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La naturaleza y la intuición poética

David Steindl-Rast
El sentido poético es el que descubre aquello que escapa a la razón: descubre nuestras raíces en la Tierra y en el propio corazón. Solo el poeta dentro de cada uno de nosotros tiene ojos para la inherente sacralidad de la naturaleza.


Pocas personas saben que los monjes benedictinos no hacen votos de pobreza, castidad y obediencia. Sí se comprometen a la obediencia, es cierto. Pero sus otros dos votos son los de conversio morum y stabilitas loci. El primero de ellos obliga al monje a una conversión continua, a una renovación permanente de su vida, a una entrega incesante al poder formativo de la vida monástica; por lo tanto, la pobreza y el celibato están aquí implícitos. Stabilitas loci (literalmente “estabilidad de lugar” o “estabilidad local”) es un voto que ofrece un punto de partida oportuno para abordar el tema que nos interesa y la pregunta que suscita. Nuestra respuesta será jugosa si evitamos las generalidades, y esto será más fácil si comenzamos con un punto de vista claro. Como monje benedictino, se me permitirá que haga de este voto tan auténticamente benedictino mi punto de partida, por más que mis amigos bromeen con que, por mis viajes, yo he estirado el voto de estabilidad local a los confines de la tierra. Pues bien, el mirar las cosas a la distancia a veces nos hace ver los rasgos esenciales con mayor claridad.

Lo que amenaza a nuestra época no es la movilidad sino el desarraigo.
¿Cuál es el significado del voto de estabilidad local? Su foco central es estar verdaderamente presentes dondequiera que estemos, preocupación que es común a las tradiciones monásticas de todo el mundo. La mayoría de nosotros solemos estar presentes solo con una pequeña porción de nuestro ser: la mayor parte tal vez esté aferrada al pasado y otra parte puede habérsenos adelantado, en un intento impaciente por alcanzar el futuro. Pero como el único momento en que podemos actuar es el presente, el entrenamiento espiritual implica un esfuerzo por estar presentes aquí y ahora. Sorpresivamente, este objetivo puede ser alcanzado a través de métodos que parecen contradecirse, y las formas históricas van de un extremo al otro. Una de sus formas extremas sería estar siempre de viaje. La tradición cristiana conoce a San Brandán el Navegante y otros monjes irlandeses, quienes hacían votos de viajar continuamente, abandonándose en embarcaciones pequeñas a las corrientes marinas. Por contraste se encuentra San Simeón el Estilita, quien pasó treinta años viviendo en un pilar. Entre estos dos extremos existen diferentes grados de arraigo y desprendimiento, y todos apuntan al mismo resultado: hacer que el monje esté plenamente presente donde quiera que esté.

San Brandán y San Simeón Estilita

En la Italia de San Benito, en el siglo VI, los monjes ambulantes se habían tornado algo decadentes. San Benito relata los inquietos recorridos de sus monjes, de monasterio en monasterio. Permanecían tres o cuatro días en cada uno, y en las palabras de San Benito hay un leve indicio que sugiere que la duración de la estadía dependía de cuánto les gustaba la comida. (Para los visitantes frecuentes de monasterios en la actualidad, la sección de viajes del New York Times ofreció, no hace mucho, consejos útiles que incluían hasta recomendaciones sobre el menú). Al introducir la estabilidad local, San Benito hizo más que corregir abusos monásticos. Este nuevo voto tuvo consecuencias insospechadas: marcó literalmente una época, transformando a los monasterios en centros estabilizadores de la sociedad occidental. La época en la que esto ocurrió es llamada a veces “los siglos benedictinos” (S. VIII a XII).

Cuando uno se convierte en monje benedictino, se une a un monasterio en particular y, en general, pertenece a él por el resto de su vida. En contraste con otras órdenes, la Orden de San Benito es simplemente una confederación de monasterios autónomos. En algunos monasterios el voto de estabilidad local es interpretado estrictamente en sentido residencial. En otros, se entiende que permite viajes bajo obediencia. Siempre, sin embargo, este voto ata al monje a una comunidad en particular de por vida. Y esa comunidad se extiende a los ángeles (o espíritus de la naturaleza), los vecinos, los animales y las plantas de la zona. Aquí es donde la relevancia de la estabilidad benedictina respecto de nuestras preocupaciones ambientales entra en juego.

La comunidad se extiende a los ángeles (o espíritus de la naturaleza), los vecinos, los animales y las plantas de la zona.
La Edad Media en Europa fue un tiempo de absoluto desarraigo. En esto se parece a nuestra propia época más que cualquier otro período de la historia. Cuando leemos una narración como “Los orígenes de Europa” de Christopher Dawson, este parecido nos puede sorprender mucho. Al mirar en mayor detalle, podemos discernir una fuerza renovadora durante ese período que podría renovar nuestra propia cultura: la estabilidad local. Su opuesto no es la movilidad, como se podría suponer, sino el desarraigo. La movilidad no es un mal, sino un gran logro. Poder viajar fácilmente, en forma rápida y segura es un gran beneficio. Podemos cultivar este bien sin dejarnos llevar por él. Lo que amenaza a nuestra época no es la movilidad sino el desarraigo.

