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La religión del corazón

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Ante la experiencia religiosa, el intelecto la interpreta, y de allí nace la doctrina. La voluntad adhiere, y así nace la moral. Los sentimientos celebran, y así nace la liturgia. Debemos, sin embargo, es evitar caer en el dogmatismo, el moralismo y el ritualismo, refiriéndonos constantemente a la autoridad del corazón.


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Quisiera invitarlos a considerar un problema particular. ¿Por qué nuestras respuestas a los problemas éticos de la actualidad son tan ineficaces y anémicas? Muchas veces me lo he preguntado: ¿por qué respondemos así? Me viene a la mente por lo menos una explicación, y es la que quisiera compartir con ustedes aquí.

Nuestros parámetros éticos actualmente están desarraigados de sus raíces religiosas; han quedado separados de su fuente original. Tenemos por delante, por lo tanto, la gran tarea de volver a enraizar a la ética en la religión.

¿Qué quiero decir con esto? No estoy hablando de religiones, sino de Religión. Esta Religión, subyacente a todas las religiones, y a partir de la cual todas las religiones nacen, es la religión del corazón. Primero debemos aclarar qué entendemos por “corazón”. Correctamente entendido, el corazón representa a la persona humana completa, el centro más íntimo de nuestro ser; expresa el todo, no una parte.

Para que puedan comprenderlo, recurro a la experiencia de cada uno de ustedes. Únicamente si lo que estoy diciendo es verdadero según sus experiencias, entonces sí es verdadero. Digo esto porque algo puede ser verdadero para mí, pero si no lo es según la experiencia personal de cada uno, esa verdad se torna irrelevante. Por eso, les pido que constantemente corroboren lo que les voy diciendo con su propia experiencia.

Doy por sentado que todos nosotros hemos tenido la experiencia de vivir esos momentos en los cuales la Religión se cimienta. Noten que hablo de experiencia, no de nociones aprendidas en la iglesia, en la escuela o en casa. La religión se basa en la experiencia.

La experiencia religiosa básica varía mucho entre persona y persona; sin embargo, hay algo en común que siempre está presente: el sentimiento de una pertenencia desbordante. Estoy diciendo en dos palabras algo que necesita ser desarrollado, explorado y explicado. De todos modos, espero que sirva como indicativo para que cada uno descubra las raíces de su propia religiosidad.

La moral es un aspecto importante de la religión, es cierto; pero no por ello deja de ser un aspecto menor. Debemos recordar esto constantemente, ya que la mayoría de las religiones con las que estamos familiarizados en Occidente acentúan demasiado el aspecto ético de la religión; son exageradamente moralistas.
Preguntémonos: ¿Acaso nuestra religiosidad no se basa en alguna experiencia que tuvimos? Y esta experiencia, ¿no ha sido sino un sentimiento de pertenencia, de una pertenencia desbordante? No quiero especificarlo más. Para muchas personas profundamente religiosas, el término “Dios” no tiene ninguna relevancia; ¿por qué entonces obligarlas a usar ese término? La religión no comienza cuando aprendemos la noción de Dios, sino que nace de la experiencia personal, del experimentar una pertenencia desbordante y radical.

Ahora bien, algunos de nosotros nos sentimos cómodos, quién más, quién menos, llamando “Dios” a aquella realidad última a la que sentimos que pertenecemos. Otros tienen exactamente la misma experiencia, pero prefieren no llamarla Dios. Personalmente, nunca estoy seguro si me siento cómodo o no con el término “Dios”. Quizás no, dado que este término puede ser tan fácilmente malinterpretado. Sin embargo, pertenezco a una tradición que le da el nombre de Dios a aquella realidad; por eso, al hablar desde esta tradición, me resulta conveniente llamarla Dios.

Debemos ahora preguntarnos: ¿Qué hacemos con esa experiencia? ¿Qué hacemos con esa profunda experiencia religiosa del corazón, esa conciencia de una pertenencia ilimitada? Más allá de que pertenezcamos a tal o cual tradición religiosa (o a ninguna), inevitablemente haremos tres cosas con esa experiencia. Dado que es una experiencia del corazón (es decir, de toda la persona), se ven involucrados en ella la inteligencia, la voluntad y los sentimientos.

En primer lugar, el intelecto interpreta la experiencia. Esto es inevitable; incluso en caso que digamos “en mi religión personal, la experiencia religiosa no puede ser interpretada”, esto ya es una interpretación. Al negar que pueda ser interpretada, ya la estamos interpretando en un sentido negativo. Esto ya sería suficiente; sin embargo, la mayoría de las personas, y todas las tradiciones religiosas, van más allá. De la interpretación de la experiencia nace la doctrina religiosa. Debemos evitar que la doctrina devenga en dogmatismo; de todos modos, siempre se tiene una doctrina, un dogma en el sentido amplio del término. Siempre se da una interpretación intelectual de la experiencia religiosa básica.

Lo siguiente que hacemos con la experiencia es aceptar, de algún modo, nuestra pertenencia. Éste es el papel que juega la voluntad. Sin embargo, el intelecto suele ponerle límites. A pesar de que sentimos una pertenencia ilimitada, no actuamos en consecuencia. Por ejemplo, actuamos como si perteneciéramos solo a quienes sostienen nuestros mismos dogmas. La pertenencia que experimentamos es ilimitada, y no se reduce a los seres humanos; por el contrario, se abre a los animales, las plantas, el planeta, todo el universo.

