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Meditación y acción social

David Steindl-Rast
¿La vida contemplativa excluye la acción social? ¿Meditar es desentenderse del mundo? El análisis del verbo “con-templar” arroja luz sobre estas preguntas. “Es elevar nuestros ojos para tratar de poner en orden nuestra vida”, dice el hermano David en esta segunda parte de la entrevista “El camino del corazón”.


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Entrevista de Stephan Bodian al hermano David Steindl-Rast

–La palabra “contemplativo” muchas veces se usa para describir a los monjes de la orden benedictina, la orden a la que usted pertenece. ¿Qué es la contemplación, como ustedes la practican, y en qué se diferencia de la meditación, en el sentido oriental? Me interesa en especial la palabra “contemplación” y su diferencia con “meditación”.

–En la literatura encontrarán que las palabras “meditación” y “contemplación” se usan de maneras diferentes. En la tradición cristiana, la meditación pone más el énfasis en lo que uno hace: tomamos un pasaje bíblico y meditamos sobre él; es decir, pensamos en él a un nivel más profundo, o lo dejamos amorosamente reposando en el corazón, o lo repetimos como un mantra, o lo que sea. Luego viene un estado más elevado llamado “contemplación”, en el que ya no se está en control del proceso, sino que nos abrimos, soltamos la palabra o la imagen en la que habíamos fijando la atención, y simplemente permanecemos allí. Esto produce un efecto en nosotros.

Ahora bien, cuando hablamos de manera más general de la vida monástica como una vida contemplativa, nos referimos a un estilo de vida en el que se le da prioridad a la meditación y la contemplación, a la oración y a las prácticas espirituales. Estas son, aproximadamente, las definiciones que tendrían mayor consenso según la forma usual en la que se usa el término.

Todo ser humano tiene una tendencia contemplativa, que es ese aspecto de la vida interior por el que percibimos el sentido de las cosas.
Para hacerle justicia a su excelente pregunta, sin embargo, deberíamos ir más profundo y preguntarnos qué significaba originalmente el término “contemplación”. En latín, “contemplar” expresa una de las actitudes religiosas primordiales, basada en la idea de que los realidades superiores establecen un patrón para las realidades inferiores. El templum, que ahora llamamos “templo”, originalmente no era un edificio sino una determinada porción del cielo; y el cielo, con sus planetas y estrellas, era el símbolo del orden cósmico. Los sacerdotes romanos y los augures consultaban los cielos, el templo, tomaban el orden que allí encontraban y lo proyectaban al caos de la vida diaria.

En mi opinión, la idea de la contemplación es realmente predominante. Implica que todo ser humano tiene una tendencia contemplativa, una vida contemplativa, que es ese aspecto de la vida interior por el que percibimos el sentido de las cosas. Aquello que correspondería a las realidades superiores sería el sentido, y lo que correspondería a las realidades inferiores sería la vida diaria, los diferentes propósitos, la acción intencional. Darle un sentido a nuestros propósitos: así es como yo interpreto a la “contemplación”. Es elevar nuestros ojos para mirar aquello que le da sentido a nuestra vida, a las cosas más elevadas e inmutables, y así tratar de poner en orden nuestra vida.

Desde esta perspectiva comprendemos entonces que la vida monástica no se llama contemplativa simplemente porque los monjes tengan un poco más de tiempo para meditar y orar. La verdadera razón es que los monjes de todas las diferentes tradiciones monásticas, al ser extremadamente sensibles al caos reinante en el mundo, toman un poco de distancia y dicen: “construyamos, dentro de este mundo caótico, una pequeña isla de orden.” Eso es el monasterio: no un edificio, sino un lugar en el que el tiempo y el espacio son puestos en orden. Los horarios para las diferentes actividades se marcan por medio de gongs y campanas, paladas y tambores. Ciertas cosas se hacen en determinados lugares y no en otros, nos sacamos los zapatos y los colocamos en un cierto lugar, nos vestimos de determinada manera, y así sucesivamente.

