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Amor y temor

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El temor es lo opuesto al amor: “Cuando Dios nos llama a amar, a salir de nuestro propio encierro, nos regala espacio y anchura, nos desata los lazos con que el miedo nos amarra, nos está salvando del miedo que realiza lo que todo miedo realiza: la división entre lo mío y lo del otro, entre el yo y el tú”.

Evangelio según san Mateo (22, 34-40)
Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

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Lo opuesto al amor no es el odio;
el odio aún reconoce al otro,
en el odio late aún la esperanza de comunión.

Lo opuesto al amor no es el odio. Lo opuesto al amor es el miedo:
el miedo a entregarnos, el miedo a ir hacia los demás.

Hay muchos miedos, muchos temores,
pero todos son el único miedo: salir de uno mismo, ser rechazado.

El miedo a ir hacia el otro y que el otro no nos acoja, no nos abra;
el miedo a quedar fuera de sí pero dentro de nadie:
el miedo que siempre quiere garantías, que solo desea seguridades.

Quizás haya un solo miedo, el miedo a no ser aceptados;
haya una única soledad, no la de estar solos:
la de estar frente a los otros reflejados, no entregados.

Cuando Dios nos llama a amar,
cuando su amor nos llama a encarnarlo,
no nos dice que no seremos rechazados,
no nos asegura que no seremos abusados.
Dios nos promete, eso sí, que seremos liberados, que seremos salvados.

Nos promete que aún rechazados o defraudados,
nadie nos podrá quitar el haber amado, el haber trascendido,
nadie nos podrá volver a encerrar en el miedo del que el amor nos ha sacado.

Cuando Dios nos llama a amar,
cuando nos llama a salir de nuestro propio encierro,
a salir del propio yo,
nos está regalando espacio y anchura,
nos está desatando los lazos con que el miedo nos amarra,
nos está salvando del miedo que realiza lo que todo miedo realiza:
la división entre lo mío y lo del otro, entre el yo y el tú.

Y quizás el amor no sea sino la abolición de esa ilusoria y perversa división;
quizás el amor sea el despertar a la comunión,
a la realización que entre yo y el otro nunca hubo separación,
hubo sólo miedo,
el mío hacia el otro y el del otro hacia mí.

El paradójico miedo a lo que más deseamos: a ser acogidos,
a pertenecer a algo más grande que la propia vida,
a una patria más poblada que el propio yo,
a un corazón más amplio que el del propio latido.

Hay muchas formas de amor,
pero todas responde a la misma intuición:
que yo no soy la meta de mí mismo,
que en el otro está mi más propio lugar.

Que a través del amor llego a mi más definitivo destino,
a mi verdadero ser,
que en el cuidar y ser cuidado está el más profundo
y más humilde secreto de la vida.

El hombre y la mujer, nosotros,
somos tan finitos que ni siquiera nos damos cuenta,
cuando no amamos,
de que no amamos;
cuando nos encerramos, que ese encierro es cárcel y no seguridad,
pecado y no salvación, muerte y no vida.

No nos damos cuenta que la gran traición a nosotros mismos,
la mayor claudicación, es querer salvar la vida no arriesgándola,
no amando: no fecundándola.

Pero no darse cuenta, en la vida, no es inocencia,
de una forma u otra es una opción,
y, lo que no nos demos cuenta en la vida contará en nuestro juicio,
porque lo que no hemos amado es lo que de debemos a los demás,
es lo que de Dios debimos ser y no osamos entregar.

El juicio de darnos cuenta en el instante de nuestra muerte
que no hemos amado todo lo que pudimos amar,
que no hemos vivido todo lo que pudimos vivir.

Darnos cuenta que no hemos realizado el único deseo que,
habiéndolo sabido o no, quisimos realizar:
el deseo en el que se cumple el amor: el deseo de ser en los otros,
el deseo de pertenencia, el deseo de unidad,
el deseo de comunión.

La comunión cuya posibilidad hoy se nos ofrece y se llama gracia,
la comunión cuyo cumplimiento se llama amor,
y cuya fuente se llama Dios.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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