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Propósito y sentido

Por estar enfocados en el propósito de nuestras actividades, muchas veces perdemos de vista su sentido… y el sentido de la vida misma. Una invitación a buscar un equilibrio.


El hermano David Steindl-Rast, monje benedictino conocido por sus escritos sobre la gratitud, sugiere que vivir una buena vida es cuestión de lograr un equilibrio creativo entre sentido y propósito, lo cual marca una diferencia importante entre palabras que a menudo se usan indistintamente.

El sentido de algo, dice, puede no tener un propósito. Consideremos, por ejemplo, el “propósito” de la danza. La música. Un pájaro. Dejando de lado consideraciones sobre el rol que cumplen los pájaros en la naturaleza, uno puede sentir el arte, las personas, la naturaleza, como realidades llenas de significado, de una manera totalmente diferente e independiente de cualquier propósito que ellas puedan tener.

Sin embargo, el “propósito” es a menudo lo que más nos ocupa. El propósito de nuestro trabajo. El propósito de alentar a nuestros hijos a ser buenos estudiantes. El propósito del compromiso social. El propósito de tener una casa limpia. Cualquiera sea la meta que nos fijemos, el propósito es lo que más acapara nuestra atención.

No obstante, al enfocarnos en un propósito, a menudo no vemos el sentido de la vida, que es donde reside la experiencia de la satisfacción y la felicidad. O, en otras palabras, a veces simplemente necesitamos relajarnos en nuestra búsqueda de una vida impulsada por los propósitos, para poder disfrutar de lo que la vida en verdad nos ofrece.

Uno puede sentir el arte, las personas, la naturaleza, como realidades llenas de significado, de una manera totalmente diferente e independiente de cualquier propósito que ellas puedan tener.
Yo descubrí esto en una ocasión, hace unos quince años atrás, durante unas vacaciones en que viajé por primera vez desde Nueva York hasta el norte de California. Durante la parte más tranquila del viaje, mi compañero y yo nos hospedamos en una hermosa hostería llamada The Old Milano, en un pequeño pueblo de la costa llamado Gualala, unas tres horas al norte de San Francisco. Por más de tres días parecía que no teníamos nada sino tiempo: tiempo para descansar en la playa, para disfrutar de deliciosas comidas, para dormir hasta tarde. Pero lo que más me asombró fue el tiempo que pasé sentada en una reposera mirando el océano Pacífico, leyendo, escribiendo y contemplando las olas romper contra una enorme roca.

Viviendo en Nueva York, yo, como tanta gente, había pasado mis días como es típico, corriendo de una aparentemente importante actividad a otra. Y colectivamente, de alguna manera, parecía que eso nos ponía a los neoyorkinos en el centro del universo. Pero estando en este tranquilo y hermoso lugar, pude darme cuenta de lo pequeño que somos los seres humanos en comparación. Pude comprender la verdad de que realmente todos estamos de paso, de paso por un lugar, un tiempo y un misterio mucho más grande que todos nosotros.

Esta verdad, por supuesto, estaba presente allí y lo estuvo siempre. Pero tuve que permanecer tranquila y en silencio, sin ningún propósito en mente, para poder experimentar el prodigio de la vida. Esto, creo, es a lo que el hermano David se refiere cuando señala la importancia de llegar a un equilibrio entre sentido y propósito.

Para mí los niños proporcionan el sentido. El amor proporciona el sentido. Dar proporciona el sentido. La naturaleza proporciona el sentido. La meditación proporciona el sentido. El budismo y otras enseñanzas espirituales proporcionan el sentido. Un paseo con un amigo proporciona el sentido.

Pero el equilibrio, como dice el hermano David, es la clave. Si yo hubiera pasado el resto de mis días en esa reposera no estaría haciendo lo que en esta vida me corresponde hacer. Propósito y sentido van de la mano en una vida bien vivida. Por lo tanto, es importante permanecer en calma, como es igualmente importante involucrarse en las cosas en las que uno cree, ya sea trabajar para enfrentar el cambio climático, ayudar a los enfermos o defender en la corte a un hombre inocente.

Sin embargo, no debemos engañarnos pensando que nuestro propósito es más importante que la vida misma. Nos puede ayudar tener en mente lo que nuestros antepasados ya sabían: una buena vida es una vida vivida en equilibrio. Quién sabe, hasta podría ser lo que los desafíos actuales nos están invitando a aprender esa verdad, una vez más.

¿Qué piensas al respecto?

Lisa Bennett


Lisa Bennett es escritora y estratega en comunicaciones. Ha contribuido en publicaciones del experto en inteligencia emocional Daniel Goleman y otros autores.

Artículo reproducido con permiso de Gratefulness.org


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