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Espiritualidad: pertenencia común

David Steindl-Rast
«Espíritu» quiere decir «aliento de vida». Así, la espiritualidad indica una plena vitalidad, que abarca todo nuestro ser (mente y cuerpo) y que compartimos con todos los seres.


La primera pregunta que debemos hacernos es: ¿Qué entendemos por «espiritual»? Esa es la cuestión decisiva. Vamos a hablar aquí de tres términos: cuerpo, mente y espíritu. Al hablar de ellos, nos damos cuenta de que plantean una cierta dificultad.

Si alguien nos pregunta: «¿Dónde está tu cuerpo?», podemos señalarlo. De pequeños se nos preguntaba: «¿Dónde está tu nariz?», y respondíamos (para alegría de nuestra mamá) señalando con el dedo la nariz, luego en las orejas, etc. Hemos sido educados para saber dónde está nuestro cuerpo; sin embargo, no hemos sido entrenados lo suficiente como para darnos cuenta de que nuestro cuerpo no termina con nuestra piel.

Así vemos que, en general, identificar el cuerpo no representa un gran problema. Lo mismo podemos decir de la mente. De todos modos, en el lenguaje cotidiano simplemente agrupamos todo lo que no es cuerpo y lo llamamos mente. Así de simple: si no es cuerpo, entonces debe ser mente.

Lo que quiero decir con espiritualidad y con espíritu es «vitalidad», o nuestro «estar vivos». Sin embargo, esta vitalidad tiene grados.
Pero cuando se trata del espíritu, hay todo tipo de ideas dando vueltas por ahí, y tenemos que ser muy cuidadosos. Una forma segura de comprender el significado de una palabra es indagar en las raíces de la palabra misma. Así, espíritu significa «aliento de vida» en latín, griego y hebreo. Hasta donde podemos rastrear, la gente que hablaba de asuntos espirituales usaba un término que en el lenguaje cotidiano significa «aliento de vida». Esto puede ayudarnos, ya que lo que quiero decir con espiritualidad y con espíritu es «vitalidad», o nuestro «estar vivos». Esta vitalidad va de la mano con la vida tal como la conocemos, con la vitalidad que vemos en nosotros mismos al respirar y al ver que cuerpo está funcionando.

Sin embargo, la vitalidad de la que hablo va más allá de eso. Esta vitalidad tiene grados. ¿Acaso no conocemos personas de las que podríamos decir que están más vivas que otras? La mayoría de nosotros diríamos que sí: ¡Fulano está realmente vivo! Ahora bien, ¿tiene fulano una frecuencia cardíaca más alta o un pulso más rápido? Quizás sí, quizás no; pero ese tipo de vitalidad no debe ser medida en base a las funciones corporales. En la vitalidad de la que hablo hay algo que va más allá de vivificar el cuerpo.

«Mindfulness» o mente plena debe ir de la mano con algo así como «bodifulness» o cuerpo pleno. Lo que quiero indicar con esta palabra es un arraigo pleno y profundo en nuestros cuerpos.
¿De qué tipo de vida se trata? ¿De qué estamos hablando? Curiosamente, tarde o temprano llegamos a la palabra «mindfulness», o plena conciencia. Este término ha sido usado en muchas tradiciones espirituales, y describe a la vitalidad como plenitud de la mente o de la conciencia. Sin embargo, corremos el riesgo de caer en una trampa: si la mente es espiritual, entonces el cuerpo no lo es. Mucha gente cae en esta trampa, y es una trampa muy peligrosa, porque «mindfulness» o mente plena debe ir de la mano con algo para lo cual no tenemos una palabra, y que deberíamos llamar algo así como «bodifulness» o cuerpo pleno, lo cual sugiere la idea de engordar, y que no nos resulta particularmente útil. Más bien, lo que quiero indicar con esta palabra es un arraigo pleno y profundo en nuestros cuerpos.

