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El buen samaritano

Hugo Mujica
El buen samaritano, alguien que está más allá de la ley y de la religión, encarna el gesto más humano: el de la solidaridad incondicional.

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Del evangelio de Lucas (10, 25-37)
Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”. Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”. “Has respondido exactamente, –le dijo Jesús–; obra así y alcanzarás la vida”. Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: “Ve, y procede tú de la misma manera”.

Un hombre hace la pregunta misma de la vida:
la pregunta por la vida eterna,
la pregunta por un sentido que abarque no solo la vida,
sino que sea capaz de significar ese más allá del tiempo,
ese después, ese otro nacer.

Jesús no responde sobre la vida, responde sobre el amor,
responde haciéndonos responsables de la vida del otro,
haciendo de la solidaridad el destino de nuestra propia vida:
su eternidad,
lo que nadie nos podrá quitar.

Jesús responde a la pregunta sobre la vida eterna con la vida misma:
invitándonos a mirar no hacia un más allá sino hacia un más aquí:
no nos llama a mirar hacia arriba,
ni siquiera hacia nuestra misma altura:
nos convoca a bajar la mirada, a mirar hacia un semejante caído.
Nos compele a mirar con los ojos de Dios.

La pregunta del legista es la pregunta por la ley,
es sobre el deber,
sobre el deber de cumplir con las obligaciones con las que pagar la vida eterna,
la moral con la que se puede negociar,
la moral en la que se puede invertir.

Jesús no habla de ninguna ley,
Jesús ejemplifica su respuesta con la parábola del buen samaritano,
de un samaritano que está exento de toda ley judía,
un ateo que estaría exento de toda obligación cristiana.

Uno diferente a nosotros que, curiosa o significativamente,
es quien parece asemejarse, casi a identificarse, a Cristo, a Jesús.

Jesús le habla de otro nivel, le habla -nos habla-
de la obligación humana, la que humaniza;
habla del llamado y del derecho que tiene la necesidad del otro sobre nuestra libertad,
la vergüenza que debería ser la indigencia del otro sobre nuestro bienestar.

La ley de la solidaridad está clara,
está escrita en las heridas de los otros,
las heridas que son la imagen que hacen semejante al que sufre con el Cristo que estuvo colgado en la cruz.
Todo otro planteo confunde; toda ley, toda discusión, posterga.

La parábola del buen samaritano, su historia es conocida,
somos nosotros,
nosotros ocupados en nuestros proyectos,
en nuestra propia prosperidad, nuestra propia subsistencia o la familiar,
pero la nuestra,
la de cada uno, la individual.

Siempre apurados como para detenernos ante lo que no programamos,
para lo que nos saca de nuestro camino, de nuestro interés,
y hasta de nuestra espiritualidad.
Hoy, cada hoy, los necesitados necesitan prójimos,
necesitan que nos acerquemos,

necesitan que los toquemos, que los vendemos,
que los llevemos bajo un techo, necesitan de nuestra cercanía,
necesitan de nuestra incondicionalidad.

Esa incondicionalidad cifrada en las pocas palabras que conocemos del samaritano:
“mañana volveré, y lo que gastes de más te lo pagaré”,
esa incondicionalidad que hace de su acto una entrega,
de su entrega, salvación.

Hoy, cada hoy, hay un necesiado que nos necesita,
que necesita nuestra incondicionalidad,
necesita nuestra encarnación.

Desde el realismo hemos leído la parábola desde el principio hasta el final,
hemos visto nuestra obligación, nuestra responsabilidad.

Podríamos leer ahora la parábola desde el final hacia adelante,
podríamos leerla desde la esperanza, desde lo que podemos dar.

Veremos al hombre, al hombre asistido por el samaritano, ayudado por un extraño,
levantarse, salir del albergue, volver a su casa,
abrazar a su familia.

Veremos volver la felicidad a ese hombre, la vida a esa vida,
ahora que sabe que no todos golpean,
que no todos siguen de largo,

ahora que sabe que la indiferencia no es la palabra final,
ahora que quizás presienta que Cristo murió también por él.

Veremos contar que en un hombre sintió la bondad,
sintió la compasión,
la sintió en alguien, en uno,
ese uno que cada uno puede y debe ser.

Al menos en uno,
en alguien que, como no era judío el samaritano,
quizá tampoco hoy sea un cristiano, sea simplemente un ser humano,
sea esa humanidad que el evangelio nos llama a vivir,

sea ese amor solidario que es la única revelación
que no necesita de ninguna religión para revelar a Dios.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

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