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Occidente: amor propio y… ¿odio propio?

Virginia Gawel

Con una reflexión y un poema, la Lic. Virginia Gawel nos llama al verdadero amor propio: a amarnos con el amor que profesamos hacia nuestros seres más queridos.



Curiosamente, la expresión “amor propio” en nuestro idioma alude al sentimiento de orgullo de sí más que al verdadero amor. La Real Academia Española lo define como “amor que se profesa a sí mismo, especialmente al propio prestigio”. O sea, ¡un asunto del ego, más que del amor!
¿No será que, tengamos o no amor propio, nuestro sustento basal es el de un odio propio que necesitamos ver hasta sus raíces más íntimas? El psicólogo Jack Kornfield, uno de los primeros en traer la Psicología Budista a Occidente, suele relatar una anécdota que en una ocasión expresó así:

“En una reunión con el Dalai Lama, algunos budistas le comentamos que en Occidente había mucho autoodio: queríamos saber cómo actuar. El traductor necesitó cinco minutos para hacerle entender a qué nos referíamos, porque en tibetano ni existe esa palabra. Cuando finalmente lo entendió, su rostro se ensombreció: ‘¡Qué gran error!’, dijo. Aprender a cuidarse uno mismo con atención y compasión ayuda a cuidar de los demás y a relacionarse bondadosamente. La verdadera compasión incluye siempre a los demás y a uno mismo”.

Hay algo que es bien sabido entre los lingüistas y sociólogos: cuando, en una cultura, hay una determinada palabra que no existe (y deben, en cambio, utilizarse muchos términos para definir eso que la palabra describiría por sí sola), significa que ese concepto está negado por la cultura en cuestión, aún no se ha visibilizado.

Por ejemplo, hasta que el psiquiatra y neurólogo francés Boris Cyrulnik mencionó la palabra “resiliencia” (la capacidad de los seres humanos para superar los efectos de una adversidad, e incluso salir fortalecidos de ella), esa cualidad no había sido tenida en cuenta con tanta precisión en ámbitos donde se vuelve esencialmente necesaria, tales como la psicoterapia, la educación, y la ponderación de los fenómenos sociales en los que se da una resiliencia colectiva (como en los pueblos diezmados por la guerra que luego resurgen a partir de su valentía).

La mayoría de nosotros hemos ido construyendo cimientos de resiliencia a partir de grandes dolores, muy personales, muy íntimos, y gracias a ellos (más que a pesar de ellos) desplegamos aspectos muy valiosos de nuestra identidad. El hecho de que exista la palabra “resiliencia” para designar tal proceso vital, nos permite verlo mucho más fácilmente, y así apreciarlo, cultivando esa habilidad para cualquier otra dificultad que nos toque afrontar.

“Autoestima”: la palabra más patética

Si aplicamos estos principios al espacio que debiera dársele a la palabra “autoodio” para que se visibilice, nos encontramos con esto: existe en el castellano, y sin embargo rara vez la decimos, la escuchamos o la leemos. ¿Por qué? Porque todo el sistema está organizado para que ese autoodio sirva a intereses mezquinos. (Ya veremos cómo a una persona que se autoodia es más fácil venderle desde objetos hasta ideologías).

Puesto que la palabra “autoodio” está socialmente acallada (y sería mi modesta aspiración sumar con este libro a que ese acallamiento se erradique), también su opuesto es tan opaco como la tecla de un piano con sordina. Y aquí voy a tener que darle espacio a una de las expresiones más patéticas de Occidente, no solo del castellano, sino de muchos otros idiomas en los que guarda equivalencia: la palabra “autoestima”.

Detengámonos un momento: los estantes de las librerías, los videos de internet y aun el vocabulario de los terapeutas tienden a este pobre término como si fuera gran cosa. “Desarrolle su autoestima con prácticos ejercicios”, o “Tengo la autoestima por el suelo”. Por favor, seamos sinceros: ¿qué sentiríamos si la persona de quien estamos enamorados nos dijera algo así como: “Bien sabes que yo te estimo mucho”? ¿Qué emociones nos produciría el hecho de que usaran esa palabra hacia nosotros nuestro mejor amigo, nuestros hermanos, nuestros padres? Lo que me resulta obvio es que no nos sentiríamos amados, precisamente, ¿verdad? Bien: ¿por qué nos parece entonces tan natural aplicar este sustantivo de tan tibio aprecio cuando hablamos de nuestra relación con nosotros mismos?

Todo el sistema está organizado para que el autoodio sirva a intereses mezquinos. A una persona que se autoodia es más fácil venderle desde objetos hasta ideologías.

