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¿Qué es el corazón?

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El hermano David reflexiona sobre el significado del corazón: “Podemos llegar a comprender el misterio del corazón teniendo presente la imagen de hogar y viaje. Solamente con referencia a un hogar nuestro viaje es verdaderamente un viaje; de otra manera estaríamos simplemente a la deriva”.


El Hermano David recibió la siguiente carta a través de la revista Yoga Integral:

Estimado Hermano David:

Quisiera traer a colación una pregunta que ha estado en mi mente por algún tiempo. Tiene que ver con lo que llamamos “corazón”. El corazón es un símbolo importante en la vida espiritual y especialmente en el cristianismo. Pero la cuestión es que yo no sé qué es el corazón. Cuando la gente habla del corazón, parece que lo hace de varias maneras. En general parece referirse a los sentimientos; otras veces al amor y la devoción. También se refiere al coraje y la fidelidad (como cuando se dice que un luchador tiene corazón). Y a veces se refiere a una actitud de vida (como cuando decimos “hubo un cambio en su corazón”).

Probablemente haya otros significados y es probable también que estén relacionados, pero con algunos de ellos me siento excluido. Tiendo a pensar en el corazón en términos de coraje y en la fe en términos de fidelidad. No encuentro en mí esas emociones y sentimientos, especialmente amor y devoción, que parecen estar tan íntimamente asociados con el corazón y la religión. Entonces mi pregunta es “¿Qué es el corazón?” ¿Necesito desarrollarlo o debo dejarlo en paz y seguir mi propio camino (centrado en el intelecto y la voluntad)? Y si es necesario que lo haga, ¿Cómo puedo en la práctica desarrollar el corazón?

 

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El Hermano David responde:

Hay preguntas que deberían ser contestadas en voz alta, pero la pregunta que tú me haces debe ser contestada en un susurro. Siempre que hablemos del corazón debemos hablar suavemente y con cautela; sin embargo no es un tema que simplemente debamos dejar de lado. Sentir interés por el corazón significa sentir interés por el sagrado secreto que yace en lo más profundo de nuestro ser. Tu pregunta apunta a la tarea crucial de nuestra vida espiritual, a nuestra “necesidad de desarrollar el corazón” como tú lo llamas. “Con sumo interés debemos cuidar el corazón” dice la Biblia (Proverbios 4,23) y esta es simplemente la expresión bíblica de lo que llamamos práctica espiritual.

Como la mayoría de nosotros en occidente tenemos raíces en la tradición bíblica, la honestidad intelectual nos exige que tratemos de entender por lo menos sus conceptos básicos, y “corazón” es ciertamente uno de ellos. Más aún, tenemos el derecho de buscar el verdadero significado de estos conceptos básicos. Cuando comenzamos esta búsqueda hacemos dos descubrimientos sorprendentes: por una parte, la práctica espiritual existe realmente en la tradición bíblica (hay algo más en la tradición bíblica que lo que la escuela dominical, el campamento hebreo o las clases de catecismo nos hubieran hecho sospechar) y mientras que el enfoque bíblico es claramente diferente, el objetivo práctico es mucho más parecido a otras corrientes que lo que las diferencias doctrinales nos podrían haber hecho pensar. Ambos descubrimientos dependen, de manera especial, de la palabra básica “corazón”.

Enfrentarnos con la soledad que sentimos cuando miramos las estrellas, y enfrentar las necesidades de aquellos cerca nuestro, nos hacen, en la práctica, desarrollar el corazón.
Tu pregunta “¿Qué es el corazón?” nos provee un buen punto de partida. Seguramente el corazón no es simplemente un símbolo de nuestra vida afectiva. Usando una expresión coloquial, podríamos decir que alguien demasiado sentimental tiene “corazón de león pero cerebro de mosquito”. Bueno, esa no es la forma en que la Biblia usa el término. En el lenguaje bíblico, “corazón” significa la totalidad de nuestro ser, no una u otra parte de él; más bien el centro, la fuente, la raíz de nuestro ser. Con San Agustín podríamos decir “pregúntenle a un enamorado y él sabrá a qué me refiero”. Cuando decimos a alguien “te doy mi corazón” no queremos decir una parte de nosotros, ni siquiera la mejor parte; queremos decir todo nuestro ser.

No podemos ni siquiera decir que el propio corazón se transforma aquí en un símbolo para un concepto puramente espiritual. “Corazón” representa una percepción concebida aún antes de comenzar a pensar conceptualmente. Representa el hecho de que puedo concentrarme en mí mismo y darme a los demás en ese dar y recibir que llamamos vida. Y como no soy solamente un cuerpo sino que soy alguien, este retraerse y darse encuentra su expresión en mi pulsante corazón. Situado en el centro de mi cuerpo, en la intersección del eje horizontal y el vertical, a mitad de camino entre los órganos sexuales y el cerebro, mi corazón constantemente toma y envía la sangre que mantiene mi cuerpo con vida.

Efusión y retracción, viaje y hogar, están inseparablemente unidos en su dinámica realidad. Podemos llegar a comprender en parte el misterio del corazón, que es nuestro propio misterio, teniendo presente la imagen de hogar y viaje. Solamente con referencia a un hogar nuestro viaje es verdaderamente un viaje; de otra manera estaríamos simplemente a la deriva. “El hogar es el lugar del que partimos” dice T.S. Eliot en Four Quartets. Sin embargo, citando parte del mismo poema,

Aquello que llamamos principio suele ser el final,
Y llevar a término equivale a comenzar.
No cesaremos de explorar,
y el final de toda nuestra búsqueda
será llegar allí donde habíamos partido,
para conocer el lugar por primera vez.

