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El valor de la experiencia

El valor de la propia experiencia radica en que gracias a ella tenemos contacto directo con la realidad, más allá de lo que podamos escuchar, leer o aprender acerca de dicha realidad. El psicólogo Carl Rogers nos invita a valorar y a confiar en la autoridad de la experiencia propia.


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Expondré a continuación algunas enseñanzas que no se refieren a las relaciones entre los individuos, sino a mis propias acciones y valores.

Puedo confiar en mi experiencia

Una de las cosas básicas que tardé mucho tiempo en advertir, y que aún estoy aprendiendo, es que cuando sentimos que una determinada actividad es valiosa, efectivamente vale la pena. Dicho de otra manera, he aprendido que mi percepción de una situación es más fidedigna que mi intelecto.

Durante toda mi vida profesional he seguido orientaciones que otros consideraron disparatadas y acerca de las cuales yo mismo experimenté ciertas dudas en diversas oportunidades. Sin embargo, jamás lamenté haber adoptado un camino que yo “sentía”, aunque a menudo en esos momentos me sintiera solo o un tonto. He descubierto que siempre que confié en algún sentido interior no intelectual, mi decisión fue prudente. En realidad, he comprobado que toda vez que seguí un camino no convencional, porque me parecía correcto o verdadero, al cabo de cinco o diez años, muchos de mis colegas se unían a mí, y mi soledad llegaba a su fin.

Jamás lamenté haber adoptado un camino que yo “sentía”, aunque a menudo en esos momentos me sintiera solo o un tonto.
A medida que aprendo a confiar más en mis reacciones como organismo total, descubro que puedo usarlas como guía de mis pensamientos. He llegado a sentir cada vez más respeto por esos pensamientos vagos que surgen en mí de tiempo en tiempo, y que “tienen el aire” de ser importantes. Me siento inclinado a pensar que estos presentimientos o pensamientos me llevarán a importantes hallazgos. Considero que esta actitud es un modo de confiar en mi experiencia, de la que sospecho que es más sabia que mi intelecto. No me cabe duda acerca de su falibilidad, pero la creo menos falible que mi mente cuando ésta opera de manera aislada. Max Weber, hombre de temperamento artístico, expresa muy bien mi actitud cuando dice: “Al ejercer mi propio y humilde esfuerzo creativo, pongo mi confianza en lo que aún ignoro, y en lo que aún no he hecho”.

La evaluación de los demás no es una guía para mí

Aunque los juicios ajenos merezcan ser escuchados y considerados por lo que son, nunca pueden servirme de guía. Ha sido muy difícil para mí aprender esto. Recuerdo el impacto que sufrí en los primeros tiempos de mi carrera profesional, cuando un estudioso a quien juzgaba un psicólogo mucho más competente e informado que yo, intentó hacerme comprender el error que cometía al interesarme por la psicoterapia. Según él, jamás llegaría a ninguna parte, y como psicólogo nunca tendría siquiera la oportunidad de ejercer mi profesión.

Mi experiencia no es confiable porque sea infalible. Sus frecuentes errores pueden ser siempre corregidos.
En los años siguientes, en diversas oportunidades me ha sorprendido saber que, en opinión de algunas personas, soy un embaucador, alguien que ejerce la medicina sin autorización, el creador de una especie de terapia muy superficial y dañina, un buscador de prestigio, un místico y otras cuantas cosas similares. También me han perturbado en igual medida las alabanzas exageradas. Sin embargo, nada de esto me ha preocupado demasiado, porque he llegado a sentir que solo existe una persona (al menos mientras yo viva, y quizá también después) capaz de saber si lo que hago es honesto, cabal, franco y coherente, o bien si es falso, hipócrita e incoherente: esa persona soy yo. Me complazco en recoger todo tipo de opiniones sobre lo que hago. Las críticas (amistosas u hostiles) y los elogios (sinceros o aduladores) son parte de esas pruebas. A nadie puedo ceder la tarea de sopesarlas y determinar su significado y utilidad.

Mi experiencia es mi máxima autoridad

Considerando la índole de lo que he dicho hasta ahora, es probable que la esta enseñanza no sorprenda a nadie. Mi propia experiencia es la piedra de toque de la validez. Nadie tiene tanta autoridad como ella, ni siquiera las ideas ajenas ni mis propias ideas. Ella es la fuente a la que retorno una y otra vez, para descubrir la verdad tal como surge en mí. Ni la Biblia ni los profetas, ni Freud ni la investigación, ni las revelaciones de Dios o del hombre, nada tiene prioridad sobre mi propia experiencia directa.

Para decirlo en términos semánticos, mi experiencia es más confiable cuanto más primaria se torna. Según esto, la experiencia adquiere su máxima autoridad en el nivel ínfimo de su jerarquía. El grado de autoridad, por ejemplo, de las experiencias que enuncio a continuación aumenta siguiendo el orden en que las enuncio: leer una teoría de la psicoterapia, crear una teoría de la psicoterapia basada sobre mi trabajo con pacientes, tener una experiencia psicoterapéutica directa con un paciente.

Mi experiencia no es confiable porque sea infalible. Su autoridad surge de que siempre puede ser controlada mediante nuevos recursos primarios. De este modo, sus frecuentes errores pueden ser siempre corregidos.

Gozo al encontrar armonía en la experiencia

Me parece inevitable buscar el significado, el ordenamiento o las leyes de cualquier cuerpo de experiencia amplio. Este tipo de curiosidad, cuya prosecución encuentro altamente satisfactoria, me ha conducido a cada una de las grandes conclusiones a las que he arribado. La investigación es el esfuerzo persistente y, disciplinado que tiende a descubrir el sentido y el orden existentes en los fenómenos de la experiencia subjetiva. Se justifica por la satisfacción que depara percibir un mundo ordenado, y porque toda vez que comprendemos las relaciones armoniosas que regulan la naturaleza obtenemos resultados gratificantes.

De este modo he llegado a admitir que la razón por la que me dedico a investigar y teorizar reside en mi deseo de satisfacer mi búsqueda de orden y significado, que constituye una necesidad subjetiva. En oportunidades anteriores llevé a cabo mis investigaciones por otras causas: para satisfacer a otros, para convencer a adversarios y escépticos, para avanzar en mi profesión u obtener prestigio y por otras razones igualmente superficiales. Estos errores, que se tradujeron en actitudes incorrectas, solo han servido para convencerme aún más de que la única razón sólida para desarrollar actividades científicas es la necesidad de descubrir el significado de las cosas.

Extractos de: Carl R. Rogers, «El proceso de convertirse en persona», Ed. Paidós, México, 1964, reimpresión 2009.


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