Las raíces que evitaron que una ola de violencia signara la Edad Media fueron las raíces de la estabilidad monástica. Los monasterios también fueron vandalizados y quemados hasta sus cimientos una y otra vez. Pero una y otra vez fueron reconstruidos con el mismo espíritu, y –un hecho más que importante– en el mismo lugar. Los monjes volvieron a plantar sus huertos, restauraron sus molinos y recuperaron sus tradiciones locales. Eso fue decisivo. Le dio al culto, a la cultura y a la agricultura el anclaje que necesitaban. No hay razón por la cual los monasterios no puedan jugar un papel similar en la actualidad, y de hecho algunos lo hacen. Familias que tenían lazos con un monasterio pero tuvieron que mudarse, a veces vuelven a visitarlo año tras año, incluso si ello implica cruzar el continente. Su único hogar real es con los monjes, y los monjes debemos estar a la altura de esa responsabilidad. Pero esto no es suficiente. Millones tendrían que estar a la altura de su responsabilidad, comprometerse, y encontrar una vez más sus raíces localmente. Cuánto sufrimiento puede causar a los padres el hecho de tener que elegir entre el progreso económico ligado a un traslado y las necesidades de sus hijos por tener estabilidad local.

La poesía nos da acceso a las razones del corazón que la razón no puede medir. Solo el poeta dentro de cada uno de nosotros tiene ojos para la inherente sacralidad de la naturaleza.
Los niños tienen esa necesidad. Algunas cualidades de la psiquis humana nunca se desarrollarán a menos que uno crezca en una familia estable, que sea estable también en sentido local. Hablamos de crecer (“grow up” en inglés: literalmente “crecer hacia arriba”). ¿Por qué no hablamos de “grow down”? (“crecer hacia abajo”). Porque no nos importan las raíces; las miramos solamente como ese sustrato sucio que está ahí abajo, inevitablemente asociado a lo que realmente admiramos. Pero cuando ponemos un carozo de palta en agua para que germine, notamos que crece hacia abajo antes de crecer hacia arriba, y esto durante mucho tiempo. Hasta que no están bien desarrolladas las raíces, no crecen las hojas. Así actúa la naturaleza, y este principio está presente también en los humanos. Sin embargo, los niños tienen una capacidad de adaptación increíble. Si tienen que cambiar de colegio cada dos años, se adaptan. Se acostumbran de alguna forma a hacer amigos nuevos, una y otra vez, si tienen que hacerlo. Quedarán cicatrices, pero compensarán la pérdida. Los hijos de personal militar o de padres diplomáticos son un buen ejemplo de esto. Los humanos podemos soportar muchos abusos. Nuestro medio ambiente natural, sin embargo, debe pagar el precio.

Un amigo mío regresó a la granja de su abuela, donde había crecido de chico. Su familia había vivido en el mismo lugar desde épocas coloniales, pero luego todos se mudaron y la abuela había muerto hace mucho. ¿Dónde estaba la granja? ¿Dónde quedó el pozo de agua en el manantial pedregoso? “Probablemente sea un charco en el sótano de la casa de alguien” dijo mi amigo con una sonrisa agria. “Talaron el bosque de pinos, hasta el último árbol, y pasaron una aplanadora por encima del manantial. ¿Por qué lo hicieron?” Y se contestó a sí mismo: “Ya no quedaba nadie que les dijera dónde debían detenerse”.

Los recién llegados no se detienen. Todos los lugares del mundo tienen sus problemas ecológicos hoy. Si somos simplemente pasajeros fugaces, ni siquiera tendremos conciencia de estos problemas. No tendremos ojos para las soluciones a nivel local, ni tendremos la determinación ni la fuerza para trabajar sobre esas soluciones, salvo que hagamos una inversión personal de comprometernos con un lugar determinado. El poder de la permanencia es lo que cuenta.

Pero hay más en juego. Tener raíces en un lugar ayuda a echar raíces sobre la propia profundidad. Mis amigos Art y Nan Kellam han vivido prácticamente toda la vida en una isla en Maine, solos. Cuando un visitante les preguntó si no tenían ganas de salir de allí para viajar, Art simplemente respondió: “Cuando no puedes ir lejos, vas hacia lo profundo”. Ésta es la dirección hacia la cual se comprometen los monjes Benedictinos mediante el voto de estabilidad local, el cual les hace hundir sus raíces en esa profundidad interior donde las grandes imágenes míticas y poéticas cobran vida.

“Como la poesía tiene un público tan escaso, se ha extendido la noción de que ha sobrevivido como un formato que viene de tiempos más primitivos, una forma de comunicación que las personas en la modernidad yo no necesitan. El hecho es que las personas modernas son algo así como la supervivencia de la poesía, que alguna vez formó e interpretó nuestro mundo a través del lenguaje y la imaginación creativa. Cuando la poesía se marchita dentro de nosotros, la mayor parte de la experiencia y la realidad se marchitan también; y cuando esto sucede, vivimos en un mundo desolado de hechos, no de verdades; un mundo en el cual casi no vale la pena vivir”.

Este perceptivo pasaje de la poeta australiana Judith Wright nos da una clave sobre nuestro problema. La poesía se ha marchitado dentro de nosotros. Los abusos que perpetramos en todo el mundo son en gran parte el resultado de nuestra escasez de poesía. No es solo que “la poesía quita la violencia de la razón”, como dijo J.F. Kennedy. La poesía nos da acceso a las razones del corazón que la razón no puede medir. Solo el poeta dentro de cada uno de nosotros tiene ojos para la inherente sacralidad de la naturaleza.

Continúa en la página 2


  • responder María Julia bernat ,

    Es maravilloso, un verdadero regalo del Señor y María. Leerlo despacio, con el corazón abierto a recibir todas las gracias. Bendiciones a todas y a casa una de las personas que hacen posible que esto llegué a mi vida y a la de tantas otras personas. Todo mi agradecimiento y nos oraciones

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