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Nostalgia y temor

Hugo Mujica
Los valores que nos hacen plenamente humanos suscitan en nosotros un deseo y a la vez un rechazo: añoramos el bien, pero tememos lo que implica alcanzarlo.


Del evangelio de Lucas (6, 17. 20-26)
Bajó Jesús del monte con los Doce y se detuvo en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: “Dichosos los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados. Dichosos los que ahora lloran, porque reirán. Dichosos ustedes cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo: porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas. Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que están saciados, porque tendrán hambre! ¡Ay de los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán! ¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que hacían sus padres con los falsos profetas”.


Jesús, sobre el monte, como otro Moisés,
no está proclamando una nueva tabla de la ley,
instituyendo una nueva moral:

nos está revelando su propio corazón,
el corazón humano que su vida latió,
la debilidad de Dios que el mismo encarnó,
la cruz que el mismo abrazó.

Jesús nos está revelando aquello que
en lo más profundo de nosotros mismos,
en esa profundidad desde la que el pecado nos alienó,
pulsa por darse a luz.

Jesús nos habla de humildad y mansedumbre,
nos describe un corazón cuyo color es la transparencia,
un corazón vacío de sí que hace de ese vacío apertura hacia los otros,

un corazón deseoso de justicia,
de la justicia y la paz de los demás,
que hace de los otros su encuentro con Dios.

Jesús habla, en definitiva,
de una existencia atravesada por la debilidad,
articulada por todo aquello que a los ojos del poder,
a los ojos del mundo en el que vivimos
y el que nosotros mismos construimos,
es despreciable para los otros,
y es hasta lo que nosotros mismos,
tácita o explícitamente,
solemos despreciar o solemos rechazar.

Estas palabras de Jesús tienen un sabor ambiguo;
por un lado suscitan un atractivo,
una nostalgia de algo tan lejano como propio,
algo en nosotros se siente a tono con estas palabras,
con ese corazón,
se siente desnudado y revelado en ellas,

y por otro lado sentimos, vivimos,
un rechazo o un miedo hacia esos valores,
un rechazo que no está hecho de negativas:
está hecho de cobardías, de pequeños pactos,
de complicidades tácitas o explícitas,
de constantes postergaciones y silencios,
de mediocridad o de mezquindades o de tibiezas.

Ninguna como esta página del evangelio muestra hasta qué punto hemos domesticado y aburguesado el evangelio,

hasta qué punto hemos hecho de esta radicalidad la inoperante emoción de un llamado a acomodarnos con la misma comodidad en la sociedad en la que vivimos que en nuestros bancos de iglesia,

porque en verdad, ¿quién de nosotros se deja atravesar por estas palabras?
¿se deja acrisolar por estos valores?

Es que el sermón de la montaña,
la humildad y la mansedumbre,
la pobreza y la justicia, todo ello tiene una meta,
todo ello, vivido, no nos engañemos,
es el camino hacia la cruz, es la locura de la cruz.

Porque se trata de eso,
de un camino a contramano del mundo,
de un mundo donde los humildes y los mansos se mueren de hambre,
se llaman excluidos, no feligreses,

un mundo donde los que buscan la paz también mueren en las manos de los que buscan perpetuar el poder,
un mundo donde los perseguidos por la justicia no solemos ser nosotros sino los que no tienen ni voz,

aquellos que buscan justicia y le responden con la ley,
con la medida del poder.

Se trata de la cruz, la cruz del evangelio,
la cruz de vivir cristianamente hoy,
pero sin pactar ni negociar,
sin vender ni de abaratar la gracia que pagó
con la vida Jesús.

Algo de nosotros lo quiere,
algo de nosotros lo rechaza,
algo de nosotros escucha en estas palabras el llamado
a la felicidad de vivir lo que realmente somos,
la felicidad de atrevernos a ser débiles,
necesitados frente a los otros y frente a Dios,

la felicidad de hacer de esa debilidad la flexibilidad que necesita Dios para moldear nuestra vida,
la de amasar con ella un pan para los demás.

Algo de nosotros la quiere,
algo de nosotros la rechaza,
teme dejar la armadura,

teme ceder su lugar seguro en la mesa de los socialmente aceptados,
teme no contar para el mundo,
para un mundo donde cada vez cuentan menos los que no tienen nada con que contar,
ninguna cuenta que mostrar.

Hoy, otra vez,
escuchamos el mismo llamado que nos hace Dios al proclamar el evangelio: el llamado a la decisión,
el amén a la gracia que cada proclamación nos ofrece
como encarnación.

El llamado, la invitación y la gracia,
a la felicidad de tener un corazón en el que laten los mismos
sentimientos del corazón de Dios,
de vivir los mismos valores,
las mismas opciones por las que dio la vida Jesús.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

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