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Una espiritualidad en común

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¿Hay alguna fe común a todas las religiones? El descubrirla y llevarla a la práctica es de capital importancia en un mundo aún hoy dividido por motivos religiosos. “En el corazón del diálogo interreligioso encontramos esta espiritualidad en común de la gratitud, que es lo suficientemente profunda como para restaurar la unidad de nuestro tan dividido mundo”.


Monasterio de Mount Saviour, Elmira, New York
Monasterio de Mount Saviour, Elmira, New York

A mediados de los años sesenta (en ese entonces yo llevaba unos doce años viviendo en el monasterio de Mount Savior), mi prior, el padre Damasus Winzen, solía enviarme cada tanto a dar charlas acerca de la vida monástica en diferentes universidades. Fue por esos años cuando los primeros monjes budistas e hinduístas llegaron a los Estados Unidos. Dado que el tema de mis charlas era la vida monástica, la honestidad intelectual me obligó a investigar aquello que los monjes cristianos teníamos en común con los monjes de otras religiones. Con esta intención, el primer libro que leí fue “La formación de un monje budista zen”, de D.T. Suzuki, y quedé sorprendido. La similitud de nuestras prácticas monásticas era asombrosa; coincidimos hasta en los más mínimos detalles de la vida diaria. Lograr una plena conciencia era el objetivo que se buscaba en ambas tradiciones.

Algunos amigos a quienes les comenté acerca de este descubrimiento asombroso me pusieron en contacto con Tai-san (ahora Eido Shimano Roshi), un joven monje Zen japonés que acababa de llegar a Nueva York. Nos encontramos, y en menos de tres minutos ya nos sentíamos hermanos. Las diferencias culturales y religiosas eran enormes; y sin embargo, vimos que entre nosotros teníamos en común más que lo que cada uno tenía en común con miembros de la propia religión que no fueran monjes. Tai-san me invitó a conocer su zendo, que se acababa de construir en Nueva York. Mi prior y toda mi comunidad prefirieron que primero viniera Tai-san de visita a nuestro monasterio. Tai-san aceptó y se quedó en Mount Savior por unos días. Mis compañeros de comunidad le hicieron muchas preguntas teológicas. Tai-san por un lado y los monjes por otro defendían cada uno su postura, sin lograr llegar a un punto en común. Finalmente Tai-san regresó a su zendo, y yo pensé que el proyecto había fracasado. Sin embargo, mis hermanos coincidieron en algo: “No entendimos lo que dijo, pero la forma en que se comporta muestra que es un verdadero monje”. Así, dos semanas después pude concretar mi visita al zendo.

Esta experiencia de la vida de la Trinidad en nosotros es común a todos los seres humanos.
Desde mi primer encuentro con el monasticismo Zen, mi concepto de la vida espiritual cambió. Siempre había sostenido que me había hecho monje porque quería ser más que un simple cristiano que cumple los mandamientos; quería además seguir los consejos evangélicos (1). Tras este encuentro, me di cuenta de que uno primero es un ser humano, luego un monje, y solo después uno es cristiano, budista, o lo que fuere. El ser monje es, para algunos, su forma de ser humanos. La vocación monástica constituye el estrato más profundo del propio ser, más que la concreción de una creencia religiosa. Llegué a comprender que si uno descubre los consejos evangélicos en la Biblia, lo hace únicamente porque primero los descubre en la, por así decirlo, estructura monástica de la propia psiquis. Los vemos en los Evangelios porque los encontramos en nosotros mismos.

Por lo tanto, si yo, con esta estructura psicológica quiero llegar a ser un ser humano en todo mi potencial, lograré serlo haciéndome monje. Seré un monje cristiano si vivo en un entorno cristiano; seré un monje budista si vivo en un entorno budista. A lo largo de mi vida, cada encuentro con monjes de otras religiones (y he tenido el privilegio de encontrarme con muchos), ha reforzado esta convicción. Esta experiencia ha producido un doble efecto: por un lado, me ha hecho querer ser, siendo monje, plenamente humano; por otro lado, me ha dado un profundo sentimiento de solidaridad hacia quienes aspiran a este mismo fin dentro de otras religiones. Además, me ha salvado de la trampa de pretender ser un buen cristiano a costa de ser plenamente humano. Jamás me sumé a la competencia e incluso enemistad entre quienes se identifican a sí mismos antes que nada por sus etiquetas religiosas.

Si nos preguntamos en qué radica esta espiritualidad común a todas las religiones, puedo responder con una sola palabra: gratitud. La gratitud, no entendida como un mero concepto, sino como una práctica, la práctica de vivir agradecidos. Esta práctica se halla en el centro de nuestra tradición cristiana (la Eucaristía, “acción de gracias”, es el centro de la vida cristiana), así como también en el centro de las demás religiones. Podemos definir al vivir agradecidos como misticismo trinitario en acción. Esta práctica facilita el diálogo interreligioso, pero sobre todo facilita nuestra propia vida cristiana. Al recibirnos a nosotros mismos continuamente como un don proveniente del Dador, y al darnos totalmente como un don en respuesta, tomamos conciencia de que estamos inmersos en la vida de la Santísima Trinidad.

Algo que caracteriza a nuestra época actual es la caída del teísmo cristiano. La práctica de la gratitud nos ayuda a comprender que el cristianismo nunca fue teísta, sino panenteísta. (2) La fe en el Dios Trino impicaba esta concepción desde el principio; recién ahora estamos siendo conscientes de ello. Esta concepción nos muestra también que esta experiencia de la vida de la Trinidad en nosotros es común a todos los seres humanos. Ella subyace a todas las religiones, y es un concepto más antiguo y más profundo que las definiciones doctrinarias que vinieron después. En el corazón del diálogo interreligioso encontramos esta espiritualidad en común de la gratitud, una espiritualidad lo suficientemente profunda como para restaurar la unidad de nuestro tan dividido mundo.

Hermano David Steindl-Rast

Este ensayo apareció por primera vez en el Boletín de Diálogo Interreligioso Monástico, Marzo de 2003.


(1) Los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, que se siguen en la vida consagrada dentro del cristianismo.

(2) El teísmo afirma que Dios es absolutamente trascendente al mundo. El panenteísmo sostiene que Dios es a la vez trascendente e inmanente. El hermano David suele citar a San Agustín, que ya en el siglo IV decía: “Tú estás dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío”. (Confesiones III, 6).

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