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El pan que nos reúne

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“Dios no es Dios por estar por encima de todos; lo es porque no se separa de nadie. Como Cristo de nuestras vidas, como el pan para vivir de nuestras mesas, como el Pan de vida eterna de nuestras misas”. Reflexiones de Hugo Mujica en torno a la continuación del discurso del Pan de Vida en el evangelio.

Evangelio según San Juan (6, 51-59)
Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”. Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

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Dios no es Dios por estar por encima de todos;
lo es porque no se separa de nadie.

Como Cristo de nuestras vidas;
como el pan para vivir de nuestras mesas,
como el Pan de vida eterna de nuestras misas.

Hace cinco domingos que la liturgia nos pone en torno a la misma imagen: el pan,
la imagen más prístina, más cotidiana,
más humana.

Y por más humana, la más sagrada:
la del cuerpo de Dios vivo en la Eucaristía,
viviente en la comunión de cada hermano con su hermano,
la hermanadad que está en nosotros consagrarla.

En el pan celebramos la cotidianidad cristiana:
celebramos a Cristo que sigue con nosotros
en un pedazo de pan,
que sigue con nosotros como vivió: entregándose.

Celebramos a Cristo que permanece como estuvo:
en lo inaparente, en lo escondido, en lo cotidiano,

en lo que no es tenido en cuenta,
en lo que no cuenta en la cuenta del poder.

El pan es la realidad y la imagen del alimento,
comida que jalona la vida, la ritualiza, la sostiene.

Para el pan trabajamos,
para alimentar la vida y alejar la muerte.

Trabamos con otros y nace la amistad,
trabajamos junto a otros y es comunidad,
trabajamos para otros, y es el sostén familiar,
es sacrificio y amor.

Contar con el pan nuestro de cada día es ya
y cada vez más una bendición,
algo que no debiéramos jamás dar por descontado,
algo que no debería ser comido sin gratitud.

Si se come sin gratitud se come con arrogancia;
si se parte el pan, sin compartirlo,
se lo come con injusticia.

Todo don de Dios, para ser reconocido como tal,
para que sea don y no condenación,
es, es y debe ser, don para donarlo,

para alimentar la solidaridad humana,
para instaurar en ese don el reino de Dios,
su símbolo de comunión, su realidad de sociedad,
su esperanza de justicia y amor.

El pan que celebramos hoy, el pan cristiano,
no es el pan que ganamos y comemos cada día,
es el pan que recibimos.

Es el pan que Jesús nos da,
el pan que él mismo es,
el pan que él mismo ganó y pagó y entregó con su vida.

Pero o la vida propia remeda el gesto eucarístico,
el de partirse y entregarse,
el de desaparecer en quien lo hace su sustento
y en eso vive;
o el pan y el vino,
el Cuerpo y la Sangre de Cristo que recibimos
es la recepción de la propia perdición,

el juicio de Dios sobre la propia vida,
sobre la vida que se aferra,
sobre la vida que al aferrarla se pierde,
que al encerrarla se asfixia.

Hoy, cada domingo y cada día,
celebramos ese pan de cada día,
ese Dios de cada misa,

la celebración del sacrificio
cuando el sacrificio es amor,
cuando el pan es solidaridad,
cuando la solidaridad es comunión.

La comunión que es revelación de un Dios que se acerca reuniéndonos,
que nos reúne en la medida en que cada uno
abre su vida y da su pan.

La entrega del pan de nuestra vida no desde fuera por limosna o compasión,
sino desde dentro,
por comunión con la vida de Dios,
con su vivir que es su entregarse,
la comunión que esa entrega es y en esa entrega se realiza.

En la medida, en definitiva,
en que en cada Eucaristía nos dejamos transustanciar
en lo que encarnó Jesús:
en su entrega y su compasión,
en esa entrega que es la forma de vivir en él como él vive en el Padre.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

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