English   |     Deutsch   |     Português   

Amar es trascenderse

Hugo Mujica
Hugo Mujica reflexiona sobre la triple dimensión del amor: “Amarse a uno mismo es amar a Dios y al semejante, porque amar es lo más propio uno mismo: es trascenderse”.


Del Evangelio de Marcos (12, 28b-34)
Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?». Jesús respondió: “El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos”. El escriba le dijo: “Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios”. Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Jesús y el escriba encarnan lo anciano y lo nuevo,
el pasado y el futuro,
la perennidad del amor.

Ni el uno ni el otro se rechazan:
si ambos se han comprendido, si han comulgado,
es más allá de las prescripciones y legalidades:
comulgaron en lo esencial:
se reunieron en el amor.

Amor a Dios, a sí mismo y al semejante,
de eso nos habla el evangelio de hoy:
habla de ese amor cuya finalidad es reunir, congregar, aunar,
lo que el egoísmo separó, lo que la usura dividió.

El amor a Dios sin el amor al semejante
sería hueca sublimación,
sublimación o evasión de lo concreto, lo real;
sería como la contemplación sin la transformación,
la religión sin la encarnación,
el árbol sin su fruto.

El amor a sí mismo sin el amor al otro sería simple egoísmo, mero reflejo de sí;
sería como dar limosna sin mirar a los ojos,
dar sin darse uno mismo.

Amar a Dios sin amar al semejante
es amar a Dios sin amar lo que ama Dios,
es estar fuera de su amor.

Y, finalmente, amarse a uno mismo, es eso:
amar a Dios y al semejante,
porque el amar, el salir de uno mismo,
es lo más propio uno mismo: es trascenderse.

Porque al dar amor creamos en nosotros amor,
porque al darlo lo estamos viviendo,
al entregarnos nos estamos trascendiendo.
En verdad, es amando a mi hermano como a mí mismo que amo a Dios,
porque amo lo que él ama,
amo con el amor con que nos ama él.

Y este triple y único amor, no es un mandato:
es un don, el don que nos dejó Jesús,
el espíritu que nos habita,
el amor que nos entrega,
el amor que nos da para darse desde nosotros a los demás.

Porque para poder amar, paradójicamante,
debemos dejarnos amar,
debemos dejarnos habitar por el amor de Dios,
el que nos impulsa a salir de nosotros,
el don de Dios que nos hace don hacia los demás.

El que nos completa derramándonos fuera de nosotros,
el que nos abre para que seamos ese don
que es nuestro ser,
ese espíritu que es desborde,
que es otredad.

Si amar a otros es entregarse,
es reconocer en los otros el propio destino,
amarse a uno mismo es olvidarse de uno mismo,

Porque amarse es darse,
salvarse es olvidarse, soltar el propio ser:
dejarlo ser más allá de nosotros mismos,
porque todo nacer brota de lo que aún no fuimos;
de lo que ya somos solo llega el marchitarnos.
Y porque es en el amor de unos a otros que nos estamos creando.

Para amar, lo primero, como cuando fuimos niños,
como cuando aprendimos a amar,
a descubrir a los otros,
es dejarse amar, aceptar la propia necesidad,
mostrar la propia vulnerabilidad,
porque el amor no es una fuerza sino una debilidad,
porque Dios mismo nos hizo débiles para que nos necesitemos, para que nos busquemos,
para que reuniéndonos le abramos un espacio a él.

Por eso de alguna forma el amor nos lo da quien nos lo pide, quien acoge nuestro don,
quien con su necesidad nos salva.

Y una reflexión más:
el amor no es algo que tenemos como depositado en nosotros, en algún recoveco interior;
el amor no está, no es un sustantivo,
el amor lo crea el amar,
el amor es un verbo,
un acontecer, una encarnación.

El amor nace, brota, desde el gesto de la donación,
desde el gesto que dibuja a Dios.

Amar, en su última dimensión,
en su mayor hondura,
es dar lo que no se tiene,
es entregar lo que uno no es,
lo que nace en el momento de darlo.

La vida no es para vivirla, es para darla;
dar la vida: eso es seguir naciendo,
y no solo estando, eso es vivir amando.

Y esa es la diferencia, la diferencia abismal,
entre creer en Dios o vivir sintiéndose creado por el amor de Dios.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

Dejar un comentario