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Ecología espiritual

Jose Chamorro
Ecología y espiritualidad se complementan mutuamente. Solo siendo conscientes de nuestra dimensión espiritual podremos sabernos parte de un Todo, lo que nos llevará a una actitud de admiración y respeto, y no ya de dominación y explotación del planeta.


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El tema de la ecología, así como todas las cuestiones afines a ella que se han desprendido del análisis de la situación en la que se encuentra el Planeta, no es una preocupación reciente en los foros de reflexión, pues hace ya algunas décadas que la cuestión se ha puesto sobre la mesa de los grandes líderes con objeto de ir buscando soluciones que garantizarán el equilibrio necesario para nuestra propia supervivencia.

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Leonardo Boff

En esta ocasión quisiera guiar mi reflexión de la mano de algunas de las aportaciones que ha ido haciendo uno de los padres de la Carta de la Tierra(1), Leonardo Boff. Considero que su capacidad para abordar y tratar estas cuestiones posee un aroma espiritual en la medida que se acerca a lo común y profundamente humano. Además, su perspectiva arranca de la visión de aquellos que viven más cerca y unidos a la tierra, no solo por sus usos tradicionales sino porque, en muchos casos, su modus vivendi los vincula a ella en una relación fraternal de respeto y cuidado.

Voy a comenzar ofreciendo unas breves pinceladas sobre cómo ha ido evolucionando el tema ecológico así como nuestra preocupación por él en los últimos tiempos para, a continuación, entrar a explicar los matices que el ámbito espiritual puede aportar a la ecología. Muchas de ellas ya están puestas de manifiesto en la citada Carta de la Tierra, pero aquí intentaremos dar otro giro con objeto de clarificar aún más la cuestión. Continuaré examinando brevemente las aportaciones que ofrecen las distintas vertientes de la ecología para concluir aportando datos sobre el modo en que hoy se entiende.

Preocupación expresada

Tomando lo dicho anteriormente como punto de partida me gustaría rescatar algunas de las ideas que se apuntaron en la famosa Cumbre de Río de Janeiro de 1992, organizada por la ONU, y cuyo eje fue el desarrollo sostenible. Dos de sus principios rezan así: «Los seres humanos constituyen el centro de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sostenible. Tienen derecho a una vida saludable y productiva en armonía con la naturaleza. » (Principio 1) y «Para alcanzar el desarrollo sostenible, la protección del medio ambiente debe ser parte del proceso de desarrollo y no puede ser considerado por separado.» (Principio 4). Si bien estos principios fueron buenos intentos para emprender un camino de reconciliación con la Tierra, no tuvieron todo el alcance que se esperaba. A pesar de ello surgieron de allí el Programa 21 o la Agenda 21 que desde entonces se viene desarrollando a través de Diputaciones y Comunidades Autónomas en contextos especialmente educativos. En aquella Cumbre también se aprobó la Convención sobre el Cambio Climático que más tarde derivaría en el Protocolo de Kyoto (1997) cuya consecución se ha ampliado hasta el 2020. Este último aplazamiento revela la falta de compromiso de los gobiernos para apoyar decisiones contundentes y drásticas que, en el fondo y en un futuro no lejano, nos beneficiarán y se harán más que necesarias. En 2002 se realizaría la Cumbre de Johannesburgo, diez años después de la de Río, y el pasado año de 2012 se realizó la famosa Cumbre de Río+20 que las Naciones Unidas llamó oficialmente la “Cumbre sobre el Desarrollo Sostenible”. Esta cumbre fue un nuevo intento para avanzar sobre el compromiso de los Estados y la comunidad mundial en los grandes cambios que se precisan en este siglo XXI en el que ya estamos inmersos.

Ernest Haeckel creó en 1866 la palabra ecología, que definió como el estudio de la inter-retro-relación de todos los sistemas vivos y no-vivos entre sí y con su medio ambiente, entendiendo éste como una casa.
Tras la primera cumbre de Río ‘92, su secretario general, Maurice Strong y el presidente de la Cumbre de la Tierra, Mijaíl Gorbachov junto con el apoyo de Ruud Lubbers, primer ministro de los Países Bajos, decidieron retomar la redacción de una Carta que implicara a la sociedad civil, esto es, saliera de abajo hacia arriba. Un documento que abordara la sostenibilidad no solo como un aspecto que afecta al medio ambiente sino que engloba a su vez cuestiones como la justicia, la paz, la solidaridad, la diversidad cultural o la democracia. De esta manera, esta nueva orientación que sí es compartida por gobiernos, empresas y el pueblo, amplia con creces la perspectiva del desarrollo sostenible. Así fue como se creó una comisión en 1997 para coordinar estos esfuerzos a escala mundial. Se nombraron 23 personalidades a nivel mundial para coordinar las consultas necesarias, entre los que destaco: el propio Lubbers, Gorbachov (premio Nobel de la Paz en 1990), Federico Mayor Zaragoza (España), Mercedes Sosa (Argentina), Leonardo Boff (Brasil), Erna Witoelar (Indonesia) y Wangari Maathai (premio Nobel de la Paz en 2004, Kenia). En el año 2000 presentaron la edición definitiva de la Carta de la Tierra, que constaba de cuatro principios básicos que se desarrollan en 16 principios generales y se despliegan a su vez en otros 61 principios detallados; además posee un Preámbulo y un texto de conclusión: “Camino hacia adelante”. Tal vez el atractivo mayor de la Carta radica en que no es una declaración al uso donde solo se explicitan una serie de principios sino que es una declaración que motiva, que parece estar viva, que contiene una fuerza movilizadora de la que suelen carecer los documentos internacionales.

