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La fe y el camino

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La vida espiritual comienza cuando la vida misma nos pone ante el desafío de aferrarnos a lo conocido, o lanzarnos a lo desconocido. Esa confianza valiente que nos hace avanzar hacia lo desconocido, que nos permite pasar de un orden a otro orden superior, es la fe. Aferrarnos a lo conocido es detenernos, es morir; arrojarnos confiadamente es avanzar, es vivir.


La estrechez es el camino

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En nuestro caminar, cuando estamos realmente atentos a esa guía que siempre nos conduce, nos enfrentamos una y otra vez con lo que podemos llamar estrecheces: nos encontramos con algo duro o difícil. En el contexto cristiano lo llamamos cruz: “El que carga con su cruz y me sigue es mi discípulo”. A esto me refiero cuando hablo de estrechez. La estrechez del camino significa que si realmente estamos en el camino correcto, tarde o temprano se nos hará estrecho.

Es importante que tengamos esto en cuenta, ya que si no somos conscientes de que la estrechez misma es el camino, podríamos decir, “esto se está tornando muy difícil, debo estar en el camino equivocado; mejor pruebo con algo diferente”. Sin embargo, cuanto más difícil se hace el camino, en el buen sentido, más seguros podemos estar de que avanzamos por el camino correcto.

Por supuesto que también está el peligro de convertir esto en una especie de ídolo y decir “yo siempre hago lo más difícil”. Eso sería tan equivocado como decir “siempre hago lo más fácil”. No hay diferencia entre ambos. Uno hace algo porque es lo correcto, no porque sea lo más fácil o lo más difícil. Lo hacemos porque estamos atentos a esa guía que nos muestra el camino.

Fe

Ahora me referiré a algo que a primera vista puede parecer específicamente cristiano, o mejor dicho bíblico. Sin embargo, si nos fijamos bien, nos daremos cuenta de que se trata de una realidad universal: la fe. La fe y el camino son inseparables uno del otro. La fe es el dinamismo por el cual estamos en camino; es lo que hace posible que avancemos.

Así entendida, nos damos cuenta de que la fe debe significar algo más que simplemente creer en algo. Es cierto, la fe incluye el creer en algo; pero esto es así porque la vida misma incluye creer en algo. Pero el énfasis en el creer en algo, propio de la fe en la tradición cristiana reciente, es equivocado y hasta peligroso, porque en su concepto pleno, la fe no consiste principalmente en creer en algo, sino en creer en alguien. La fe no es ponerle la firma a una lista de creencias y dogmas. Eso puede darse, pero en cuanto a lo que la fe es, desde su inicio mismo, se define como una confianza valiente. Esta fe puede comenzar simplemente como confianza en la vida, y posteriormente transformarse en una confianza en la Fuente de la vida.

Complejidad y simplicidad

Todos buscamos tener simplicidad en la vida. Pero hay una forma de conformarse con la simplicidad que es simplista, un tipo de sobresimplificación infantil. Consiste en no atreverse a enfrentar la complejidad de la vida, y es realmente un peligro.

La fe es el dinamismo por el cual estamos en camino; es lo que hace posible que avancemos.
La vida exterior es tremendamente compleja. Cuanto más prestamos atención a las cosas, más nos damos cuenta de cuán complejas son. No estoy necesariamente hablando de la complejidad de la naturaleza, sino simplemente de cosas como, por ejemplo, encender la luz. Si encendemos la luz con un cierto grado de conciencia, nos sorprenderemos de la tremenda complejidad con la que entramos en contacto. Pensemos no solo en aquellos que trabajan en los generadores, sino también en los que construyeron el interruptor, los que hicieron el cableado en el edificio, los que extrajeron el metal… Y todo esto es solo la corteza más delgada de complejidad en este increíblemente complejo universo.

