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En camino

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La vida es movimiento, es un camino a recorrer, y cada paso es una elección, es una fidelidad o una traición a la meta que queremos alcanzar. Estamos llamados a conjugar el Verbo de Dios, darle nuestro tiempo, a darle un presente y un futuro en nuestra vida, sin sustantivarlo como algo inamovible o atrincherarlo en el pasado.

Evangelio según San Lucas (24, 35-48)
Los discípulos, que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”. Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: “¿Tienen aquí algo para comer?”. Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos. Después les dijo: “Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”. Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: “Así estaba escrito: El Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto”.

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El evangelio de hoy, en su línea inicial,
nos sitúa, nos recuerda y repite,
la imagen del camino,
del andar, del devenir, del afuera.

Imagen que contrasta,
como en casi todas las escenas de la resurrección,
con el estar encerrados,
encerrarse en el miedo
o atrincherarse en el pasado.

Es que Jesús es el Verbo de Dios,
no su sustantivo,
y el verbo, lo sabemos,
tiene pasado, presente y futuro; es decir,
es tiempo, y, como tal, pasa,
como tal deviene.

Como tal, y a través de nuestra vida,
estamos llamados a conjugarlo, no a repetirlo,
a darle presente y futuro,
no a sustantivarlo, a encerrarlo en lo ya sido.

Estamos llamados a darle nuestro propio tiempo,
-dado que el tiempo es otro nombre de la vida-
paso a paso,
encarnadura a encarnadura.

Paso a paso elegimos un camino,
cada paso es una elección,
una fidelidad o una traición hacia la meta que intentamos alcanzar,
hacia el valor que buscamos encarnar,
hacia el llamado al que buscamos responder.

Cada acto que realizamos,
antes de plasmarse en la exterioridad hacia la que se dirige,
nos atraviesa, nos marca, nos hace y constituye:

labra el rostro de nuestra alma,
transfigura o desfigura la imagen y semejanza
con Dios que llevamos en nosotros,
la semejanza que es nuestra humanidad igual a todo hombre,
la imagen de Dios que debemos reconocer
en el rostro de los demás.

La vida es más grave,
más radical y más seria de lo que solemos tener conciencia,
de lo que queremos darnos cuenta;
en la vida se juega la vida,
ésta, y también su eternidad.

Al final, paso a paso, seremos eso:
la generosidad que nos expande o el egoísmo que nos contrae,
el cielo que se nos abre o el infierno en el que nos encerramos,
al final seremos lo que hayamos dado:
pero ahora, no al final.

Jesús, lo dice él mismo,
toma sobre sí la imagen del camino:
él es el camino, la verdad y la vida.

Esa, su vida misma, lo que él fue y es, su “yo soy”,
es la verdad que nos deja,
el camino al que nos llama.
la gracia que nos ofrece.

Hacer de la vida la verdad, la verdad cristiana,
la que no es una filosofía sino un acto,
no es una teología sino una vida,
eso es vivir la verdad.

Y la verdad, para el cristiano, es una sola:
es la negativa a existir fuera de Cristo,
en otro camino que no sea el que él eligió,
otra vida que no sea la que encarne lo que el vivió.

“El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, y aún las hará mayores”.
Esto lo afirma Jesús,
esto lo cree y proclama nuestra fe.

Pero no es ninguna proclama de iniciación esotérica,
ningún anuncio de prodigios y milagros,
ningún resplandor personal.

La obra que cada hombre realiza es, ante todo,
lo que cada hombre llega a dar y, en ese dar,
lo que de Dios llega a manifestar.

Hay muchos caminos que nos hacen humanos
como hay muchos caminos hacia Dios,
pero hay un solo camino,
una sola obra que nos hace igual a Jesús el Cristo,
que nos hace cristianos:
la entrega de la propia vida, el don de sí.

El dejar obrar a Dios,
el dejarlo llegar a otros a través de mís pasos.
el dejar a Dios ser vida en mi vida.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

  • responder Marinesita ,

    Joya -Joya

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