A mi juicio, además de todo lo dicho, la Carta de la Tierra contiene una dimensión hasta ese momento omitida en cualquier documento de carácter oficial. Y éste es, curiosamente, uno de los detalles que generaba disparidad con los grupos extremistas de las religiones, esto es, la dimensión espiritual de la vida que se pone de manifiesto en el documento. En este sentido, además, ofrece un horizonte a la cuestión ecológica y de sostenibilidad que es mucho más amplio.

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Sentido de ecología y de espiritualidad

El biólogo alemán Ernest Haeckel creó en 1866 la palabra ecología, que definió como el estudio de la inter-retro-relación de todos los sistemas vivos y no-vivos entre sí y con su medio ambiente, entendiendo éste como una casa, de donde deriva la palabra ecología (oikos en griego = casa). (2) Tal vez lo más curioso que se aprecia en esta definición es que incluye todo cuanto existe y el modo en cómo cada cosa se relaciona y con las demás. Atendiendo a esta definición, el ser humano solo sería una parte más de este sinfín de relaciones. En principio, su papel es tan importante como el de cualquier otra forma de vida. En breve veremos que por poseer la capacidad que le brinda su conciencia, su responsabilidad es mayor en la medida que su acción puede tener más repercusión sobre los demás.

La dimensión espíritu es la que posibilita a la persona sentirse parte de un todo mayor, al tiempo que le permite hacerse la pregunta por el sentido de la vida.
Por otro lado, la espiritualidad que deseo definir con objeto de quitar los posibles prejuicios que nacen ante esta palabra tan mal usada en muchas ocasiones, ofrece el matiz determinante que nos proporciona la óptica necesaria desde la que poder mirar la actitud que tenemos para con la Comunidad de Vida. Así pues, espiritualidad alude a la dimensión espíritu que forma parte inherente al ser humano, al igual que el cuerpo o la psiqué. La dimensión espíritu es la que posibilita a la persona sentirse parte de un todo mayor, al tiempo que le permite hacerse la pregunta por el sentido de la vida. Ser espíritu es (…) captar el eslabón secreto que une y reúne a todos los seres, haciendo que sean un cosmos y no un caos. Espíritu, sigue diciendo el autor, es ese momento de trascendencia por el que el ser humano se comunica con otro y puede percibir esa energía suprema que anima todo el universo y que culmina con el fenómeno vida, y vida consciente y libre. (3) Desde esta acepción, el ser humano se entiende con el medio en el que vive desde otro lugar, pues somos uno más y no la clave de una evolución que nos permite someter a la Tierra según nuestros antojos como nos ha hecho creer el antropocentrismo.

Considerando ambos términos podemos observar cómo se complementan y enriquecen mutuamente pues la ecología encuentra un fondo ontológico que la justifica y, a su vez, la espiritualidad advierte un contenido en el que concretarse.

La dimensión espiritual que es propia del ser humano y que ya ha quedado más que justificada en el ámbito científico con el descubrimiento de los distintos tipos de inteligencia (4) que poseen las personas, entre los que se encuentra la inteligencia espiritual (5), nos facilita la labor de toma de conciencia en cuanto al lugar que ocupamos en la comunidad de Vida, además nos permite maravillarnos y sorprendernos con el milagro que es ella en sí misma. Esta dimensión es la que genera una actitud de cuidado, respeto y reverencia por cualquier forma de vida, actitudes que hay que reencontrar para lograr reencantarnos por la Casa Común que compartimos.

Tipos de Ecologías

Aunque podemos ver que el significado de Ecología puede ofrecer ya un mapa bastante amplio para abordar la situación en que vivimos, también podemos dispersarnos fácilmente por no ser capaces de concretar las acciones que deberíamos poner en marcha. De este modo podemos observar que en la Carta de la Tierra ya se recogen de forma implícita hasta cuatro vertientes de la ecología (6) que hay que abordar para lograr que las actuaciones que llevemos a cabo en el Planeta posean el mayor impacto.