Durante mucho tiempo he sido consciente de esta complejidad exterior. Pero llega un momento en que uno se hace consciente de su propia complejidad interior. Uno toma conciencia, por ejemplo, de lo que ocurre cuando comemos un trozo de pan. Cientos de miles de procesos deben darse en nuestro cuerpo para poder digerir ese trozo de pan; procesos sobre los cuales no tenemos absolutamente ningún control, y que nunca hemos comprendido ni comprenderemos plenamente jamás. ¡Y supuestamente se trata de nosotros mismos!

Todo esto es así sin siquiera mencionar nuestra psique, nuestro inconsciente y todas las demás complejidades en ese ámbito. En otras palabras, aquello que llamamos “yo”, y todo lo que experimentamos en la vida, está de alguna manera en el cruce de esa complejidad exterior e interior en la que estamos inmersos. Sin embargo, aún allí podemos encontrar la simplicidad, podemos encontrar un punto fijo.

No tengo en claro cómo encontrar la simplicidad en medio de tanta complejidad, pero en realidad no importa entender cómo se da, sino estar convencidos de que podemos hallarla. En mi opinión, encontrar la simplicidad que ver con encontrar orden, encontrar armonía en nuestro mundo.

El coraje de soltar

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Es tremendo pensar que cada vez que nos adentramos en profundidad en algún ámbito, encontramos un orden cada vez más complejo. Cuando investigamos esa complejidad (en biología, en química o aún en psicología), nos encontramos con una complejidad estructurada; encontramos armonía. Hallamos algo comparable a la música, en la que hay discordancias, pero esas discordancias son de alguna manera parte de una armonía mayor, y hace a la armonía más interesante, compleja y bella.

Cada vez que exploramos algún ámbito, encontramos orden. Pero luego llega el momento en que nos encontramos con algo completamente nuevo; por ejemplo, en la ciencia, nuevos hallazgos, o en nuestra vida, nuevas experiencias. De repente, esta novedad parece romper el orden establecido, y pone en crisis al orden con el que estábamos familiarizados. Aquí llegamos a un punto en el que toda vida espiritual nace, en el que comenzamos a avanzar por el camino o no. Es el momento de la decisión. Es el momento en que nos aferramos a nuestra vida (lo que equivaldría a la muerte), a ese orden que ya conocemos, o nos arrojamos con la valiente confianza de que vamos a encontrar un orden superior. Y ese soltar nuestra vida conocida es posible solo a través de la fe. En esto consiste la fe: la fe es el coraje de soltar.

A este abandono lo practicamos desde el comienzo en nuestra vida espiritual en pequeñas cosas. Pero ese soltar se hace cada vez más difícil a medida que avanzamos. Esa es precisamente la estrechez del camino: esas dificultades, esas estrecheces con que nos encontramos y que nos piden soltar, y soltar, y soltar. Cuanto más avanzamos, todo parece más caótico. Sin embargo, confiamos en que a través del caos encontraremos el orden.

El coraje de ser uno mismo

Nadie nos puede garantizar nada. Nadie nos puede decir, “Sí, puedes salir adelante; te aseguro que después de esto viene el orden”. No. En lo que único en que podemos apoyarnos es en nuestra valentía, y también en nuestra memoria, en el recuerdo de que cada vez que nos arrojamos, cada vez que murió nuestra vida como la conocíamos hasta entonces, pudimos nacer a un nuevo orden, mayor y más amplio.

Por lo tanto, estar en camino es avanzar de una armonía a otra armonía mayor, siempre a través de períodos de discordia; o de una vida a otra vida mayor, siempre a través de períodos de muerte. En esto consiste el camino; y su dinamismo propio es la fe, es el coraje.

Para todo esto necesitamos tener fe. Fe en nosotros mismos, fe en esa voz interior, la voz de las circunstancias que nos dice qué debemos hacer, y el coraje de hacerlo, de arrojarnos de verdad. En definitiva, necesitamos el coraje de ser nosotros mismos.

Hermano David Steindl-Rast

Originalmente dado como una charla en un retiro de yoga durante el verano de 1974. Reproducido de Yoga Integral, Vol. VII, No. 1, 1975, pp. 9-12

 

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