Tal palabra revela así, de manera casi imperceptible (y eso no es casual) el profundo autorrechazo que en Occidente predomina en el vínculo que tenemos con quienes somos. Así, en la mayoría de los idiomas de Occidente existen múltiples palabras que enuncian esa mala relación con nosotros mismos, y ninguna de ellas nos llama la atención: autoboicot, autoflagelación, autoagresión, autosabotaje, autoexigencia, autocrítica, autotortura, autodestructividad… y la lista podría alargarse. Esto obedece a una verdadera hipnosis colectiva: una Matrix que hace que todos, desde pequeños, vayamos absorbiendo expresiones que luego nos llevarán a mirarnos con desaprobación y hasta con autodesprecio.

En paralelo, existe el fenómeno cultural opuesto: cuando buscamos en nuestro idioma palabras amables referidas a la íntima relación con quienes somos, la tibia “autoestima” apenas es seguida por otra palabra bastante devaluada (sobre todo cuando de géneros literarios se trata): la dudosa “autoayuda”, frecuentemente sospechada de ayudar muy poco. La mayoría del resto de las palabras que debieran representar un trato afectuoso hacia sí, a veces hasta parecen significar mero narcisismo e inclusive alguna recóndita patología: autoerotismo, autoconfianza, autocentramiento, autorreferencial…

Si queremos promover un cambio individual y comunitario en el vínculo que tenemos con quienes somos, necesitamos darles consistencia saludable a palabras que tengan el mismo peso que cuando las pronunciamos hacia otro ser querido. Porque de eso se trata: de que necesitamos convertirnos, más allá de todo narcisismo, en un ser querido para y por nosotros mismos. Es preciso que se vuelvan naturales desde el momento de la crianza palabras que impliquen actitudes valorativas en la relación intrapersonal: autoamor, autoternura, autocuidado, autoapoyo, autoafecto… Autoamistad.

Sé que estas palabras resultan extrañas todavía. Algo así como si hubiese un cierto error en ellas, aunque más no sea gramatical. Sin embargo, gramaticalmente no hay tal yerro. Y ojalá que un día no tan lejano quien lea este libro encuentre que en su cultura esas palabras se hayan vuelto muy comunes y repetidas, y lo que en cambio le resulte extraño sean todos estos párrafos que hablen de un pasado generador de muchísimo dolor individual y colectivo (más del que nadie pueda imaginar).

El fin del autoodio implica desarrollar una convivencia consigo mismo en la cual todo se alinee en torno a la no violencia como filosofía de vida, aplicada hacia el entorno, pero también hacia el modo en que nos vinculamos con quienes somos. Ese proceso engendra un verdadero renacimiento, por el cual habitamos la vida desde la dignidad que siempre nos perteneció, pero que no habíamos tomado. Convido, entonces, un poema para decir lo que a veces siento que la prosa no alcanza a manifestar. (Muchos de mis poemas nacen en género masculino, y respeto la forma original que –según entiendo– mi Inconsciente eligió para expresarse).

RENACIMIENTO

Hoy volveré a nacer: pido permiso.
Permiso, útero, permiso, cordón prieto.
Permiso, agua, placenta, oscuridades.
No podrá retenerme la tibieza
plácida y calma del vientre cobijante.
No podrán disuadirme las presiones
de este túnel de carne que hoy me puja.
Con decisión inequívoca y sagrada
determino nacer: me doy permiso.
Y aquí estoy, desnudo de corazas,
dispuesto a recibir besos y abrazos
(no la palmada que provoque el grito:
ya no permitiré que me golpeen).
Parteros de quien vengo renaciendo,
miren quién soy: soy digno. Los recibo.
Miren quién soy: adultamente niño.
Miren quién soy: vengo a ofrecer mi entrega.
Miren quién soy: apenas si respiro,
pero, de pie, me yergo y me estremezco,
dándome a luz en mi realumbramiento.
Tengo coraje para empezar de nuevo:
fortalecido en mis fragilidades
lloro de dicha, de dolor… Lloro de parto.
Lloro disculpas a quienes no me amaron,
por el maltrato, el frío, el abandono:
lloro la herida de todo lo llorable.
Y lloro de ternura y de alegría
por tanto recibido y encontrado:
lloro las gracias por el amor nutricio,
por la bondad de los que me ampararon.
Lloro de luz, y lloro de belleza
por poder llorar: lloro gozoso.
Bienvenida es vuestra bienvenida.
Sin más queja, dolido y reparado
por la caricia de este útero abrazante,
aquí estoy: recíbanme. Soy digno.
Me perdono y perdono a quien me hiriera.
Vengo a darles y a darme íntimamente
una nueva ocasión de parimiento
a la vida que siempre mereciera.
Me la ofrezco y la tomo. Me redimo.
Con permiso o sin él, YO me lo otorgo:
me doy permiso para sentirme digno,
sin más autoridad que mi Conciencia.
Bendito sea este Renacimiento.

Del libro El fin del autoodio, de Virginia Gawel


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