Pensemos en aquellas personas en quienes vemos una plena conciencia: están arraigados en sus cuerpos, están plenamente vivos en sus cuerpos. Es significativo que no tengamos una palabra para indicar esta cualidad, y que lo llamemos simplemente «plena conciencia». Esto indica que hay algo que falta. Cuando una palabra falta en un idioma, es porque hay una realidad que no es captada. En este caso, no captamos que la plenitud de vida implica tanto «mindfulness» (plena conciencia) como «bodifulness» (arraigo en el cuerpo). Y cuando hablo aquí de plenitud de vida, incluyo ambas ideas.

Piensa en un momento de tu vida en que experimentaste una plena vitalidad, un momento de verdadera conciencia arraigada en el cuerpo, un momento en el que estuviste en pleno contacto con la realidad. Los diferentes grados de nuestra espiritualidad, de nuestro estar vivos, corresponden a los diferentes grados de estar en contacto con la realidad.

T. S. Eliot dijo: «El ser humano no puede soportar mucha realidad». Sin embargo, podemos soportar la realidad en diferentes grados, y quienes estamos más plenamente vivos hemos logrado soportar más realidad que otras personas. Nuestro objetivo es poder estar en contacto con la realidad, con toda la realidad, sin tener que bloquear ciertos aspectos de ella.

Cuanto más plena se vuelve nuestra atención y cuanto más vivos estamos, tanto más nos damos cuenta de cuán pobre es nuestro lenguaje para expresar la realidad. Si queremos expresarla, tenemos que hacer algo que eleve nuestro lenguaje. ¿Y cuál es el lenguaje más elevado? El lenguaje que mejor puede expresar la realidad es la poesía, así que me gustaría compartir un poema de William Butler Yeats que alude a uno de esos momentos de plena vitalidad. Habla de la experiencia religiosa en un contexto en el que no esperaríamos encontrarla. La mayoría de nosotros tenemos verdaderas experiencias religiosas cuando y donde menos las esperamos, mientras que en los ambientes donde las esperamos, generalmente nos sentimos decepcionados. Este es un poema autobiográfico («Vacilación IV»), que describe lo que le sucede a Yeats en un café en Londres. Dice así:

W. B. Yeats

Mis cincuenta años habían ido y venido.
Me senté, un hombre solitario,
en una abarrotada tienda de Londres.
Un libro abierto y una taza vacía
en la mesa de mármol.
Mientras estaba en la tienda mirando a la calle
mi cuerpo de repente ardió;
y por veinte minutos más o menos
mi felicidad pareció tan grande
que fui bendecido y pude bendecir.

¿Qué fue lo que ocurrió? Ni siquiera dice nada sobre su mente o sus pensamientos; probablemente Yeats no pensó nada en ese momento. Su cuerpo ardió con aquella vibrante vitalidad de la plena conciencia, que va mucho más allá del mero pensamiento. ¡Su cuerpo ardió! Todos hemos experimentado esto o algo parecido. Y dice: «Mi felicidad pareció tan grande que fui bendecido y pude bendecir». Recibió algo que él llama bendición –término religioso– y que pudo transmitir. Hubo algo que fluyó a través de él: es el espíritu, que fluye a través nuestro.

T. S. Eliot

En Los Cuatro Cuartetos, hablando también de una experiencia cumbre, T. S. Eliot dice: «La música que es escuchada tan profundamente, no se escucha en absoluto: tú eres la música mientras ella suena». Tú eres la música. Esto significa que vibras con esa música, y aunque estés pensando en la flauta o el piano que escuchas, es la música del universo con la que vibras. Es la música con la que baila la gran danza cósmica, y que fluye a través tuyo. Es una verdadera experiencia religiosa; momento en que te das cuenta de que eres uno con todos. Tú eres la música mientras ella suena, así de simple.

Se trata de formas de expresar una profunda pertenencia. Cuando trates de recordar tus experiencias cumbre, o tus experiencias religiosas, al escudriñar tu memoria olvídate de pensar cosas como «mi cuerpo nunca ardió», o «no me gusta la música», o cosas por el estilo. Lo único de lo que no puedes prescindir es de preguntarte: «¿En qué momento sentí, por unos segundos y hasta en mis huesos, que yo le pertenecía a todo, que yo era uno con todo, y que todo era uno conmigo?»

