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La vida después de la guerra

Hace 70 años, el 6 y el 9 de agosto de 1945, tuvo lugar uno de los más crueles e inhumanos acontecimientos de la historia: el lanzamiento de la bomba atómica sobre, respectivamente, las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Compartimos un relato acerca de los sobrevivientes de Nagasaki que puede concientizarnos acerca de los horrores de la guerra.


bomba atomica cae en nagasaki
La bomba atómica cae sobre Nagasaki, 9 de agosto de 1945.

Muchos están familiarizados con el bombardeo de Hiroshima. Lo que sucedió con la segunda bomba en Nagasaki (arrojada sobre la mayor comunidad católica de Asia, y que mató a 70.000 civiles en el momento y muchos más en lo sucesivo) es menos conocido.

Testigos nos dan una idea de lo que debe haber sido para quienes no tuvieron la suerte de morir instantáneamente: “Una mujer se cubrió los ojos con las manos para protegerlos del destello de la bomba, y al bajarlas, vio que la piel de su cara se había pegado a sus palmas. Cientos de campesinos deambulaban, gritando y llorando. Algunos habían perdido sus miembros, y otros estaban tan quemados, que no se podía distinguir si eran hombres o mujeres”.

El general Leslie Groves, director del Proyecto Manhattan, que desarrolló la bomba atómica, había declarado ante el Senado de los Estados Unidos que la muerte por la radiación de la bomba sería una muerte “sin sufrimientos desproporcionados”, y “de hecho, una forma bastante placentera de morir”.

Su sufrimiento no debe caer en el olvido, como así tampoco los horrendos efectos de armas tan crueles y destructivas.
Muchos sobrevivientes murieron más tarde por los efectos de la radiación, y por cierto no muy placenteramente. Fueron perdiendo el pelo, y la piel se les tornaba color púrpura y luego se les desprendía. Muchos de quienes sobrevivieron a la primera ola de muertes a causa de la guerra, murieron décadas más tarde de leucemia u otro tipo de cáncer.

Lo que hizo las cosas aún más difíciles para los médicos japoneses que trataban de aliviar los sufrimientos de las víctimas, fue que toda información acerca de la bomba atómica y sus efectos fue censurada por la administración americana que ocupó Japón hasta 1950. Asimismo, fotografías y videos de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki fueron confiscadas.

Los sobrevivientes de la bomba atómica (a quienes se les llamó “hibakusha”) quedaron tan desfigurados, que no solo les llevó años el recuperar algo de su salud, sino que además evitaban mostrarse en público. Al verlos, los niños huían de ellos, creyendo ver monstruos. A muchos les costó formar pareja, pues se temía que los afectados transmitieran enfermedades genéticas a sus descendientes.

Los “hibakusha” eran discriminados no solo por sus deformaciones grotescas: la bomba cayó en Urakami, una zona marginal de la ciudad habitada por cristianos y por personas dedicadas a trabajos que eran vistos como “impuros” por los budistas, como carniceros y trabajadores de la industria del cuero.

Los cristianos siempre habían sido perseguidos. Sin embargo, el héroe más celebrado de Nagasaki fue Nagai Takashi, un médico cristiano que escribió “Las campanas de Nagasaki”, y a quien se lo llamó “el santo de Urakami”. En su libro, Takashi llama mártires a las víctimas de la bomba, que cargaron sobre sí los pecados de la guerra.

Algunos sobrevivientes lograron encontrarle un sentido a su vida en el hablar en público acerca del peligro de las bombas nucleares. La paz del mundo llegó a ser para ellos una especie de mantra. Su sufrimiento no debe caer en el olvido, como así tampoco los horrendos efectos de armas tan crueles y destructivas, sabiendo que las bombas que podrían hoy ser arrojadas sobre nuestras ciudades tienen un poder destructor inmensamente mayor que las que prácticamente borraron del mapa a Hiroshima y Nagasaki.

Tomado de un reporte sobre el libro “Nagasaki: la vida después de la guerra nuclear”, de Susan Southard.


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