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Redescubrir nuestros sentidos

Jose Chamorro
El verano es una ocasión propicia para despertar, a través de nuestros cinco sentidos, a todo lo que la Vida tiene para ofrecernos. “Nuestros sentidos nos abren a lo bello y a lo bueno. Todo está ahí fuera esperando ser descubierto por primera vez”.


Cada año se repite el ciclo estacional pero siempre de un modo nuevo. No hay un año que se le parezca a otro, como tampoco existen dos miradas iguales a pesar de que el color de los ojos sea el mismo. Los pájaros son los responsables de cantar esta fiesta estival que pasa desapercibida para la gran mayoría pues muchas veces no somos capaces de ver más allá de nuestro discurrir cotidiano, pero lo cierto es que para quien lo desea, para la persona que tiene su sensibilidad a flor de piel, esta época del año, junto con la primavera, posee un encanto muy especial. La vida, una vez más, atraviesa el silencio desconsolador de la muerte para dejarse sentir, para expresar, para adornar la tierra de belleza, aromas y madurez.

Las personas, desempleados en esta tarea de vestir la naturaleza, poseemos un lugar especial en esta función. Nuestros sentidos nos abren a lo bello y a lo bueno. Cinco puertas por las que podemos captar todas las expresiones, cada matiz escondido tras lo que podemos ver, oler, escuchar, sentir y saborear. Creo que puede ser interesante ofrecer algunas pinceladas a propósito de cada uno de estos ventanucos personales, con objeto de dibujar algo de lo propiamente humano que nos abre a una Ultimidad que subyace a todo.

Reeducar la mirada

La vista puede ser la primera de estas pinceladas. Quizá puede estar bien, y más aún cuando vivimos en un tiempo en el que la imagen tiene un poder casi absoluto, comenzar por analizar cómo está nuestra mirada. ¿Desde dónde miramos? ¿Qué miramos? ¿Por qué centramos nuestra atención en aquello que hacemos? Las preguntas pueden ser un modo de abrirnos a la reflexión y de que podamos descubrir algunos aspectos de nosotros mismos. Todos tenemos respuestas a cada una de estas cuestiones e incluso a otras que cada uno podría formular. Lo relevante reside en la capacidad de darnos cuenta de la motivación que genera nuestro modo de mirar la realidad. En función de cómo sea esta forma de ver, así podremos admirar y reconocer la belleza hasta de lo más insignificante que puede estar aconteciendo.

Nuestros sentidos nos abren a lo bello y a lo bueno. Cinco puertas por las que podemos captar todas las expresiones, cada matiz escondido tras lo que podemos ver, oler, escuchar, sentir y saborear.
Pero para ver hay que arriesgarse a mirar, y una vez que nos hayamos arriesgado habremos de considerar cómo es nuestra capacidad de apertura a lo nuevo. Sin apertura interior es imposible captar nada del exterior. Cuando uno se convierte en “vigía” de la vida es capaz de dejar de ver para poder contemplar pues esto es algo que sólo posee el ser humano ya que ha nacido para ello. Sólo desde aquí, desde este modo más profundo de admirar la realidad podemos ser capaces de captar lo invisible en lo visible. Así es cómo la persona es capaz de reconocer la dimensión sagrada de todo lo creado.

El secreto de esta mirada reside en la capacidad de mirar sin prejuicios, sin pensar nada, simplemente dejando que lo que está delante de nosotros sea lo que es y, sobre todo, pueda sorprendernos. Con dicha mirada, ese árbol que contemplamos a diario deja de ser algo cotidiano para convertirse en un elemento extraordinario pues podemos comenzar a admirar y reconocer la belleza de su forma, el verde de sus hojas, las vetas de su tronco, su silueta, el vaivén de sus ramas… en definitiva, la vida latente en él y que conecta con nuestra propia vida.

Todo encierra dentro de sí la belleza y el encanto que la vida esconde en su interior. Está ahí fuera esperando ser contemplada, no sólo ser vista. Vemos muchas cosas pero atendemos y descubrimos muy pocas. Sería sorprendente que esta primavera pudiéramos abrirnos a algo nuevo y que nuestros ojos pudiesen admirarlo y reconocerlo. Sólo si logramos acoger y reconocer las maravillas que nos rodean podremos iniciar un nuevo vivir.

Escuchar por primera vez

Junto con las imágenes, los sonidos ocupan un lugar muy considerado. Escuchamos infinidad de ellos, de músicas, anuncios, noticias. Nuestros oídos están saturados de tantos timbres que suenan y resuenan en nuestra cabeza y que terminan instalándose en nuestro interior. Si las imágenes distraen e hipnotizan a las personas, los sonidos se alían con esta causa formando parte de la cultura de la distracción en la que estamos inmersos. Todo nos distrae. Ya no sólo en el sentido de entretenernos sino también en el de despistarnos. Hay demasiado ruido que nos anula y mantiene intranquilos.

