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El amor no construye muros

Reflexiones al cumplirse treinta años de la caída del Muro de Berlín, derribado por aquellos mismos a quienes se había impuesto una división. Una lección para nuestro mundo aún dividido por muros.


Hoy hacen treinta años que se derribó el Muro de Berlín, un ícono de la vergüenza y de las divisiones en todos sus tipos.

Los muros dividen.

Los muros existen, y se siguen fortificado a lo largo y ancho del planeta.

Los muros excluyen, separan. Duelen.

Tras la excusa del peligro, se esconde el miedo; acaso la vergüenza de ser o no ser.

Pero no nos engañemos: los muros se construyen por odio.

No hay noticia de muros construidos por amor.

Los que se aman, los que se toleran o los que se respetan, construyen puentes, pasadizos o dialectos. Inclusive, miradas. Inclusive abrazos. No muros.

Un dato curioso es que el muro hoy homenajeado, situado en Berlín y que contaba con más de 120 km de extensión, fue derribado por un pueblo dividido, que quería libertad y reunificación. Las dos Alemanias reclamaban ser una. Las dos sociedades reivindicaban su voluntad de ser una, plural y germana, pero una. Sin muros, sin etiquetas. Sin metrallas.

Yo era pequeña, y recuerdo el estupor de mis adultos diciendo que «caía el Muro», que los vecinos lo derribaban «de ambas partes». Hoy leo las crónicas de aquellos que de un lado y del otro, con sus manos, horadaban la piedra que otros habían impuesto, y no puedo sino admirarme. Los del «otro lado», desconocidos y opuestos, se esperaban ansiosos, se abrazaban y festejaban el derribo como viejos conocidos que se vuelven a encontrar. Los ricos y los pobres, los de una mano y los de la contraria, hacían historia: unían. Miraban hacia el mismo lado.

Una lección para el mundo, para nuestros egos o nuestros opuestos: los muros se derriban de ambos lados.

Victoria Rustán


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