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Nueve formas de no hablar de Dios (continuación)

(Continúa de la pág. 1)

5. Es un discurso que siempre se transmite en forma de creencia

Es imposible hablar sin lenguaje. Igualmente, no hay lenguaje que no transporte una u otra creencia. Sin embargo, no deberíamos confundir el Dios del que hablamos con el del lenguaje de la creencia que expresa a Dios. Cada lenguaje está relacionado con una cultura determinada y depende de ella. Además, cada lenguaje depende del contexto concreto que nos provee su significado y sus límites al mismo tiempo. Por ejemplo, las pruebas de la existencia de Dios que fueron desarrolladas durante el período del escolasticismo cristiano solamente pueden demostrar la no irracionalidad de la existencia divina para aquellos que ya creen en Dios.

6. Es un discurso sobre un símbolo, no sobre un concepto

Dios no puede ser el objeto de ningún conocimiento o creencia. Dios es un símbolo que es tanto revelado como oculto en el símbolo del que estamos hablando. Si el lenguaje es solamente un instrumento para designar objetos, no habría discurso posible de Dios. Los seres humanos no hablamos simplemente para transmitir información, sino porque sentimos la necesidad intrínseca de hablar; esto es, vivir totalmente por la participación lingüística en un universo dado. “Nadie ha visto nunca a Dios”, dice San Juan.

Raimon Panikkar junto al hermano David en un encuentro intercultural.

7. Hablar de Dios es, necesariamente, un discurso polisémico

No puede estar limitado a discurso estrictamente analógico. Existen muchos conceptos sobre Dios, pero ninguno “concibe” a Dios. Esto significa que tratar de limitar, definir, o concebir a Dios es una empresa contradictoria: lo que produce sería solamente una creación de la mente, una creatura. “Dios es más grande que nuestro corazón”, dice San Juan en una de sus epístolas.

8. “Dios” no es la única imagen que indica lo que la palabra “Dios” desea transmitir

El pluralismo es inherente, al menos mínimamente, en la condición humana. No podemos “entender” o significar lo que la palabra “Dios” significa en términos de una sola perspectiva o aun comenzando con un único principio de inteligibilidad. Cada intento de absolutizar la palabra “Dios” destruye no sólo relaciones con el divino misterio (el cual entonces no es absoluto), sino también con hombres y mujeres de otras culturas que no sienten la necesidad de esta palabra. Este reconocimiento de Dios siempre se logra en paralelo con la experiencia de la contingencia humana y nuestra propia contingencia en el conocimiento de Dios.

La más simple experiencia de lo divino consiste en ser conscientes de Aquello que irrumpe en nuestro aislamiento, al mismo tiempo que respeta nuestra soledad y nuestra identidad.

 

9. Es un discurso que inevitablemente se completa a sí mismo en un nuevo silencio

Un Dios que fuera absolutamente trascendente, además del hecho de que sería contradictorio pretender hablar sobre ese Dios, sería un hipótesis superflua, si no perversa. Un Dios completamente trascendente negaría la divina inmanencia al mismo tiempo que destruiría la trascendencia humana. El misterio divino es inefable y ningún discurso puede describirlo. La más simple experiencia de lo divino consiste en ser conscientes de Aquello que irrumpe en nuestro aislamiento, al mismo tiempo que respeta nuestra soledad y nuestra identidad. “Quédate en silencio y reconoce que Yo Soy Dios”, declara el Salmo.

Extraído de un artículo publicado originalmente en Ilu, Revista de Ciencias de las Religiones 1, 1996.


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