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Entrega desinteresada

Hugo Mujica

Hugo Mujica advierte sobre el interés que puede esconderse también bajo nuestras prácticas espirituales.


Del evangelio de Juan (2, 13-25)
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: “Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio”. Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá. Entonces los judíos le preguntaron: “¿Qué signo nos das para obrar así?”. Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. Los judíos le dijeron: “Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.

En el evangelio de Mateo, Pedro le pregunta a Jesús:
“Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te seguimos,
¿qué recibiremos entonces…?
“Un ciento por uno, y heredarán la vida eterna”,
le contesta Jesús.

Siempre me pregunto,
qué hubieran hecho los apóstoles si Jesús les decía: nada. Seguirme aquí en la tierra,
ser pescadores de hombres,
llegar a aprender a entregarse:
eso es todo, ese es el tesoro.

Qué hubiesen hecho, no lo sé,
pero creo que es una pregunta que cada uno debemos hacernos:
¿Qué haríamos si amar a Dios y al prójimo es todo…
sin recompensa, incluso sin vida eterna?

“Se debe echar afuera del templo del alma a los traficantes de dinero; los traficantes de dinero son aquellos que aman a Dios solo por provecho. Son mercenarios espirituales que sirven a Dios por la recompensa. No han aprendido que ahora son hijos y hombres libres, no esclavos”, escribió el maestro Eckhart.

“No hagan de la casa de mi Padre una cueva de ladrones”.
Y quien lo dice es Jesús, quien sabe,
nos termina de decir el evangelio,
“lo que hay en el interior del hombre”.
Y nos lo dice a nosotros, que estamos aquí,
En la casa de su Padre.

Y Jesús nos habla,
mirando en nuestros corazones,
en no hacer de la religión,
de la espiritualidad, un comercio con Dios.

Nos habla de dar sin esperar;
habla de dar, no de invertir.

Dar no para algo, dar por alguien:
Simplemente por y para quien necesite frente a mí,
dar a quien me elige, ni siquiera elegir.

Creo que algo de esto es el símbolo de los cambistas del templo,
que cambian billetes por moneda y se quedan con la ganancia,

como quien cambia obras de caridad por méritos y espera quedarse con el cielo,
quien suma oraciones,
quien lleva cuentas de sus méritos…

Además del texto que escuchamos hoy,
los evangelios, los dichos y hechos de la vida de Jesús
están llenos de esta misma advertencia:

“Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha”:
es decir, dar sin mirarse dando,
dar sin contar, sin calcular, sin comerciar:
dar olvidando.

No otra cosa es la parábola del buen samaritano,
quien obra por amor a un extranjero en raza y religión,
ni siquiera a un semejante,
ni siquiera a quien lo refleja a él.

No da para pagar y sacarse de encima la culpa o por el cumplimiento del deber:

Deja al enfermo en la hospedería, y aclara,
mañana volveré, lo que gaste de más lo pagaré…

Ese “de más” que dice al final, es nada menos que la incondicionalidad abierta,
Es el amor, es no medir.

Es el amor que encuentra su recompensar en amar,
No en invertir para un después.

No otra es la enseñanza de la única parábola de los evangelios sobre el juicio final:
Los que hacían el bien ni lo hacían por Jesús ni por Dios;
lo hacían por el semejante:
“¿Cuándo te dimos un vaso de agua?,
¿cuándo te visitamos?”, le preguntan a Jesús.

Lo hacían sin pensar en Dios,
Lo hacían sin esperar recibir, en algún después.

Ellos, tampoco ellos estaban invirtiendo,
capitalizando;
estaban simplemente dando,
Dando sin esperar recompensa.

Es el gesto del verdadero amor,
el que se conmueve por el otro, aunque el bien del otro no lo tenga en cuenta;
el que busca la felicidad de quien ama aunque esa felicidad no lo incluya;

es el amor de la generosidad,
es, otra vez, el olvido de sí:

Como lo es la adoración a Dios por Dios,
y no por lo que Dios me puede dar;
Es la oración a Dios sin mí,
no por su devolución.

Así vivió Jesús, sin especular, sin calcular.
Jesús no esperaba ninguna recompensa, nada;
estaba amando porque esa es su naturaleza,
porque el amor es Dios.

Jesús no podía esperar nada que supere
a lo que dejó,
nada de lo que pudiera tener sobre la tierra
no lo había tenido ya en el cielo,
en su divinidad.

Nada de lo que tenía era para sí,
por eso hasta de su divinidad se despojó,
por eso hasta su propia vida humana entregó.


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

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