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Celebrar la eternidad de la vida

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Hugo Mujica
La Pascua, en su significado original y más profundo, es la celebración de la eternidad de la vida, manifestada en múltiples formas de renacer. «Creer en la resurrección es creer que el mismo Dios que creó al mundo de la nada puede crear de la muerte la eternidad».


Evangelio según San Juan (20, 1-9)
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: Él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Dios no es; ni es ni fue, tampoco existe: Dios nace.
Dios nace desde siempre y hacia siempre.
En ese nacer estamos naciendo,
y hoy, en pascua,
celebramos que no dejaremos nunca de nacer,
que la vida eterna no es la eterna prolongación de esta vida;
es la eternidad de ese ser creador,
de ese estar naciendo,
de ese nunca jamás dejar de nacer,
porque Dios es amor y el amor es Dios, y Dios es vida,
vida en abundancia, la vida cuando es creación.

Dios creó todo lo que es: el cielo y la tierra,
los espacios siderales, los mares,
las montañas y el más nimio insecto…
Dios creó el mundo, no la religión.
La religión vino después,
cuando nos separamos de la vida, cuando la perdimos;
cuando comimos del árbol del bien y del mal
y dimos la espalda al árbol de la vida,
que es del que debimos comer;
el árbol de la vida y no el de la ley.

Pascua, nos apresuramos a decir incorrectamente,
quiere decir “paso”,
y digo incorrectamente porque pascua no es un paso sino un pasar,
es un estar pasando, un verbo que se conjuga de opción en opción,
un paso de transformación en transformación,
el paso desde el que somos al que devenimos,
el paso de nosotros a los demás.

Por eso para captar la profunda raíz que tiene en lo humano la pascua
tenemos que pensar antes de la religión,
pensar el pan antes de ser consagración.

Antes de ser una fiesta religiosa, la pascua fue una fiesta sagrada,
la de la sacralidad de la tierra,
de la naturaleza,
madre desde la que todo brota, madre de dones.

La pascua, desde muy antiguo,
-desde que el hombre nace y pisa esta tierra,
desde que nace de esa madre-
era la celebración, en el hemisferio norte,
del equinoccio de primavera,
la primavera que era promesa de nuevos frutos,
de nuevo trigo, de nuevo pan;
la promesa de seguir viviendo,
de postergar la muerte.
Promesa, ya entonces, de vida, de continuidad.

El hombre, en una pascua todavía no bautizada,
celebraba el paso de la oscuridad del invierno a la luz primaveral,
a la luz naciente.
Celebraba el paso de la aridez de las ramas desnudas
al verdor que latía en las yemas que asomaban;
celebraba la nueva estación, el nuevo nacer.

El pueblo judío, ya dentro de una religión,
tomó esa misma fecha,
esa misma luna llena,
ese mismo deseo de lo nuevo y lo siempre más
y lo resignificó,
lo llamó historia, liberación.

Fue, dijeron,
no ya el paso de la tiniebla a la luz,
sino de lo sagrado de la tierra a lo divino de la historia:
el paso de la esclavitud a la libertad,
de Egipto a la tierra prometida.

Nosotros, cristianos,
retomamos una vez más esa luna llena,
y situamos la muerte y resurrección de Cristo
bajo esa luz que sigue brillando hoy.

Pascua, paso, pasar y estar pasando,
no ya como paso del hambre a la satisfacción,
ni de la esclavitud a la libertad
sino de la muerte a la vida,
del tiempo a la eternidad,
del haber nacido a no dejar de nacer,
del límite donde todo termina al umbral desde donde todo se abre,
todo deviene, nada cesa ni cesará.

Si Cristo no hubiese resucitado,
Dios no sería más que el nombre de la muerte.

La resurrección se sitúa en el horizonte más abarcador,
en la hondura más radical del deseo humano:
el deseo de no morir,
de no desparecer,
de ser en plenitud,
de ser para siempre, en un siempre que es creación.

Creer en la resurrección
es creer que el mismo Dios que creó al mundo de la nada
puede crear de la muerte la eternidad;
que el Dios que por amor creó al hombre
puede hacer del amor humano su nueva creación.

La resurrección es no solo plenitud de vida;
es también plenitud de revelación:
la revelación del destino de la existencia humana realizada
en un hombre, en una vida,
en la del amor compasivo encarnado en Jesús,
vivido y entregado en carne viva en él.

La resurrección, simple y abismalmente,
es el nombre de ese amor compasivo
cuando el amor vence a la muerte,
cuando ese amor es la fuerza creativa de la vida;
es la nueva y eterna creación, es resurrección.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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