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A cada instante es el juicio

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Estamos acostumbrados a representaciones apocalípticas del Juicio Final. Sin embargo, el juicio se da a cada instante: “Un vaso de agua, una palabra de consuelo, una visita de solidaridad, un abrazo de ternura… cada acto, cada omisión es ya el juicio, el que juicio que cada vida es, el que la muerte lo hará final”.

Evangelio según san Mateo (25, 31-40)
Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver’. Los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?’ Y el Rey les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo’. Luego dirá a los de su izquierda: ‘Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron’. Estos, a su vez, le preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?’. Y él les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo’. Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna”.

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Hemos escuchado mucho hablar del juicio final,
de las nubes abriéndose y el hijo del hombre rodeado
de miríadas de ángeles bajando a juzgarnos,
libro en mano, abriendo los sellos apocalípticos…
Así lo pintaron los grandes maestros,
un Leonardo en Roma, por ejemplo,
y así, entre otros lo hizo sonar un Mozart
con sonido de trompetas,
todo dorado, mucho dorado y oliendo a incienso…

Y ahora, en esta escena todo es nimio, cotidiano, inaparente…
decepcionante.
Es como si uno se hubiera preparado todo un año
para dar un examen de matemáticas
y el profesor nos preguntara cuánto es dos más dos…

Ahora, en el juicio final, nada, ni preguntas teológicas,
ni certificados de asistencia a misa,
ni si somos juntados o casados, creyentes o ateos,
nada sobre diezmos, nada sobre grupos parroquiales…
otra vez: decepcionante…

Resulta que éramos iguales a todos: éramos humanos,
humanos como lo fue Dios.

Solo una cosa: un vaso para la sed de Dios,
un gesto compasivo hacia el necesitado.
Ni siquiera mi semejante, aquel que me refleja;
no mi semejante, sino el diferente…
el que no suele vivir bajo un techo como vivo yo,
ni comer sobre una mesa, ni entrar donde entro yo.

Así, algo tan cotidiano que ni siquiera
los que lo hicieron sabían que se lo hacían a Dios,
y no sabían, y ahora lo saben,
que tampoco a Dios le importaba que lo hagan por él,
porque a Dios lo que le importa es el otro;
a Dios en cada hombre le duele un hijo,
en cada uno tiene hambre y sed,
en cada pobre Cristo es pobre él.

No sabían, no sabemos,
que es en cada acto donde nosotros mismos nos enjuiciamos,
elegimos, nos entregamos o nos replegamos.

Y hay también otra escenificación del juicio final,
otra única mención,
algo más trascendente su escenografía pero igual de nimio su contenido:
aquí se trata de las sobras,
de la comida que tiramos:

Lázaro y el rico Epulón:
Lázaro espera las sobras, el rico no ve al pobre,
pero rico Epulón; Lázaro… cartonero…

Tampoco aquí hay nada “religioso”,
nadie habla de preceptos; se habla de humanidad,
la vida, cada vida, es la vida de Dios,
cada pobre es un pobre Cristo.

Esta escena agrega un matiz, una radicalidad:
no hay no ver, no hay no saber…
hay omisión, omisión de lo más humano:
ver al otro, acercarme a él, dejarme elegir.

No hay no ver, siempre se mira: no ver al otro,
al necesitado, a aquel en el que me necesita Dios,
no es no mirar, es mirarse a uno mismo,
es esa fijación con la propia vida que se llama perdición.

Somos cristianos para ver, ver lo que vio Jesús,
seguir mirando aquello que el vio,
lo que nadie miraba.
lo que solo la compasión y la misericordia tienen ojos para ver.

Radicalidad: no hay excusas, no hay no tener un vaso de agua,
una palabra de consuelo, una visita de solidaridad, un abrazo de ternura;
es decir: cada instante, cada acto, cada omisión es ya el juicio,
el que juicio que cada vida es, el que la muerte lo hará final.

El cielo, vemos, se compra con muy poco:
con lo que le falta al otro,
con lo que nos suele sobrar.

La enseñanza es clara:
no hay otro camino para ir hacia Dios
que el camino por el cual Dios vino hacia nosotros:
la condición humana: la vida en su concreción,
en su encarnadura.

No hay otra motivación que nos lleve a Dios que el motivo
por el cual Dios vino a nosotros:
la necesidad de los demás, no la suya propia,
no su realización material o espiritual.

Una vez más,
la necesidad del otro es lo que necesita Dios para salvarnos,
para sacarnos de nosotros mismos,
para entregarnos a los otros como entregó a Jesús.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro y esloveno.

www.hugomujica.com.ar

  • responder Alfredo ,

    Un mensaje maravilloso y esclarecedor de tanta confusión y malas enseñanzas recibidas.
    Creo que cuando vamos a dar un examen lo que más queremos saber es lo que nos van a preguntar para poder rendir bien. Bueno acá Jesús nos da las preguntas y las respuestas. Está en nosotros saber aprovechar el mensaje y vivir de acuerdo para poder abrazarnos al Señor en el momento que nos llame.

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