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¡Quítate los zapatos!

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La sacramentalidad, o la presencia divina en las cosas (como el fuego en la zarza que vio Moisés) es una intuición común a todas las tradiciones religiosas. “Éste es el secreto de la sacramentalidad: el misterio por el que la vida de Dios se comunica a través de todas las cosas”.


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Permítanme comenzar con una historia. Ciertas intuiciones que el corazón humano vislumbra son tan profundas, que sólo una historia puede ayudarnos a comprenderlas, tanto para nuestro provecho como para compartirlas con los demás. El sentido básico de lo que llamamos en términos abstractos “vida sacramental” es una de esas intuiciones profundas. La historia que he escogido proviene de la tradición bíblica. Sin embargo, la idea básica expresada en ella pertenece al tesoro común de todas las religiones, y se encuentra en las historias de tradiciones tanto de Oriente como de Occidente.

Un día en que Moisés cuidaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián, llevó a las ovejas al otro lado del desierto, y así llegó al Horeb, la montaña sagrada. Estando allí, el Ángel del Señor se le apareció entre las llamas de una zarza ardiente. Moisés notó que la zarza ardía sin consumirse, y pensó para sí: “¡Qué increíble! Voy a ver por qué no se consume la zarza”. Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba, lo llamó desde la zarza:

– “¡Moisés, Moisés!”
– “¡Aquí me tienes!”, respondió Moisés.
– “No te acerques más” le dijo Dios. “Quítate los zapatos, porque la tierra que pisas es tierra santa. Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”.  Al oír esto, Moisés se cubrió el rostro, pues tuvo miedo de mirar a Dios. (Éxodo 3, 1-6)

¿Se ha convertido esta historia en algo demasiado conocido como para seguir asombrándonos, o aún podemos recuperar su poder? ¡Un arbusto en llamas que no se consume! Es una de las imágenes que ha dejado una impresión duradera en el pensamiento religioso a lo largo de los siglos; duradera por renovarse con la experiencia de la vida cotidiana. En su contexto inmediato, la llama ardiente en la zarza del desierto es sinónimo de la presencia de Dios en medio de su pueblo; representa al “Santo de Israel”. Pero en un sentido más general, la zarza que arde sin consumirse es un espectáculo diario (diario pero siempre sorprendente) para el corazón que es capaz de ver todas las cosas encendidas por el fuego divino.

Lo asombroso de la paradoja que brilla en la zarza ardiente se hace evidente sólo cuando posteriormente los profetas tradujeron esa imagen en la fórmula “el Santo en medio de ti.” Debemos recordar que aquí la santidad de Dios no significa tanto su perfección moral como su inefable alteridad. La paradoja estalla ante nosotros cuando descubrimos al Dios de inefable alteridad en medio de las cosas que nos resultan más familiares.

La paradoja estalla ante nosotros cuando descubrimos al Dios de inefable alteridad en medio de las cosas que nos resultan más familiares.
Dos actitudes pueden impedirnos descubrir a Dios: el ser demasiado mundanos (materialistas) o el ser demasiado extramundanos (“espiritualistas”). El mundano sólo ve la zarza, el extramundano sólo ve el fuego. El ser capaces de ver con los ojos del corazón a la zarza y el fuego juntos es el secreto de la vida sacramental. Nunca comprenderemos este secreto mientras nos basemos en la experiencia ajena, no importa cuán autorizada sea esa experiencia. Cada uno de nosotros debe tener un encuentro personal con la zarza ardiente. La psicología llama “experiencias cumbre” a esos momentos en que la realidad aparece transfigurada. Todos hemos tenido en algún momento este tipo de experiencias, aunque algunas personas están más atentas que otras, o mejor predispuestas para recibirlas. Las experiencias cumbre son siempre un regalo, una sorpresa. En un instante vemos la realidad bajo una nueva luz, que sacia nuestra sed de encontrarle sentido a las cosas.

Dije que cada uno de nosotros debe recordar alguna “experiencia cumbre” propia como para entender la realidad sacramental; sin embargo, permítanme citar como ejemplo la experiencia de un escritor amigo, Don Johnson:

“…Caminaba por un muelle en el golfo de México. Y dejé de existir. Sentí que era parte de la brisa del mar, del movimiento del agua y de los peces, de los claros rayos del sol, del color de las palmeras y las flores tropicales. No tenía sentido del pasado o del futuro. No fue una experiencia precisamente agradable: fue aterradora. Fue la clase de experiencia que yo había tratado de evitar con todas mis fuerzas. No me sentí a mí mismo uno con el agua, el viento y la luz, sino como participando con ellos en el mismo sistema de movimiento. Estábamos bailando todos juntos…”

“Juntos” es aquí la palabra clave. Una experiencia cumbre es un momento en el que “todo cae en su lugar” como se suele decir. Todas esas fisuras y grietas de la separación, la polaridad y la alienación que experimentamos a diario quedan sanadas de un vistazo:

“Como la visión beatífica de un santo; como el velo que al caer nos revela la realidad como presentada por una mano invisible; por un segundo uno ve… y todo cobra sentido”.