Aquí es donde la ética entra en juego. Nuestra voluntad actúa ante la experiencia religiosa, y es allí donde la moral tiene sus raíces. Si pertenecemos, debemos actuar en consecuencia; y es de este modo en que la ética se constituye en parte de la religión. La moral es un aspecto importante de la religión, es cierto; pero no por ello deja de ser un aspecto menor. Debemos recordar esto constantemente, ya que la mayoría de las religiones con las que estamos familiarizados en Occidente acentúan demasiado el aspecto ético de la religión; son exageradamente moralistas. La moral a veces parece haberse tragado sus raíces religiosas; de aquí que constantemente escuchemos sermones diciendo “haz esto – no hagas esto otro”. Nadie puede sentirse particularmente atraído por este tipo de sermones. Podemos aceptarlos, pero solo si tenemos razones para ello; y las razones religiosas son las únicas razones de peso como para hacerlo. Si somos honestos con nosotros mismos, reconoceremos que estamos dispuestos a aceptar nuestros códigos éticos como las implicaciones morales de nuestra experiencia religiosa.

¿Quién le confiere autoridad a la Biblia? ¿Acaso no es mi propio corazón el que libremente reconoce esa autoridad como válida? Si continuamos preguntándonos, arribaremos a la conclusión de que la autoridad última en materia religiosa reside en cada uno de nosotros.
Hay un tercer aspecto. Nuestros sentimientos también actúan ante la experiencia de pertenencia universal; la celebran. Podemos celebrar nuestra experiencia religiosa de diversas formas, y de aquí nacen los rituales. No pensemos solo en los rituales de las grandes religiones; cada uno de nosotros puede tener rituales de los que quizás nunca hemos dicho nada a nadie. Pese a ser rituales propios, no compartidos con nadie, son rituales genuinos. Si de niños evitábamos religiosamente pisar las grietas en la acera(1), quizás esto se remonta a nuestra experiencia religiosa primordial; quizás era parte de nuestro ritual. Los adultos a veces complicamos los rituales, haciéndolos prácticamente equiparables a episodios psicóticos en miniatura. De todos modos, todos necesitamos tener rituales, y si no los recibimos de una tradición religiosa, terminamos inventando nuestros propios ritos.

Hemos visto entonces que esa experiencia religiosa primordial, en la que experimentamos una pertenencia universal, encuentra su expresión en la doctrina, la moral y los rituales. Ahora bien, debemos evitar que la doctrina devenga en dogmatismo, la moral en moralismo, los ritos en ritualismo. ¿Cómo lograrlo?

En toda religión sana, la moral, la doctrina y los rituales están arraigados en la autoridad del corazón (y recordemos que el corazón representa la persona en su totalidad). La doctrina interpreta intelectualmente la experiencia religiosa, lo cual es importante; sin embargo, somos mucho más que puro intelecto: solo el corazón puede dar una respuesta completa a la experiencia religiosa. Si a la doctrina en que creemos la analizamos constantemente desde el corazón, evitaremos que nuestra religión caiga en el dogmatismo. Si a nuestras convicciones éticas las confrontamos constantemente con el corazón, evitaremos el moralismo religioso. Y si a nuestros rituales los referimos constantemente al corazón y a aquella experiencia original de pertenencia desbordante, evitaremos que nuestra religión caiga en el ritualismo. En síntesis: la persona en su totalidad debe dar una respuesta religiosa; no el intelecto solo, ni la voluntad sola, ni los sentimientos solos.

La pregunta básica es: “¿Cuál es la autoridad máxima que rige la religiosidad de cada uno de nosotros?” Si uno responde, por ejemplo, “la Biblia”, entonces debe preguntarse: “¿Y quién me convence que la Biblia tiene esa autoridad?” (Para otras personas, la autoridad máxima estará en el Corán o en otras escrituras sagradas). ¿Quién le confiere autoridad a la Biblia? ¿Acaso no es mi propio corazón el que libremente reconoce esa autoridad como válida? Si continuamos preguntándonos, arribaremos a la conclusión de que la autoridad última en materia religiosa reside en cada uno de nosotros.

Notemos bien que digo “reside en nosotros”. No estoy diciendo que nosotros “somos” la autoridad religiosa; sostenerlo sería un disparate. Únicamente si la autoridad reside en nosotros puede ser reconocida fuera nuestro. El corazón “reconoce” a la autoridad en un triple sentido de la palabra. El intelecto reconoce a la autoridad identificándola como tal. La voluntad la reconoce aceptando sus exigencias. Los sentimientos reconocen a la autoridad en el sentido que la captan como algo que merece ser honrado y celebrado. Únicamente entrando en juego la inteligencia, la voluntad y los sentimientos es que la autoridad es reconocida de todo corazón.

En el momento en que aceptamos la responsabilidad de reconocer a la autoridad religiosa con el corazón, entonces nuestra fe se hace adulta. Es entonces cuando pasamos de una religiosidad irresponsable a una fe responsable. Dar este paso trae consecuencias importantísimas.

 
(1) En Estados Unidos existe el dicho “step on a crack, break your mother’s back” (si pisas una grieta, le rompes la espalda a tu madre), que alude a la superstición que asocia el pisar una grieta con la mala suerte.
 

Para leer la segunda parte del artículo (“Amor y obediencia”), haz click aquí.

 

  • responder François ,

    Excelente artículo que, obligadamente nos introduce en la metodologia apropropiada para la praxis religiosa correcta que, según el autor de la misma, tiene más que ver con el corazón que con el dogma aprendido. Etc

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