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Un ser de esperanzas

Hugo Mujica
El tiempo de adviento refleja la condición humana: el ser humano es un ser de esperanzas, siempre tendiendo hacia algo nuevo y diferente, reflejo de nuestro radical deseo de Dios.


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Evangelio según San Marcos (13, 33-37)
Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!”

Todo parto fue una partida,
un comenzar a andar la vida,
un mirar hacia un horizonte.

El inicio no es nunca solo lo que es,
es siempre lo posible de ser,
la esperanza de llegarlo a ser: el inicio es promesa.

Y hoy iniciamos un nuevo año litúrgico,
un nuevo adviento en que la iglesia nos invita
a esperar la venida de Dios,
nos convoca a asumir la condición más humana:
la de abrirnos hacia el don de lo otro,
a dejarnos fecundar… nos invita a nacer.

Siempre estamos esperando,
siempre nuestros ojos miran más lejos
que donde nuestras manos llegan;

siempre tenemos una necesidad que colmar,
un proyecto a realizar,
una ausencia a anhelar, una lejanía a alcanzar.

Pero más allá de esperar esto o lo otro, de esperar algo,
el hombre, lo sepa o ignore,
también espera todo, espera la plenitud,
la llegada sin partidas,
el encuentro sin despedidas,
la totalidad sin fisuras… espera la plenitud.

El hombre es el ser de la espera,
espera incluso lo imposible,
y en eso confiesa su fe: se reconoce más allá de sí.

Es ese esperar que abarca y trasciende todo lo esperado,
lo que llamamos esperanza,
la esperanza que no tiene como meta
esto o aquello sino la esperanza desnuda:
la que se trasparenta en la transparencia de Dios,
la que se desnuda en la desnudez de Dios.

Sin este deseo, sin esta espera, el hombre cae en la apatía,
se ahoga en el tedio.

Sin esperar algo diferente,
radicalmente diferente a todo lo que tenemos y aún conocemos,
nos hundimos en la indiferencia,

la vida se cierra sobre sí en el círculo protector y letal
de la repetición de lo mismo, de espejarse en sí;
entonces dejamos de renovarnos,
nuestros sueños comienzan a envejecer,
nuestra alma termina por secarse,
la oración termina siendo eco y no alteridad.

Esa necesidad constante de algo,
de algo otro que nos renueve,
revela que el hombre no es a sí mismo su propio fin,
que no somos nuestra propia meta.

Revela al hombre como un ser de lejanías,
un ser de esperanzas.
Como un ser que mira siempre más allá de lo que ve,
que escucha siempre más allá de lo que se oye.

Como la memoria posee y hace presente lo que ya pasó,
lo ya vivido,
la esperanza posee ya el futuro,
lo adelanta teniendo el presente en vilo,
abriéndolo hacia todos los posibles.

Cuanto más honda es la espera, cuanto mayor es lo esperado,
mayor es el futuro de nuestra vida,
mayor la apertura de nuestro presente hacia lo que viene,
hacia lo que la vida nos trae,
hacia lo que Dios nos quiere entregar,
hacia lo que en nosotros quiere crear.

Es por esto que el hombre recién alcanza su verdadera dimensión,
alcanza su propia inconmensurabilidad
cuando espera a Dios:
a Dios que es la dimensión
y el futuro definitivo del hombre,
a Dios que viene a nuestro presente para llenarlo con su futuro:
con esa eternidad que es el deseo que tiene Dios de tenernos para siempre en él.

El Señor viene, es el anuncio de adviento,
pero si hoy anunciamos esa venida es para tomar conciencia de que siempre está viniendo.

Vendrá al fin de los tiempos, es decir,
viene a cada instante que termina,
para manifestarse en su gloria,

pero también viene, está viniendo en cada instante
que nace,
en su navidad, en la manifestación de su pobreza,
en el deseo que tiene Dios de reunirse con el hombre,
el deseo que se concretó encarnación,
en la carne humana donde busca continuar latiendo Dios.

No sabemos la hora ni el día, es decir,
no podemos detenernos ni instalarnos:
todo ahora, cada instante,
es la hora de Dios, es su juicio sobre el tiempo.

Que no sepamos la hora de lo definitivo hace que cada hora, cada instante,
sea definitivo,
sea respuesta y responsabilidad: sea destino.

Estemos atentos y oremos, nos pide la liturgia de hoy.

Oremos, abramos el espacio que el deseo abre,
el espacio que se abre cuando salimos de nosotros mismos,
cuando yendo hacia los otros andamos el camino del adviento de Dios hacia nosotros,
cuando yendo hacia los otros dejamos llegar a Dios.

 


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

  • responder Susana ,

    Profundo y esperanzador

    • responder Paulina Lavie ,

      ¡Muy hermoso! Gracias por hacerme ver la grandeza del Adviento de forma tan profunda y bella

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