Este es el secreto que alcanzamos a vislumbrar: todo tiene sentido. Apenas un vistazo de ese secreto hace que todo sane. Éste es el secreto de la sacramentalidad: el misterio por el que la vida de Dios se comunica a través de todas las cosas, así como el significado se comunica a través de las palabras. Los dos van de la mano: el significado y las palabras, Dios y las cosas. Los dos van de la mano, inseparables, sin confusión: el significado y la palabra, Dios y el mundo.

“Él mora (todo Él habita) dentro de la semilla de la flor más pequeña, y no se comprime; todo el cielo está dentro de Aquél que habita en la semilla, y no se dilata. ¡Bendito sea Él.”

“Por un segundo vemos, y viendo el secreto, somos el secreto”.

Somos el secreto porque lo vemos con los ojos del corazón; otros ojos no pueden verlo. Pero estar centrados en el corazón significa ser uno: ser uno con nosotros mismos, ser uno con Dios (más cerca nuestro que nosotros mismos), ser uno con los demás. Por esta razón, la vida sacramental siempre se desarrolla en comunidad, juntos. Nunca es un asunto privado, a pesar de que es profundamente personal. La sacramentalidad es el secreto por el cual, en este nuestro gran hogar que es la tierra, la vida del Dios-con-nosotros es comunicada entre todos, en una infinidad de formas distintas. Las muchas comunidades, iglesias y comunas no son más que indicadores de esa gran familia de Dios, modelos más o menos perfectos de esa familia, concreciones parciales de esa realidad. Sus celebraciones de la vida de alguna manera son sacramentos, porque la vida misma es sacramental.

Bien entendidos, los sacramentos de las iglesias cristianas no son dispensadores automáticos de la gracia divina. Son los puntos focales de ese fuego divino que hace que toda la vida sea sacramental.
Bien entendidos, los sacramentos de las iglesias cristianas no son dispensadores automáticos de la gracia divina. Son los puntos focales de ese fuego divino que hace que toda la vida sea sacramental. Es difícil imaginar que alguien realmente comprenda la Cena del Señor sin que haya aprendido a mirar con los ojos del corazón, por ejemplo, a un ruiseñor cazando una lombriz para alimentar a sus crías en el nido. La ley universal de que la vida debe dar su propia vida para alimentar a una nueva vida simplemente refleja el misterio que nos muestra que por obra del amor de Dios tenemos vida (la misma vida divina) gracias a la mismísima muerte de Dios. El misterio de la Eucaristía se expresa cada vez que una comunidad comparte una comida con sentido, con gratitud.

La tradición bíblica (judía, cristiana, islámica) ve con particular claridad que la vida sacramental se realiza en el tiempo, en la historia. Los rabinos lo expresan así: si Moisés no hubiera estado cuidando ovejas, nunca se habría encontrado con la zarza ardiente. A menos que sirvamos a la vida, en el tomar y recibir que ese servicio implica en todos los niveles, nunca descubriremos su poder sacramental. Ese “estar unidos” en el que se basa la vida sacramental incluye las dimensiones del tiempo, de la historia, de la lucha, del sufrimiento, del servicio. Moisés no sólo se encontró con la zarza ardiente en medio de su trabajo diario como pastor, sino que además esta visión le obligó a luchar por la liberación de su pueblo.

Sólo hay una condición para ver la vida sacramental: “¡Quítate los zapatos!” Debemos darnos cuenta de que el suelo que pisamos es tierra santa. El acto de quitarse los zapatos es un gesto de acción de gracias, y es a través de la acción de gracias que nos adentramos en la vida sacramental.

¡Andar descalzo realmente ayuda! No hay forma más inmediata de entrar en contacto con la realidad que el contacto físico directo: sentir la diferencia entre caminar sobre la arena, la hierba, el granito liso calentado por el sol, o el suelo del bosque; dejar que las piedras nos lastimen, quitar el barro entre los dedos de los pies. Hay muchas maneras de tocar con gratitud el poder sanador de Dios a través de la tierra. Cada vez que sacudimos la modorra del acostumbramiento y del dar las cosas por sentado, la vida en toda su frescura nos toca, y así descubrimos que toda la vida es sacramental. Si pudiéramos medir cuán vivos estamos, esa medida estaría dada por el grado en que estamos en contacto con el Dios Santo, fuego inextinguible en medio de todas las cosas.

Tomado de Tibios Vientos: Diario de La Comunidad de Aprendizaje Chinook (Volumen II, 1979, Número 1).

 

  • responder Gloria C.RUA ,

    Detenernos en las imagenes biblicas ,nos permiten adentrarnos en lo profundo de su mensaje.La vida sacramental,es mas que cumplir ritos,es la expresion de mi relacion con JESUCRISTO,que la celebro en la comunidad. ser uno con todos.Que buen mensaje.

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