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Mito, metáfora y misterio

El misterio es algo que escapa a nuestra comprensión, y por lo tanto escapa también a nuestra capacidad para expresarlo adecuadamente. El mitologista Joseph Campbell cuenta una anécdota acerca de la importancia de una correcta comprensión del lenguaje metafórico.


Todos somos conscientes de que hay realidades que superan nuestra comprensión racional. Somos conscientes, en una palabra, del misterio. El “misterio” puede referirse tanto a realidades sobrenaturales como a toda realidad que nos excede: es un misterio la vida, es un misterio el amor…

Como el misterio escapa a nuestra comprensión, escapa también a nuestra capacidad para expresarlo adecuadamente. Por eso, para hablar de él recurrimos a otro tipo de lenguajes: el lenguaje poético, el lenguaje mitológico. Es sumamente importante tener en cuenta esta distinción de lenguajes al momento de interpretar el misterio.

El hermano David usa siempre el siguiente ejemplo: Un enamorado le dice a su enamorada: “te doy mi corazón”. Es tan grande el amor que el enamorado siente por su enamorada, que el lenguaje común le queda corto; no le alcanzan las palabras para expresar lo que siente. Por eso recurre al lenguaje poético, a la metáfora de entregar el corazón. Pero si a esta frase alguien la toma en sentido literal, concluirá que el enamorado se va a someter a una operación quirúrgica.

Los mitos contienen la verdad, la cual aparece únicamente cuando deja de tomarse al mito en forma literal.
Lo mismo ocurre con la experiencia religiosa o espiritual. Los autores de los textos sagrados (ya sea la Biblia, el Corán, el Bhagavad Gita o cualquier otro) vivieron experiencias tan desbordantes, que el lenguaje común les resultó insuficiente para expresarlo; por eso recurrieron al lenguaje mitológico. Ahora bien, el problema se presenta cuando a los textos sagrados se los interpreta en sentido literal. Así como “te doy mi corazón” no habla de una operación quirúrgica, creencias como “Jesús subió a los cielos” no nos habla de un viaje espacial…

Durante su visita a Sudamérica en 2013, consultado sobre la reencarnación, el hermano David respondió: “En occidente le llamamos purgatorio. El purgatorio es una imagen que expresa nuestra confianza en que tendremos una chance de purificarnos. La reencarnación expresa la misma confianza en una segunda oportunidad. Pero no debemos olvidar que en ambos casos se trata de imágenes”.

Y en su libro “Más allá de las palabras – Para comprender el Credo cristiano”, al comentar el artículo de fe “Nació de María Virgen”, dice:

“En una sociedad que se mueve en un nivel de conciencia en el que los relatos míticos no se distinguen de los registros de hechos históricos, nadie tiene problemas en declarar que Jesús nació de la Virgen. En un nivel de conciencia más sofisticado, esta afirmación todavía es tomada como cierta, pero se hace la distinción entre mitos y hechos, y se rechaza a los mitos por no haber ocurrido literalmente tal cual se los narra. Solo en un nivel de conciencia aún más elevado podemos caer en la cuenta de que los mitos contienen la verdad, la cual aparece únicamente cuando deja de tomarse al mito en forma literal. Quienes se elevan hasta este nivel son capaces de manejar los conflictos entre las enseñanzas de las distintas religiones de manera constructiva. Lograrlo es de capital importancia para el diálogo interreligioso”.

El no tener en cuenta esta diversidad de lenguajes puede llevar a distintas situaciones: nos encontramos con creyentes que toman literalmente el lenguaje religioso, así como personas que se declaran ateas precisamente por rechazar creencias a las que interpretan literalmente. Ofrecemos a continuación un texto del mitólogo Joseph Campbell que puede ayudarnos a comprender este conflicto de lenguajes:

Comenzaré exponiendo la historia de mi impulso por colocar a la metáfora en el centro de nuestra exploración de la espiritualidad occidental. Cuando apareció el primer volumen de mi “Atlas histórico de la mitología del mundo: el camino de los poderes animales”, los editores me mandaron hacer una gira publicitaria.

La primera pregunta que se me hacía siempre era: ¿Qué es un mito? Es un buen comienzo para una conversación inteligente. En una ciudad, empero, fui a una estación de radio para hacer un programa de media hora en vivo, donde el entrevistador era un hombre joven y apuesto que me advirtió de inmediato:

–Soy duro, se lo digo directamente. He estudiado leyes.

Se encendió la luz roja y el joven comenzó, en tono de controversia:

–La palabra “mito” significa “mentira”. El mito es una mentira.

De modo que respondí con mi definición de mito:

–No, el mito no es una mentira. Una mitología completa es una organización de imágenes simbólicas y relatos, metáfora de las posibilidades de la experiencia humana y la consumación de una cultura dada en un momento dado.

–Es una mentira –contraatacó.
–Es una metáfora.
–Es una mentira.

Esto siguió durante unos veinte minutos. Unos cuatro o cinco minutos antes del final del programa, comprendí que mi entrevistador en realidad no sabía lo que era una metáfora. Decidí tratarlo como él me estaba tratando a mí.

–No –le dije–, le repito que es una metáfora. Deme un ejemplo de metáfora.
–Deme usted un ejemplo –respondió.
–No –me resistí– esta vez soy yo el que hace la pregunta. (No en vano llevaba treinta años dando clases). Y quiero que usted me dé un ejemplo de metáfora.

El entrevistador quedó por completo desconcertado y llegó a decir:

–Podríamos llamar a algún profesor.

Al fin, cuando quedaba algo así como un minuto y medio de programa, se puso a la altura de las circunstancias y dijo:

–Lo intentaré: “Mi amigo John corre muy rápido. La gente dice que corre como un jaguar”. Eso es una metáfora.

Mientras corrían los últimos segundos de la entrevista, respondí:

–Eso no es una metáfora. La metáfora sería: “John es un jaguar”.
–Eso es una mentira –respondió.
–No –dije–. Eso es una metáfora.

Y el programa terminó. ¿Qué sugiere este incidente sobre nuestra comprensión compartida de la metáfora?

Me hizo pensar que la mitad de los habitantes del mundo piensan que las metáforas de nuestras tradiciones religiosas son hechos. Y la otra mitad afirma que no son hechos. Como resultado, tenemos gente que se considera creyente porque acepta las metáforas como hechos, y tenemos otros que se dicen ateos porque piensan que las metáforas religiosas son mentiras.

(Joseph Campbell, «Tú eres eso. El sentido del mito»).


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  • responder María Ines ,

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    • responder admin ,

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      Susana Antoniazzo

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