Podemos llamar a este lugar “hogar” o podemos llamarlo “corazón”. Como punto de referencia, este lugar constituye la diferencia decisiva entre un explorador y alguien a la deriva. El explorador se caracteriza por su coraje (palabra que proviene de la misma raíz que corazón) mientras que quien va a la deriva ha perdido el valor. Juntos, hogar y viaje, constituyen la polaridad creativa del corazón, las dos dimensiones que debemos cultivar si queremos “desarrollar el corazón”.

“Pero ¿cómo lo logramos en la práctica?” me preguntas. Lo que hasta ahora hemos tenido en cuenta puede habernos llevado un paso más adelante hacia una respuesta. Tenemos que hacer dos cosas: encontrar nuestro verdadero hogar y aventurarnos a salir. Pero no vamos a lograr ninguna de ellas a menos que logremos realizar las dos.

Una sukkah judía
Una sukkah judía

Para comprender en qué sentido el corazón puede ser un hogar, debemos darnos cuenta de que el prototipo del hogar en la tradición bíblica no es la casa firme, sino la “sukkah” casilla o tabernáculo construido con ramas verdes. En la fiesta de “sukkoth” (o tabernáculos) una familia judía pobre puede construir una de esas casillas en una escalera de incendios entre casas de alquiler en la ciudad de Nueva York, y allí conmemorar los alegres recuerdos de la época cuando el pueblo elegido en su viaje a través del desierto sabía lo que era un hogar. En ese entonces los costados de las casillas estaban construidos tan sueltos que se podía ver completamente la casilla del vecino, y el techo estaba lo suficientemente abierto como para poder ver las estrellas en la noche del desierto, y esta es todavía la forma tradicional de construir una sukkah. Conciencia de ese misterio superior y del vecino a nuestro lado (ayudándonos o necesitado de nuestra ayuda), esta doble conciencia constituye en la tradición bíblica el sitio del hogar, el corazón. Enfrentarnos con la soledad que sentimos cuando miramos las estrellas, y enfrentar las necesidades de aquellos cerca nuestro, nos hacen, en la práctica, desarrollar el corazón llevándonos al hogar, donde pertenecemos. Sin embargo, no olvidemos que este es un refugio para alguien que va de paso.

El viaje, por otra parte, es siempre un viaje hacia el hogar. “El final de todo nuestro explorar será llegar al punto de partida”. Sin embargo, hasta que lleguemos, siempre vamos a estar aventurándonos hacia lo desconocido. No tenemos ninguna seguridad, debemos encontrar nuestro propio camino, que no puede ser sustituido por otro. Necesitamos coraje. El Rabí Levi Yitzhak, uno de los santos Hassidic, hermosamente describe este coraje del viajero cuando reza: “Señor del mundo, no te pido que me reveles los secretos de tus caminos, no podría soportarlo; pero muéstrame una cosa, muéstramelo más claramente y más profundamente, muéstrame qué significa para mí lo que está pasando en este preciso momento, qué me pides, qué me estás diciendo a través de ello”.

“Muéstrame qué significa para mí”, esta es la plegaria del corazón en su oscuro viaje. Así como los ojos perciben la luz y los oídos perciben los sonidos, así también el corazón es el órgano que percibe el significado, el sentido de las cosas. Pero esto presupone el coraje de escuchar el mensaje y elevarse hacia lo que ello exige: el coraje de decir “sí”.

Se estarán preguntando cuándo va a aparecer el amor. Ese, ahora, es el punto. El amor es el “sí” incondicional del corazón. El “sí” del amor lo abarca todo. Si decimos “sí” al viaje sin decir “sí” al hogar, nuestro coraje podría caer en pérfida temeridad; pero si decimos “sí” al hogar solamente, sin considerar el viaje, nuestra fidelidad podría marchitarse en una mezquina timidez. Solo el sí del amor que todo lo abarca cierra el arco entre los dos polos del corazón, unificando así la fidelidad y el coraje. Aprendemos a decir el “sí” de la fidelidad siendo fieles y el “sí” del coraje sobreponiéndonos a nuestros miedos uno por uno. Nos lleva toda la vida y la muerte es la prueba final. Decir que sí con todo nuestro corazón, eso es práctica espiritual de acuerdo a la tradición bíblica.

Podemos ver por nosotros mismos qué cerca está esto, en la práctica, de otras corrientes espirituales: Zen, Yoga, aún una forma Yaqui del conocimiento. En la tradición cristiana, el “sí” del corazón se dice en vista a aquello que llamamos el “sí de Dios” (II Corintios 1,20). Jesús nació en un viaje y pasó toda su vida tratando de traer a todo el mundo hacia el hogar donde vivía, en la intersección del “sí” de Dios hacia nosotros y nuestro “sí” a Dios y al prójimo. Esta intersección se refleja en los dos maderos de la cruz donde murió. Su corazón fue abierto por la lanza de un soldado y permaneció abierto mientras muchos pasaban de largo en su camino.

Que la paz sea contigo! (O quizás mejor, te deseo concordia, que significa literalmente “armonía del corazón”).

Tu hermano David

Artículo aparecido en la revista “Yoga Integral”, 1974.

 

  • responder ros ,

    Hermoso mensaje!!!! A ponerlo en práctica!

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