Tendríamos que ser mucho más exquisitos a la hora de prestar nuestra audición. Dejar que algunas cosas tan sólo sean oídas y seleccionar lo que creemos que merece la pena ser escuchado. No es lo mismo una cosa que otra, pues la segunda precisa de nuestra atención y disponibilidad mientras que en la primera tan sólo interviene el oído. Tal vez tendríamos que ampliar el significado del famoso refrán “a palabras necias, oídos sordos”, por “a ruidos necios, oídos sordos”. Nuestra salud también depende en gran medida de esta elección.

Todo en nuestros oídos oscila entre el silencio más absoluto y las melodías más hermosas. Permitir que ambos se estrechen en un abrazo es dejar que la armonía tenga un espacio en nuestro interior.
Pero ahora, en este verano preñado de aromas primaverales, tenemos una oportunidad maravillosa para deleitarnos auditivamente. Una oportunidad para ser capaces de escuchar lo que hay detrás de todo ese maremágnum de sonidos que nos aturullan, de escuchar como si fuese la primera vez que lo hacemos. Hay toda una orquesta tocando para nosotros sin que nos demos cuenta. No sólo los pájaros, que amanecen antes de que el sol se desperece en el horizonte entonando trinos alegres, sino el sonido de los árboles ya más verdes, el agua en las fuentes, las risas de los niños correteando por los parques. Todo esto y mucho más acontece mientras elegimos encender la televisión y dejar que nos emboben controlando y manipulando nuestros intereses. Optar por la salud supone decidir no sólo lo que vemos y escuchamos sino la causa a la que nos entregamos y ponemos en juego.

Además de lo aparente también subyacen melodías ocultas que sólo son captadas por aquellos que se abren a la realidad. Hay una armonía que subyace a lo cotidiano y que mantiene la vida latente. Ser capaces de escuchar los sonidos que nuestro corazón compone a cada segundo es algo más profundo y hermoso de lo que imaginamos. Es el sonido de la misma vida que late en nuestro interior. Un sonido sordo, silencioso, inaudible, pero que nos acompasa.

Por último, podríamos hablar del sonido más hermoso que podemos escuchar: el silencio. Éste es el causante de que todo lo demás pueda ser percibido, es el que ofrece la condición necesaria para que podamos recrearnos en las distintas melodías que llenan nuestros días y noches. Además es el único que permite que cada uno podamos escucharnos a nosotros mismos y que podamos percatarnos hasta de lo más imperceptible. El silencio es la partitura en blanco que acoge a todas las notas y que ofrece un lugar especial a la clave.

Todo en nuestros oídos oscila entre el silencio más absoluto y las melodías más hermosas. Permitir que ambos se estrechen en un abrazo es dejar que la armonía tenga un espacio en nuestro interior.

Saborear la vida

Tal el verano también ofrezca una nueva oportunidad para saborear la vida. Si bien hemos comentado que la imagen y los sonidos nos tienen hipnotizados, quizá estaría bien que abriésemos nuevas vías para recuperar la sensibilidad que nos es innata. Recuperar la capacidad de saborear, darle al sentido del gusto un espacio y un tiempo para redescubrir su talento aletargado.

Si nos observamos un momento podremos ver cómo cuando comemos lo hacemos por necesidad. Comer es puro trámite para quitarnos el hambre que se hace manifiesto en determinadas horas del día. Como solemos decir: comemos para llenarnos la barriga. Considero que comer es todo un arte y que, como tal, hace falta cuidarlo y trabajarlo para poder desarrollarlo. Y esto sin perder de vista que el tiempo que empleamos para ello es un tiempo personal, un tiempo que también es posible vivirlo, no es un tiempo de trabajo que hay que pasar para hacer algo que nos deleite más. Sentarse a la mesa es una oportunidad que se convierte en posibilidad para estar presentes en lo que hacemos y en nosotros mismos. Podríamos decir que es una coyuntura para meditar y, sólo por esto, el comer se convierte en una oportunidad para saborear la vida.

Cada alimento que nos llevamos a la boca posee una infinidad de matices que pueden ser descubiertos si reparamos en ellos. Hay múltiples sabores que se mezclan, que varían el sabor final de la comida, que sorprenden. Los sabores no son sólo amargos, salados, dulces o ácidos. Hay mucho más detrás de ellos pues las combinaciones son innumerables pero para llegar a percibirlas es necesario quitarle primacía a la vista pues cuando miramos un plato ya hemos perdido la mitad de los matices que podríamos captar si nuestra atención se centrara exclusivamente en el gusto. Quizá como mejor se entiende esto es haciendo la prueba en la próxima ocasión que se nos presente.

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