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Dios entrañablemente ilusionado

Jose Chamorro
El tiempo de Adviento nos recuerda la cercanía de Dios y su presencia en las cosas ordinarias de la vida, sobre todo en la debilidad y la sencillez. El Dios que aparece en la figura débil de un niño es modelo de toda solidaridad.


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El Adviento, que precede y custodia al que sigue viniendo, nos ofrece un marco que cuanto menos está lleno de ilusión, esperanza y ternura. Nos brinda un tiempo para preparar un viaje interior hacia una fiesta que, año tras año, se actualiza posibilitando el reconocimiento del Misterio en lo cotidiano, a un Dios que sigue entrañablemente ilusionado con la obra de sus manos. Así es como la Navidad se revela, no tanto como una explosión de jubilo, como una implosión de amor que se desborda de dentro hacia afuera y que contagia hasta las realidad más degastada, yerta y angosta.

Se hace del todo bueno aprovechar los días que siguen para ahondar un poco más, si cabe, en lo que el Misterio revela de sí en la Encarnación del Hijo con objeto de que, nutriéndonos y ensanchando nuestra fe, podamos tener algo que compartir con otras personas, creyentes o no, que pueden estar sedientas de respuestas que sacien sus inagotables preguntas y sus posibles incomprensiones. No hay que olvidar que el Dios Abbá, por ser Misterio, nunca harta la cognición humana, ya que siempre deviene en la realidad más profunda y espiritual de la persona.

Dios se ilusiona entrañablemente con la obra de sus manos y decide nacer para posibilitar el encuentro que salva y plenifica lo humano.
La primera nota que quisiera rescatar tiene que ver con que Dios se abaja en la Encarnación, se hace humilde, no haciendo alarde de su categoría de Dios como dice la Escritura. En este sentido más que destacar la capacidad de Dios de rebajarse perdiendo cualidades, lo cual nos centra en la idea de la grandeza de Dios frente a la pequeñez del ser humano, me parece más interesante el deseo de acompañamiento que Dios mismo nos muestra. Se hace niño en Jesús para estar más cerca de las personas y acompañarlas así en cualquier circunstancia vital. Ahí será donde encontraremos más adelante la huella indeleble y genuina de Jesús que, tras asumir el oficio de José, recorre los caminos de Galilea. Jesús, que revela el rostro bondadoso de Dios, se muestra siempre cercano a la persona en todo y a pesar de todo.

Una segunda nota destacable tiene que ver con el gran acontecimiento de la Navidad en sí mismo; lo extraordinario acontece en lo ordinario. Dios no se precia de sí sino que asume lo cotidiano de la vida para nacer y vivir. Lo extraordinario tiene que ver por tanto con la fragilidad y vulnerabilidad de un niño recién nacido que llora y necesita la leche y el regazo de su madre. Dios necesita de los brazos de una mujer que lo acojan y le den cobijo. Lo cotidiano se hace especial así como lo extraordinario se hace ordinario. Ambos movimientos se dan en la misma medida pues siendo hombre deseó hacerse humano en plenitud, con todas las vicisitudes.

Un último apunte que repensar tiene que ver con que la Navidad esté inmersa en una atmósfera de debilidad, humildad y sencillez, esto es, que esté inserta en la periferia de la sociedad de entonces más allá de la parafernalia con que la hemos adornado. El nacimiento no tiene lugar en la comodidad de una casa o palacete sino que acontece en una gruta rústica y pobre. Que Dios se revelara así tiene mucho que ver con su deseo de ser como nosotros, ya que sólo asumiendo la debilidad como experiencia humana podía experimentar y ofrecer su solidaridad. Jesús fue solidario en la medida en que sintió la debilidad y la fragilidad que compartía con cualquier persona. Sólo cuando el ser humano se descubre débil y necesitado es capaz de ofrecerse a los demás como ayuda desinteresada. Dios quiso tener esta experiencia para comprender y participar de todas las dinámicas internas que configuran la experiencia humana como tal. Sólo con un corazón frágil y desprovisto de orgullo la persona descubre su capacidad para acoger y acompañar con sencillez.

El Adviento nos brinda un tiempo para percatarnos de la inconmensurabilidad que entraña el misterio de la Navidad. Dios se ilusiona entrañablemente con la obra de sus manos y decide nacer para posibilitar el encuentro que salva y plenifica lo humano que, por la Encarnación, se torna en lo más divino.

Jose Chamorro


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