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La verdadera conversión

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El Adviento es tiempo de conversión, de configuración con Cristo, que puede darse en tres niveles. Hay una conversión intelectual, de adhesión al dogma y a la moral. En un nivel más profundo, se da una conversión emocional, una adhesión afectiva. Pero solo en la entrega de la propia vida a los demás a ejemplo de Cristo se da la verdadera conversión.

Evangelio según San Lucas (3, 1-6)
El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios”.

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Como en todos los advientos nos encontramos con la figura de Juan el Bautista,
quien nos anuncia la llegada de Cristo,
quien nos llama a la conversión.

Nuestra verdadera naturaleza, lo que somos,
no es lo que ya somos sino lo que podemos llegar a ser.

La vida no es un sustantivo sino un verbo,
más que espacio es tiempo, paso y pasar…
un camino de umbral en umbral,
de opción a opción.

Cada uno somos la suma de decisiones que asumimos o descartamos
ante las invitaciones de la vida,
somos nuestra respuesta,
las respuestas o las traiciones que van labrando un destino tan original como irrepetible:
el de nuestro rostro,

el reflejo del encuentro entre la realidad y nosotros,
entre la gracia y la libertad.

Optar por uno mismo, por la verdad de uno mismo,
la que cada uno abrazó,
llegar a encarnar los propios valores:
eso es ser un auténtico ser humano.

Es tener identidad, no apariencia.
Es la posibilidad de ser persona y no un producto social o religioso,
la posibilidad de ser uno mismo y no la suma de las expectativas de los demás.

Si optar por uno mismo nos hace personas,
optar por Cristo,
por su verdad,
llegar a encarnar los valores que su carne vivió,
eso es convertirse, y no meramente crecer;
es buscar la santidad y no la realización personal.

Convertirse es optar por lo que Cristo optó: los otros,
simple y radicalmente eso:
el otro, cada otro, cada ser, cada hermano.

Convertirse es responder, por eso es dejarse convertir,
es escuchar, es ver, es dejarse tocar,
es hacerse vulnerable,
es poner el cuerpo.

Ser cristiano, dejarse elegir por Dios desde el otro,
no es una religión, es una vida;
una vida no meramente en despliegue:
una vida en conversión, una respuesta al dolor de los demás.

O más aún, convertirse es verter esa vida, es entregarla.

Entregarla hasta ya ni convertirse ni no convertirse:
hasta el olvido de sí,
hasta el otro como medida de mi vida,
hasta el olvido de mí como medida de mi santidad.

Podríamos decir que hay tres niveles de la conversión:

Hay un cristianismo que se sitúa en la inteligencia,
es un asentimiento intelectual a la fe,
a las normas, a la moral.

Un cristianismo formal, objetivo, legal…
es el más común,
es aquel con el que solemos conformarnos,
con el que creemos asegurarnos la salvación.
Está bien, pero no basta, no alcanza.
Es no ser ni frío ni caliente, es la tibieza, la mediocridad.

Es ley, no amor:
la ley se cumple desde sí, sin necesidad de salir de sí;
el amor, en cambio, es vida,
vida vivida hacia el otro: vida entregada a Dios.

Hay también un cristianismo del corazón,
de la interioridad:

consiste en dejar fecundar la palabra y la eucaristía en el corazón,
es un cristianismo donde la inteligencia late y el latido comprende.

Y, sin embargo, tampoco esto,
tampoco la contemplación basta,
tampoco la pura interioridad es vida en abundancia,
tampoco es llegar hasta el fondo de la conversión.

Es afectividad pero sin la efectividad de la acción,
es contemplación pero sin el compromiso de la transformación,
es la raíz del cristianismo, pero no su plenitud:
es raíz pero no es todavía fruto.

Es ser uno mismo pero sin el otro,
sin el otro que me salva de mi autosatisfacción espiritual.

Por eso es finalmente en la sangre, recién en la sangre,
donde el cristianismo es cristiano,
es en la sangre donde la vida es vida, vida entera.

Nuestro ser cristiano tiene que circular por nuestra sangre,
tiene que ser lo que unifica nuestra vida,
lo que la hace solidaria, y en esa solidaridad la hermana con toda sangre humana.

Esa solidaridad, esa hermandad,
es el fruto y la medida de nuestra conversión,
en esa hermandad se reconoce si circula o no por nosotros la sangre de Dios.

Solamente en medio de esa hermandad, Navidad será
un nacer y no solo un celebrar,
no un regalar lo que se compra
sino entregar lo que se es,
porque solo entregando la vida se la llega a nacer.

 


Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Tiene publicados más de veinte libros y numerosas antologías personales editadas en quince países; alguno de sus libros han sido publicados en inglés, francés, italiano, griego, portugués, búlgaro, esloveno, rumano y hebreo.

www.hugomujica.com.ar

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