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La gratuidad del perdón

Hugo Mujica
“De la gratitud de sabernos perdonados nace el deseo de perdonar, el deseo de que otros sientan lo más grande que puede sentirse en la vida: sentir que se puede volver a comenzar”.


Evangelio según San Marcos (1, 40-45)
Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: “Si quieres, puedes purificarme”. Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. En seguida la lepra desapareció y quedó purificado. Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: “No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”. Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.

En la primera lectura, la del libro del levítico,
se nos describe el tratamiento,
la discriminación que hay que hacer con los leprosos,
enfermedad, y más que ella, símbolo del mal, del pecado,
del pecado y del mal que se extiende como la lepra,
como era la antigua expresión.

Por eso debían proclamar su impureza, para que todos,
a su paso, se apartaran de ellos.

Jesús, en contraste, toca al leproso.
Técnicamente, para la moral judía, se contamina:
todo el que toca lo impuro queda impuro; tal era la ley.

Jesús viene a curarnos, pero desde la cercanía,
desde la carne,
y esa carne, la nuestra que toca, ese tocarnos,
ese meterse en nuestras enfermedades,
se llama perdón.

Dios es amor, nos enseñó san Juan,
pero también es fe y esperanza.

Fe y esperanza en su obra, en nosotros:
la fe de Dios hacia el hombre se llamó libertad,
la esperanza de Dios hacia nosotros se llama perdón:

su volvernos a creer cada vez que le damos la espalda,
de seguir creyendo cada vez que traicionándonos le traicionamos,
a seguir tocando nuestras llagas cada vez que nos volvemos a llagar.

Entramos en la vida cristiana,
Cristo entra con su espíritu en nosotros, en nuestra vida,
en el momento del bautismo,
en el perdón del pecado original,
nuestra alienación del amor divino que nos creó.

Ese perdón es el primer tocarnos de Dios,
ese perdón es la primera revelación existencial,
concreta, que tenemos de él.

Así, desde ese momento y para siempre,
el perdón nos precede,

por eso no suele ser nuestro arrepentimiento el que condiciona el perdón de Dios,
sino que es su perdón
el que nos conmueve,
el que suscita y da nacimiento a nuestro arrepentimiento.

Porque es solo ante quien nos ama,
ante quien nos perdona,
que nos arrepentimos;
ante quien nos juzga nos defendemos,
nos endurecemos, nos separamos aún más.

Podemos reconocer nuestro error,
pero raramente arrepentirnos.

Paradójicamente, por esa misma gratuidad del perdón
el perdón es harto más exigente que la ley:
la ley se paga, tiene precio:
se cumple con un mandamiento,
se enmienda con una penitencia.

La gratuidad del perdón, en cambio,
no se dirige a este o aquel acto de nuestra existencia;
se dirige a nuestro corazón,
abraza la raíz de nuestras vidas.

El juicio alcanza a nuestros actos;
el perdón nos toca y desnuda el corazón.
La ley reclama nuestra reparación,
el perdón nuestro amor.

De esa toma de conciencia,
de esa gratitud de sabernos perdonados
debe nacer el deseo de perdonar,
el deseo de que otros sientan lo más grande que puede sentirse en la vida:

sentir que se puede volver a comenzar,
sentir que el pasado deja de pesarnos,
sentir, en su radicalidad, que podemos volver a nacer,
que el futuro se abre una vez más.

Solo quien hondamente, más hondo que la propia conciencia,
ha experimentado la gratuidad del perdón sabe qué es la gracia,
lo sabe expresándolo como gracia a otro hombre:
expresándolo como perdón,
como imitación de Dios.

Quien ha experimentado el perdón y la gratuidad,
sabe que no tiene ningún derecho a no otorgarlo,
que no puede exigir ninguna condición que lo preceda,

sabe que debe darlo como lo recibió:
gratuitamente…
por amor, por confianza, por esperanza;

la esperanza y la fe en el posible volver a comenzar del otro,
del otro que es pecador como lo soy yo.

Si el hombre no hubiese pecado, conoceríamos la justicia de Dios,
sus leyes, su razón o su pensamiento.
Pero desde que el hombre pecó
conocemos el abismo del corazón de Dios,
conocemos su misericordia, su corazón por la miseria humana,

conocemos y respiramos ese abismo de perdón en el cual somos y existimos,
el abismo de misericordia que la liturgia nos llama a encarnar,
y, como el leproso del evangelio,
a experimentar y proclamar: a serlo para los demás.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

  • responder María Elena jaramillo ,

    Gracias!

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