hogar, debemos enfrentar el desafío de vivir en consecuencia. Esto exige una nueva relación con el medio ambiente basada en la reverencia y la frugalidad; exige además lo que Fritz Schumacher denomina “la economía como si la gente importara”. Esta idea también hará formularnos la pregunta básica del ecumenismo: ¿Qué tipo de casa, a nivel mundial, podría incluir a todos aquellos que, en muchas maneras diferentes, desean adorar a Dios?

La respuesta que quisiera sugerir es ésta: una casa de adoración a nivel mundial tendría que ser una casa de esperanza. Sólo la esperanza puede construir esa casa, mejor dicho, puede sostener la paradoja de la religión. Ser religioso significa que hemos encontrado un hogar para el corazón, y, al mismo tiempo, que “no cesaremos de explorar”, en palabras de T.S.Eliot (Cuatro Cuartetos 4:5:239). San Esteban, el primer mártir cristiano, murió por la verdad de que Dios no mora en casas construidas por manos humanas (Hechos 7,48ss). “Dice el Señor: ¿Qué casa podrías construirme?”, dijo Esteban citando el Antiguo Testamento (I Reyes 17,24), antes de morir como testigo de que ser religioso significa estar en movimiento.

Debemos permanecer quietos
y seguir en movimiento
hacia otra intensidad,
a una ulterior unión,
a una más profunda comunión,
a través de la fría oscuridad y la desolación vacía.
(T.S.Eliot, Cuatro Cuartetos, 2:5:204-207)

Sin embargo, cuando en medio de esa desolación vacía vislumbramos la Luz divina, nuestro corazón exclama, como Pedro en monte Tabor, “¡qué bien estamos aquí!” (Mateo 7,4), a lo que sigue la idea de “¡construyamos aquí!” Lo mismo encontramos en el Antiguo Testamento; allí Jacob exclama: “¡Qué impresionante es este lugar! No es sino la casa de Dios y la puerta del cielo” (Génesis 29,17). Lo mismo que Pedro, Jacob también piensa inmediatamente en construir. Toma la piedra que le sirvió de almohada mientras tuvo la visión, y dice: “Sobre esta piedra, erigida como un monumento, se levantará la casa de Dios” (Génesis 28,22).

Si miramos de cerca, estas dos historias de la Biblia expresan una idea que pertenece a todas las tradiciones religiosas: solo la esperanza puede construir la casa de Dios. Jacob establece un hito en el camino, por así decirlo, y lo llama “Bethel,” la Casa de Dios. Y los tres tabernáculos que Pedro ofrece construir en el Monte Tabor son sukkot, tiendas para los caminantes, que aún hoy los judíos fieles construyen año tras año para recordar el tiempo de peregrinación en el desierto, cuando en medio de la “desolación oscura, fría y vacía”, la presencia de Dios estaba más cerca que nunca. La casa que la esperanza construye combina de una manera única la seguridad del amor y la aventura de la fe.

Este tema es expresado con gran ternura en la regla tradicional para construir la sukkah, esa pequeña tienda adornada con frutas y ramas, donde cada año la familia judía come, bebe y canta durante nueve días para celebrar la Fiesta de los Tabernáculos. Aún los más pobres construyen también su pequeña carpa festiva; quizás bajo las escaleras de incendio, si no tienen otro lugar, en los concurridos conventillos del este de Manhattan. La norma para construirla es ésta: las paredes no deben ser muy densas, de modo que a través de ellas se pueda ver al vecino. Asimismo, el techo debe ser lo suficientemente entreabierto como para poder ver las estrellas.

La casa que la esperanza construye combina de una manera única la seguridad del amor y la aventura de la fe.
Dos tendencias opuestas dentro de nosotros nos inclinan a querer romper estas simples reglas: nuestra tendencia a buscar siempre cosas nuevas (porque el que deambula de un lugar a otro no construye nada), y nuestra tendencia a atrincherarnos detrás de paredes sólidas. Ambas son formas de temor y de evasión. Tememos permanecer quietos, pero tememos también “permanecer quietos y seguir en movimiento”. Solo la esperanza “se mueve perpetuamente en su quietud” (Cuatro Cuartetos 1:5:43). La esperanza es hija de un doble coraje: el coraje de construir y el coraje de construir ligeramente. La esperanza construirá un techo sin perder de vista las estrellas; la esperanza construirá paredes sin perder de vista a los vecinos. Es por eso que la esperanza en sí misma es capaz de construir la casa del ecumenismo, donde Dios verdaderamente mora con nosotros, porque verdaderamente moramos juntos.

Quienes van de un lado a otro no pueden construir. Carecen del anclaje que se necesita para ser creativo. La verdadera esperanza está tan firmemente anclada en el coraje y la confianza de la fe, que es capaz de sacar a flote nuevas esperanzas cada vez que las viejas esperanzas se hunden. Quienes cambian permanentemente, no tienen el coraje de dar forma a sus sueños, de construir mientras van de camino. Pueden pasar la noche bajo un techo que no les pertenece, pero al llegar la mañana seguirán su camino, temerosos de comprometerse.

Por otro lado, hay quienes efectivamente construyen, pero como le temen al camino, se atrincheran. Claramente le dan forma a sus esperanzas, pero al aferrarse desesperadamente a esas mismas esperanzas, finalmente pierden toda esperanza. La verdadera esperanza brilla como una estrella sobre el naufragio luego de que todas las espectativas se han hundido. Si creemos que nuestras espectativas pasajeras constituyen la verdadera esperanza, entonces construimos un techo tan estrecho que ya no nos permite ver más las estrellas. La misericordia de Dios tendrá que romper ese techo bajo el cual nos hemos encerrado.

Cuando me encuentro con quienes van de un lado a otro, admiro en ellos el coraje que se necesita para mantenerse en movimiento. Cuando me encuentro con quienes construyen, aún con quienes construyen paredes muy sólidas, admiro su coraje para construir. ¿Es mucho pedir decir que uno debe tener coraje para ambas cosas? Sin embargo, no debe pedírsele menos a quienes desean ser hombres y mujeres de esperanza.

Eso es lo que debemos hacer si queremos que el mundo entero se convierta en “una casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56,7). “Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los constructores”(Salmos 127,1). Los planos del divino Arquitecto van mucho más allá de nuestros planes, así como la verdadera Esperanza va mucho más allá de nuestras espectativas.

Reimpreso de Yoga Integral, Agosto 1979, Vol. X, n°4, págs. 10-11 y 25.

 

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