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Una revolución de autoridad

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Jesús revolucionó el concepto de autoridad: “En primer lugar, la autoridad divina se colocó en los corazones de todos; en segundo lugar, a la autoridad humana se le encomendó una tarea: la de no desalentar a los que están bajo esa autoridad, sino motivarlos y conferirles poder”.


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Actualmente tenemos una idea muy pobre y en realidad muy distorsionada de la autoridad, y pensamos que la autoridad es el poder para mandar. Esto es un concepto equivocado; no es su significado primero, sino un significado derivado de la autoridad. Originalmente autoridad significa una base sólida para el conocer y el obrar. Si uno quiere saber lo que debe hacer en un caso concreto, normalmente uno consulta un libro autorizado, o consulta a una persona que sea una autoridad en la materia, etcétera.

Éste es el significado original “autoridad”. Sin embargo, dado que las personas que proporcionan una base sólida para conocer y actuar son pocos y distantes entre sí, se los coloca en una posición de autoridad, lo que significa que uno les da ese poder de mando. Cuanto más poder alguien tiene, mayor es el peligro de corrupción, y es aquí es donde algunos maestros espirituales pierden los estribos. Aquí es donde la cuestión del uso adecuado de la autoridad entra en juego.

Jesucristo introdujo una revolución en la comprensión del sentido de la autoridad. Esta es, creo, la concepción central de la tradición cristiana, y potencialmente su mayor contribución a la espiritualidad en el mundo. Esta revolución se produjo de dos maneras. En primer lugar, Jesús colocó a la autoridad de Dios, que siempre fue vista como algo externo, dentro de los mismísimos corazones de sus oyentes. La enseñanza central de Jesús no es, “Yo voy a decirles a todos ustedes”, ni nada de eso. No; él supone que ya lo sabemos todo. “¿No lo sabes? Te lo recuerdo. Ustedes lo saben todo.” Esto es lo típico de sus comentarios. Esta pregunta abre muchas de sus parábolas: “¿Quién de ustedes no lo sabe ya?” Esto no está suficientemente enfatizado en la catequesis cristiana actual, pero si nos lo hacen ver nos damos cuenta de que es cierto.

La autoridad debe ejercerse, pero sólo hay una forma legítima de ejercerla: es el conferirle poder a las personas que están bajo la autoridad.
Por lo tanto, uno de los eventos más dramáticos que sucedieron en la historia (y es por ello que el mundo todavía se está reponiendo de lo sucedido en la vida de Jesús) es que con él, la autoridad divina se colocó de lleno en el corazón de cada ser humano. Esto significa una tremenda revolución. Ella nos habla de la inmanencia de Dios y de lo divino en el corazón humano. Probablemente era necesario que esto ocurriera en un entorno en el que la dualidad era más fuerte que en cualquier otro lugar: “Santo” en la Biblia hebrea significaba “el totalmente Otro.” Para los judíos, Dios era el absolutamente otro. Jesús no lo niega en modo alguno, pero también nos dice que ese absolutamente otro está más cerca nuestro que lo que nosotros lo estamos de nosotros mismos. Esta es el primer aspecto de esta la revolución de la autoridad; la autoridad divina se coloca en el mismo corazón de la tierra.

El segundo aspecto tiene su mejor expresión en la imagen de Jesús lavando los pies de sus discípulos y diciéndoles: “Ustedes me llaman Maestro y Señor. En otras palabras, me tienen por una autoridad. Tienes razón, es lo que soy. Pero en el mundo, quienes tienen poder lo hacen sentir a los demás. Con ustedes debe ser diferente. El mayor entre ustedes, el que tenga más poder, debe ser el siervo de todos. Esto es lo que quiero inculcarles al lavarles los pies.” Jesús responde así a la pregunta sobre la utilidad de la autoridad. La autoridad debe ejercerse, pero sólo hay una forma legítima de ejercerla: es el conferirle poder a las personas que están bajo la autoridad. Una de los aspectos más notables de Jesús es que, teniendo autoridad, nunca cayó en las garras de su poder. Incluso enfáticamente les inculcó a sus seguidores que no debían buscar el poder, sino convertirse en servidores de todos. En resumen: en primer lugar, la autoridad divina se colocó en los corazones de todos; en segundo lugar, a la autoridad humana se le encomendó una tarea: la de no desalentar a los que están bajo esa autoridad, sino motivarlos y conferirles poder.

Esto también nos sirve para poner a prueba a los guías espirituales, y ver cuáles son auténticos y cuáles no lo son. ¿Utilizan su poder para conferir poder a los demás? Es cierto que puede haber una etapa en la que uno tiene que ser tratado como un niño; que puede haber una etapa de dependencia por la que uno tal vez tenga que pasar. Pero hay que mirar el panorama completo. Ante cualquier guía espiritual, uno debe fijarse en sus seguidores y ver hacia dónde los está llevando su guía. Cuando uno ve que ese maestro ayuda a sus discípulos a valerse por sí mismos, entonces es un guía auténtico. Por el contrario, cuando uno ve que el maestro los hace cada vez más dependientes, estamos ante un peligro.

Tomado de la revista ¿Que es la Iluminación? (WIE) Primavera/Verano 1996, Vol. 5, nº 1, págs. 26-27.

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