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Regresar yendo

Jose Chamorro
“Podemos regresar tras tener una experiencia de Dios como si nada hubiera ocurrido o, por el contrario, podemos volver asumiendo y comprendiendo progresivamente qué ha ocurrido”.


La huída a Egipto, Óleo de Vicente López Portaña. Museo del Prado.

La Navidad concluye con un regreso, un volver al lugar de origen que se hace nuevo. José y María no desandan el camino, pues ya no van solos, sino que recorren una nueva aventura de regreso con Jesús en brazos. El trayecto no es el mismo, no tanto porque ahora lleven al Hijo de Dios consigo, sino porque la experiencia del nacimiento les confiere un modo nuevo de ver y comprender. El regreso no es un simple volver: es un ir desde lo nuevo.

Tras un nacimiento no cabe la pasividad, sino que irrumpe un dinamismo que no nos puede dejar indiferentes.
Casi todos hemos vivido la experiencia cercana de algún nacimiento en la familia. Unos siendo protagonistas como padres y otros porque han estado cerca de hermanos o primos desde los que se han sentidos partícipes. Lo cierto es que tanto para unos como para otros, cuando la vida se abre camino desde la inocencia y la vulnerabilidad más absoluta, ya nada es como era antes de ese hecho. Hay un regalo que nos brinda una nueva dimensión, la capacidad de ser agradecidos al contemplar un milagro, una realidad profundamente humana que desea y espera ser acogida. Cuando esto acontece, los días llevan una impronta diferente.

A la familia de Nazaret le sucedió algo similar. La diferencia estaba en las palabras que María guardaba en su corazón y que tenían que ver con la pretensión que más tarde tendrá Jesús. Regresar a casa no fue un mero viaje sino que les llevó a pensar cómo serían sus vidas a partir de ese instante. La experiencia de los Magos confirmó las sospechas y el sueño de José y, por otro lado, ratificó el fiat que respondiera María al ángel tiempo atrás. No regresaban con un niño sin más, sino que lo hacía con un niño-Dios que precisaba de lo más humano para que, más adelante, terminara por dignificar y plenificar la existencia del género humano con su propia vida.

El retorno para ellos fue un tiempo que emplearon para ir asimilando la experiencia vivida, así fue cómo fueron ganando conciencia sobre la vida en familia que se había inaugurado. A nadie se les enseña a ser padres, a ellos tampoco. Sólo la disposición para hacerlo del mejor modo termina por salvar la situación a favor de cada uno de los integrantes de la familia, y muy en especial para el bebé. La Trinidad del cielo como familia fue caminando hacia una trinidad en la tierra. Cada uno expresaba un papel, se hacía sacramento de una de las Personas divinas. José asume la discreción y el acompañamiento del Padre, Jesús cumple con su ser más íntimo siendo Hijo y María, desconcertada y confiada, ofrece su lealtad y amor como Espíritu Santo.

Podemos regresar tras tener una experiencia de Dios como si nada hubiera ocurrido, mirando hacia otro lugar, ocultando la chispa innombrable que prende en nuestro corazón o, por el contrario, podemos volver asumiendo y comprendiendo progresivamente, como la familia de Nazaret, qué ha ocurrido y, sobre todo y más importante aún, qué desea Dios con todo esto. Tras un nacimiento no cabe la pasividad, sino que irrumpe un dinamismo que no nos puede dejar indiferentes.

Jose Chamorro

 

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