El modo en que tratemos al Planeta refleja el modo en el que nos tratamos a nosotros mismos.
En un primer lugar hablaríamos de Ecología Ambiental.
Su perspectiva aborda el medio ambiente desde fuera del ser humano y de la sociedad pues busca tecnologías que palien el efecto nocivo que podemos ejercer sobre la Naturaleza. Su perspectiva, aunque es incompleta, es necesaria ya que pretende disminuir la voracidad con la que tratamos al Planeta y corregir los excesos de la era industrial.

En segundo lugar encontramos la Ecología Social. Diríamos que ésta no desea tratar solo el medio ambiente sino el ambiente al completo. Este enfoque desea reintroducir al ser humano y a la sociedad en la naturaleza como partes diferenciadas de ella; está relacionada con todas las cuestiones de estética urbana, saneamiento básico, el poder disponer de una buena red de escuelas. Desde esta perspectiva, la justicia social se ve como un atentado contra el todo natural-social.

En tercera posición se encuentra la Ecología Mental. Desde este enfoque, las causas que han permitido que nos encontremos en esta situación radican en el tipo de sociedad que hemos construido, así como en la mentalidad predominante. Es desde aquí desde donde se ha construido el antropocentrismo que nos ha permitido creernos los reyes de todo y desde donde se les atribuye sentido a los otros seres si están ordenados según la disposición humana. Entre las tareas que propone esta ecología se encuentra el poder propiciar una visión no-materialista y espiritual que favorezca el encantarse de nuevo ante su complejidad y venerar el misterio del universo. (7)

La cuarta y última de las vertientes se llama Ecología Integral. Su perspectiva nace de la experiencia que los astronautas han tenido tras salir del planeta. Desde allí han visto como ese pequeño punto azul que supone la Tierra en medio del Universo no contiene diferencias entre ricos y pobres, carecen de fronteras los continentes, no hay diferencia entre Oriente ni Occidente y la humanidad es solo una en su conjunto. Pero además es mucho más que esto pues desde allí el ser humano parece parte integrante de la misma Tierra, el ser humano es la Tierra que siente, llora, padece, sonríe, piensa, ama y venera.

Desde esta última perspectiva, la posición del ser humano frente a la Tierra se llena de un sentido y sentimiento profundo pues, en última instancia, el modo en que tratemos al Planeta refleja el modo en el que nos tratamos a nosotros mismos. Desde aquí es desde donde se entiende la dimensión y el aporte que hace la espiritualidad a la ecología, pues la llena de nuevos significados capaces de sostener la tendencia enmarcada dentro de la Ecología Integral.

Cosmogénesis y antropogénesis simultáneamente

Los expertos de las Ciencias de la Tierra, de la nueva biología, la física cuántica y los astrofísicos, nos dicen con claridad que el Universo continúa en fase de expansión y evolución hacia formas más complejas, es decir, está en permanente nacimiento, capaz de acoger formas de expresión siempre nuevas. De esta manera no podemos más que tener paciencia con el proceso en su globalidad y respetar los ritmos, pues, en definitiva, el ser humano también se encuentra en una fase de permanente nacimiento, de antropogénesis. Es desde aquí desde donde se puede comprender con mayor claridad el surgimiento y la influencia de la dimensión espiritual en muchas de las disciplinas que abarca el ser humano, ya que no deja de ser algo constitutivo de su propia naturaleza.

En resumen podríamos decir que la ecología y la espiritualidad se complementan, y que el resultado de este entendimiento debe ofrecer un modo nuevo de entender, sentir y relacionarse con la Vida en su conjunto. Tal vez de aquí se desprenda todo el paradigma emergente que abarca la ética del cuidado, (8) ya que no deja de ser un modo de estar en la vida el cual implica admiración, respeto y entendimiento por todo lo que nos rodea.

En definitiva, la Ecología Espiritual nos ayuda a reencontrarnos con nuestro verdadero lugar en la vida pues desmiente el sentido de dominancia trasmitido desde antaño y apunta a un modo nuevo y más solidario de relación y entendimiento con el Planeta.

José Chamorro

Notas:
(1) Consúltese para conocer el documento, entre otros libros existentes, el capítulo VIII de la obra de LEONARDO BOFF, La opción-Tierra, Sal Terrae, Santander 2008.
(2) Cfr. LEONARDO BOFF. La voz del arco iris, Trotta, Madrid 2003, 125.
(3) LEONARDO BOFF. La opción-Tierra, Santander 2008, 185 – 186.
(4) HOWARD GADNER. Estructuras de la mente. La teoría de las inteligencias múltiples, Fondo de Cultura Europea, México 1994.
(5) FRANCESC TORRALBA, Inteligencia Espiritual, Plataforma actual, Barcelona 2010.
(6) Cf. LEONARDO BOFF. La voz del arco iris, Trotta, Madrid 2003, 128 y ss.
(7) Íbid. 131.
(8) A este respecto son dignas de consultar las obras de LEONARDO BOFF: El cuidado esencial, Trotta, Madrid 2002 y El cuidado necesario, Trotta, Madrid 2012.


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