Esa es la esencia de la plena vitalidad. Es la más elevada forma del saber, que no se limita a los pensamientos, a los sentimientos, o a cualquier otra forma de conocer. En este contexto me gustaría compartir otro escrito. Pertenece a la tradición taoísta de China; tiene unos 2500 años de antigüedad, y fue traducido por Thomas Merton, quien lo tituló «La felicidad de los peces»:

Thomas Merton

Chuang Tzu y Hui Tzu
estaban cruzando el río Hao
junto al dique.

Dijo Chuang:
«Mira cuán libres
los peces saltan y se mueven en el agua:
esa es su felicidad».

Hui contestó:
«Si tú no eres un pez,
¿cómo puedes saber
qué hace felices a los peces?»

Chuang dijo:
«Y si tú no eres yo,
¿cómo puedes saber que yo no sé
qué hace felices a los peces?»

Hui replicó:
«Si yo, por no ser tú,
no puedo saber lo que tú sabes,
de ello se deduce que tú,
por no ser un pez,
no puedes saber lo que ellos saben”.

Chuang respondió:
«¡Espera un minuto!
Volvamos a la pregunta original.
Lo que me preguntaste fue
«¿cómo puedes saber
qué hace felices a los peces?»
De los términos de tu pregunta
evidentemente sabes que yo sé
lo que hace felices a los peces.
Conozco la felicidad de los peces en el río
a través de mi propia felicidad,
mientras camino
a lo largo del mismo río».

Se trata de una pertenencia común, de un sentido común en la acepción más profunda de esta expresión. Es un conocimiento tan profundo que se encarna en nuestros sentidos y no tiene límites en su ser común. Todo queda incluido: en tu propia felicidad conoces la felicidad de los peces y la felicidad de todo lo que hay en el mundo, porque en ese momento de bienaventuranza has llegado al corazón del mundo, a un conocimiento espiritual, o si quieres, a un conocimiento de sentido común. El término «espíritu» ha sido tan mal utilizado que quisiera dejarlo de lado, y hablar de pertenencia común o sentido común. Es una vitalidad conectada con el cuerpo a través de los sentidos, y es común a todos, ilimitadamente común.

Actuar en el espíritu es actuar como quienes actúan cuando saben que se pertenecen mutuamente. Vivir una vida espiritual significa actuar como uno actuaría en su propia casa, a la que uno pertenece.

Esta pertenencia común es una base para el hacer, una base para la acción. La acción y el pensamiento están estrechamente relacionados. Se trata de más que simplemente pensar. Es una vibrante vitalidad que se brinda al mundo y al medio ambiente. Es un conocimiento a través de esa pertenencia, y por lo tanto una base para la acción, porque actuar en el espíritu es actuar como quienes actúan cuando saben que se pertenecen mutuamente. Todos pertenecemos juntos a esta gran «casa de la Tierra», como la llama Gary Snyder, y vivir una vida espiritual significa actuar como uno actuaría en su propia casa, a la que uno pertenece.

Todos los códigos morales que se ha desarrollado en cualquier tradición del mundo pueden reducirse al principio de actuar como uno actúa con aquellos con los que uno está unido. Las diferencias entre los diversos códigos morales son solo límites que trazamos a la pertenencia: «Estos son aquellos con los que tienes que actuar moralmente, y los demás son ‘los otros’, los de afuera». Cuando realmente se vive con sentido común, no hay limitaciones al pertenecer: se vive bajo una moral que incluye a todos, y por lo tanto se actúa con todos como actuamos con quienes nos pertenecemos. A ello se refiere Jesús al hablar del «Reino de Dios», y cualquier otro término similar de cualquier tradición religiosa hace referencia a esta pertenencia común.

Reproducido de The Quest, 1990.

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