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Ser inteligente

Sergio Bergman
El cultivo de la inteligencia debe ir más allá de una mera finalidad práctica. La inteligencia puede ser utilizada para el bien o para el mal; por eso se hace tan necesaria la educación de la conciencia.


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¿Qué es, para nosotros, una persona inteligente? Es aquel, me parece, que ha desarrollado una determinada habilidad, una cierta capacidad que ya forma parte de su ser, pero que se pone de manifiesto frente a un caso concreto y práctico. Alguien resuelve un problema, una ecuación matemática, un acertijo, una situación humana complicada, un conflicto. ¡Qué inteligente!, solemos decir ¡Con qué inteligencia supo manejar el caso…! Ahora bien, ¿qué porción de esa inteligencia es innata, proviene del conocimiento, fue cultivada, o es puramente instintiva…? No lo sé, y no es algo que resulte relevante en este caso. Sí es importante que podamos distinguir entre el conocimiento y la inteligencia.

Esta disposición de la inteligencia, tal como la describimos recién, hace a la capacidad de desplegar nuestra esencia, nuestro ser humano. ¿Por qué? Porque el trabajo que tenemos que enfrentar es un hacer: es decir, convertir algo potencial en real; transformar valores en virtudes. Y la inteligencia que se requiere, entonces, es de orden práctico. En este sentido, hallar la manera de desarrollar esa inteligencia es un proceso sustancial en este camino que decidimos explorar. Y cuanto más versátiles seamos en nuestra capacidad para articular los distintos tipos de conocimiento (interior, exterior), más chances tendremos de impulsar esa disposición de inteligencia.

Permitamos que la inteligencia espiritual, emocional o vincular se imponga por sobre la inteligencia práctica y utilitaria.
La inteligencia es una capacidad y habilidad. Desde sus orígenes, el ser humano se diferencia de otros animales por esta dimensión. Aunque están relacionadas, debemos diferenciar la inteligencia de la conciencia. Mediante la inteligencia se pueden resolver problemas, crear artefactos e intervenir en la Naturaleza, por ejemplo. Muchas veces, la inteligencia puede estar disociada de la conciencia. En este sentido, sobran ejemplos de inteligencia aplicada a la destrucción.

La inteligencia es un medio, una herramienta, pero no un fin último. Sin formación moral y espiritual del ser, la inteligencia tiene un doble filo: puede aportar el bien, o facilitar y hasta generar el mal. Deberíamos, creo, rediseñar las energías y las prioridades que asignamos a la educación: permitamos que la inteligencia espiritual, emocional o vincular se imponga por sobre la inteligencia práctica y utilitaria. No hay dudas de que para hacernos humanos, primero tenemos que desarrollarnos a través de la conciencia y no de la eficiencia. Lo espiritual debería ser el soporte de lo práctico.

Segio Bergman


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