Esta forma exterior de ordenar el tiempo y el espacio es muy importante para la vida monástica, pero todos los monjes experimentados les dirán que en realidad no es de importancia capital. Lo decisivo es que pongamos nuestra vida en orden: en esto consiste la vida contemplativa. El monasterio es como un entorno controlado, un laboratorio para este fin en particular. San Benito lo llama “taller para la vida divina.”

–¿Qué relación hay entre la contemplación y la acción social? La mayoría piensa que una excluye la otra, en tanto que yo intuyo que usted ha podido combinarlas en su vida.

–Dado el malentendido respecto de la contemplación al que me acabo de referir, es obvio que ambas deben ir juntas, porque de otra manera, ¿dónde trazaríamos los límites al intentar transformar el mundo?

–Entonces, tanto la acción social como la contemplación tratan de poner orden en el mundo.

–Correcto. Ambos tratan de ordenar la vida. El monasterio traza un límite y erige un muro, pero solo para establecer un modelo, un punto focal o taller cuya influencia se irradie hacia el exterior.

Lo decisivo es que pongamos nuestra vida en orden: en esto consiste la vida contemplativa.
En la práctica, sin embargo, no es tan fácil. Para empezar, las acciones obviamente son muy diferentes, mucho más ahora que en tiempos pasados. En la Edad Media se podía hacer funcionar un colegio o un hospital en medio de un monasterio. Hoy en día, la escuela o el hospital necesitan cosas tan diferentes de un monasterio para funcionar eficazmente que es casi imposible mantener juntas estas dos dimensiones. La vida se ha vuelto altamente especializada, los requerimientos son muy diferentes, y nuestras energías son limitadas. Bien podría pensarse, “la vida es demasiado corta como para llegar a ser un buen trabajador social o un buen monje que se queda todo el tiempo en su monasterio.” Y es verdad. Pero como la vida también requiere que yo desempeñe ambas actividades, me encuentro tratando de responder a ambas, y termino no haciendo bien ninguna de las dos. Siento gran compasión por los que eligen hacer diferentes cosas, porque veo lo difícil que me resulta a mí. De hecho, últimamente estoy restringiendo el tiempo que dedico a viajar y rechazando tres de cada cuatro invitaciones para dar conferencias porque siento que es más importante quedarme en el monasterio. Necesito evaluar si quizás hago un bien mayor escribiendo, que saliendo y encontrándome con un grupo relativamente pequeño de personas.

–Así que ambas son compatibles para usted, y de hecho la contemplación parece implicar la acción social. Sin embargo nuestro tiempo y nuestra energía son limitados.

–No sólo son compatibles; son dos aspectos de la misma realidad. Pero juntarlos es muy difícil. Una solución es ir y venir entre estos dos polos. A veces uno se sumerge totalmente en la visión contemplativa, y excluye todo tipo de acción en la medida de lo posible. Otras veces, uno se vuelca totalmente a la acción, y traduce la contemplación en acción. Por ejemplo, los monjes salimos y trabajamos con el Movimiento de los Trabajadores Católicos durante todo un mes, y luego volvemos al monasterio y nos recluimos en nuestras ermitas.

Por supuesto, cada persona opera, por así decirlo, en diferentes longitudes de onda. Algunos pueden alternar rápidamente sus idas y vueltas. Otros pueden hacerlo en plazos más largos, pasando un año en reclusión en alguna ermita , y luego sumergiéndose en la ciudad por uno o dos años. Muchos pueden decir, “mi centro de gravedad no es el monasterio, está en el exterior: mi familia, el mundo, la sociedad en la que vivo; pero necesito el monasterio para que actúe como un contrapeso.” Estas personas pueden necesitar pasar una semana por año en un monasterio, para encontrar su visión contemplativa, y darle así sentido a sus vidas.


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