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Acoger lo diferente

Hugo Mujica

Ante el peligro de la exclusividad, de la negación del que es diferente a mí, de la división entre “nosotros” y “los otros”, Hugo Mujica llama a ser “compasión que acoge, mano que se brinda, abrazo que se abre”.


Del evangelio de Marcos (9, 38-48)
Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros”. Pero Jesús les dijo: “No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros. Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo. Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies a la Gehena. Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos a la Gehena, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

El domingo pasado los discípulos discutían
quién primero y quién después, quién a la derecha
y quién a la izquierda de Dios,
discutían sobre el poder,
el poder que todavía tenía poder sobre ellos.

Hoy, de alguna manera, el tema sigue siendo el mismo,
ampliado, pero igualmente cerrado;
sigue siendo el tema de la exclusividad,
siguen hablando sobre el poder,
el poder del que quieren adueñarse.

Juan, sus discípulos,
parecen dividir el mundo entre el tajante “nosotros”
o los “otros”, con nosotros o contra nosotros.

Negación, en uno y otro caso,
del que es diferente a mí,
de aquel que no me devuelve reflejado en él,
aquel cuya diferencia cuestiona mi exclusividad.

Los discípulos quieren cerrarse en un grupo,
quieren arrogarse la propiedad de Jesús,
ser los elegidos,
asegurarse la salvación.

Cuando un grupo se arroga alguna exclusividad,
cuando se cierra sobre sí mismo,
sea un partido político, sea un grupo social,
sea una iglesia,
se torna un juego de espejos donde lo diferente
se vuelve amenaza,
donde a la amenaza se la exorciza discriminando,
condenando o excomulgando.

Es la división del miedo,
es el miedo que siempre es separación:
es cerrarse para asegurarse, pertenecer para excluir.

Cuando un grupo se cierra, ya no escucha,
no escucha más que al eco propio que resuena en lo cerrado,
el mutuo elogio de unos a otros,
la misma acusación a los de afuera,
la falta de crítica hacia sí mismo.

Jesús nos advierte contra este peligro,
y advirtiéndonos, nos llama a revertir la situación:
a hacer de la diferencia respeto,
del respeto justicia hacia la diferencia,
hacia la libertad de los demás.

No juzgando, sino cargando con lo que en el otro
tendemos a juzgar…
sacándonos primero la viga del ojo
antes de juzgar y excluir a quien tiene una paja en su ojos.

Jesús nos advierte contra el peligro de ser nosotros
los que impidamos a los otros actuar según él;
nos dice que no seamos el escándalo de un juicio que separa,
sino la revelación de una compasión que acoge,
no un dedo que señala, sino una mano que se brinda,
un abrazo que se abre.

Jesús nos quiere hacer conscientes de que el viento
sopla donde quiere,
que no hay individuo, grupo y ni siguiera iglesia,
que pueda arrogarse la exclusividad del obrar de Dios,
que pueda adueñarse de él,
que pueda poner límites a su misericordia,
trazar bordes a su misterio.

El viento sopla donde quiere, y también,
tengámoslo en cuenta, donde nosotros lo dejamos soplar:
en lo cerrado ya no vuela, ya no es viento,
como el pájaro no es pájaro sin lo abierto donde extender sus alas, donde volar, donde ser lo que es.

Pertenecer a Jesús, vivir en su gracia, latir en su vida,
no está garantizado por la pertenencia a ningún grupo,
sino por aquello a lo que ese grupo o esa iglesia debe pertenecer:
a la apertura misma de Dios, a su espíritu,
a los insondables caminos de su gracia.

Jesús nos da también el único criterio válido
para saber si pertenecemos a él:
vivir su vida, encarnar su compasión,
la del vaso de agua que damos al sediento,
que al darlo a un semejante se lo estamos dando a él.

Y, en franco contraste con el vaso de agua que podemos dar,
que no debemos negar,
Jesús nos pinta lo que debemos dejar:
cortarnos la mano, sacarnos los ojos;
nos llama con esa hipérbole a poner a Dios en primer lugar.

Hipérboles que vivieron los mártires,
para quienes no fueron imágenes sino realidad,
encarnación y santidad.

Quizá porque ellos entendieron que el amor
es el único valor absoluto,
que el amor es más valioso que la propia vida,
porque es en el amor que la vida es fecundidad
y da vida a los demás,
que es en la entrega que es el amor
donde se va más allá de sí,
donde se vive a Dios más allá del vivir y del morir.

Ese amor es la única vivencia que tenemos en esta vida
del Dios que no murió solo por cada uno de nosotros
sino para que cada uno de nosotros
tengamos la fuerza y la gracia para vivir y morir por los demás.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

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