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¿Cuán grande es nuestra familia?

David Steindl-Rast
Construyamos un mundo mejor tomando conciencia de que formamos una sola familia con toda la humanidad y con todos los seres vivos. “¿Podemos extender nuestra preocupación hasta abrazar a todos los miembros de la Familia de la Tierra?”


Los romanos tenían una palabra para “amor”; es la palabra latina pietas. Podríamos traducirla como “afecto familiar”, una actitud que surge de un sentido de pertenencia y que se expresa actuando en consecuencia. Pietas es, en primer lugar, la actitud del pater familias. La familia pertenece al padre, de quien recibe su nombre. La pietas da los derechos y obligaciones al pius pater; sin embargo, la pietas es una actitud compartida por todos los miembros de la familia y que los relaciona entre sí. Marido y mujer pueden amarse con viva pasión, pero el lazo que los une más profundamente es la pietas. Lo mismo ocurre con el amor entre hermanos y hermanas, y con el amor entre padres e hijos. Pero la pietas se extiende también a sirvientes y esclavos, a cualquiera que pertenezca a la casa.

Como hogar, todos están relacionados con los ancestros de la familia y con los espíritus guardianes, los lares, por la misma pietas, la cual abarca también a las mascotas, los animales de la granja, la tierra, las herramientas, los muebles y otros bienes de herencia. No tenemos un concepto similar en el lenguaje moderno; si pudiéramos poner el rigor del Latín pietas en nuestra palabra “piedad”, sus sinónimos de compasión y devoción (que giran en torno a la noción de pertenencia) seguramente se verían enriquecidos. Aunque no podamos revivir una palabra a voluntad, deberíamos recuperar el sentido de pertenencia que la palabra pietas acuñó.

Es fascinante descubrir el proceso por el cual las sociedades antiguas daban la bienvenida a un extraño. Descubrirlo nos enseña mucho acerca del amor, la pertenencia y la gratitud. Un forastero es “extraño” en el sentido de ser un desconocido; pero además, el ser “extraño” puede entenderse en el sentido de ser “sospechoso”. Cualquiera puede sospechar que un desconocido pueda ser un enemigo. Por eso, siendo consciente de esta sospecha, un forastero con buenas intenciones siempre va a llevar obsequios. No pide nada a cambio, son presentes gratuitos.

La pregunta clave es: ¿Qué tan grande es nuestra familia? ¿Cuán amplio es el alcance de nuestra pertenencia? ¿Podemos extenderlo hasta los confines más remotos de la casa de Dios? ¿Podemos extender nuestra atención y preocupación hasta abrazar a todos los miembros de esta Familia de la Tierra?
¿Serán aceptados? Si es así, el dar y recibir de la gratitud forja un lazo de mutua pertenencia. El que era un extraño es ahora un invitado, y los invitados pertenecen al hogar. Para ellos, el lazo de la pietas tiene carácter de sagrado. Cuando nos damos cuenta de que cada extraño es en sí mismo un don, los extraños ya no necesitan del ritual de los regalos para ser aceptados. Les vamos a dar la bienvenida, y esta hospitalidad del corazón será una celebración del vínculo que une en agradecimiento al dador y al receptor.

Cuando elevamos nuestros corazones a Dios, a quien llamamos nuestro Padre del cielo, descubrimos que pertenecemos a una familia que abarca a todas las creaturas, “la Familia de la Tierra”, en el término poético de Gary Snyder. Si ponemos nuestras manos a trabajar al servicio de esta Familia de la Tierra, el poner la visión en acción sembrará la paz de Dios “así en la tierra como en el cielo”. La pregunta clave es: ¿Qué tan grande es nuestra familia? ¿Cuán amplio es el alcance de nuestra pertenencia? ¿Podemos extenderlo hasta los confines más remotos de la casa de Dios? ¿Podemos extender nuestra atención y preocupación hasta abrazar a todos los miembros de esta Familia de la Tierra, humanos, animales y plantas, a quienes todavía consideramos extraños? La supervivencia de todos nosotros bien puede depender de nuestra respuesta.

Mural de la Paz, por Gari Melchers (Washington, DC)

La paz es el fruto del amor. El sí a nuestra pertenencia a la gran familia de Dios es la semilla de la que nace la paz. D. H. Lawrence sugiere esta idea en un poema que tituló “Pax”, palabra latina para “paz”. Hay un vínculo muy estrecho entre los conceptos romanos de pax y pietas; el poema gira alrededor este vínculo.

Todo lo que importa es estar en armonía con el Dios viviente,
ser una creatura en la casa del Dios de la Vida.
Como un gato dormido en una silla,
tener paz, estar en paz,
y estar en armonía con el dueño de casa, con la dueña,
y sentirse como en casa, cómodos en la casa de los vivientes,
durmiendo junto al hogar, bostezando delante del fuego.
Durmiendo junto al hogar del mundo vivo,
bostezando en casa, delante del fuego de la vida
sintiendo la presencia del Dios vivo
como una gran seguridad,
como una profunda calma en el corazón;
una presencia
como la de un amo sentado a la mesa
en su propio y más grande ser,
en la casa de la vida.

Cuando lo leemos en voz alta, este poema tiene el poder de un sortilegio. Sus repeticiones parecen colocarnos bajo un hechizo, no un hechizo que nos atrapa, sino un hechizo liberador. “Estar en armonía… tener paz, estar en paz, y estar en armonía… como en casa, cómodos… en casa”. Este sortilegio nos relaja, nos produce “una profunda calma en el corazón”. Es como un volver a casa, “a la casa de la vida”, “al hogar de los vivientes”, “a la casa del Dios de la Vida”, donde pertenecemos, donde verdaderamente nos sentimos como en casa. En toda su calma, estas líneas están llenas de un dinámico poder. Hay fuego en ellas. Aún el bostezo del gato es un “bostezo delante del fuego”. El bostezo de cualquier gato que se precie de tal, es parte de todo un ritual de estirarse y arquearse que está lleno de vitalidad. Cuando bostezamos, no por aburrimiento o cansancio, sino con “una profunda calma en el corazón”, es como “bostezar delante del fuego de la vida”. “Vida” es una palabra clave en este poema; cinco veces se repite “vida” y “vivos”. La calma de una paz verdadera no es un silencio muerto, sino la viva quietud de una brillante llama ardiendo.

“Todo lo que importa” absolutamente todo, “es estar en armonía con el Dios viviente”; y “el Dios de la vida” está presente en “la casa de la vida” como “el fuego de la vida”. (Colocadas al principio, en el medio y al final del poema, se les da prominencia a estas tres frases). El fuego es a menudo una imagen del amor. Pero aquí no se trata del fuego de la pasión, furioso y devorador. Es el fuego calmo y vivificante del hogar, que hace que todos en la casa se sientan cómodos y bienvenidos. ¿Cómo vamos entonces a “estar en armonía con el Dios viviente” si esto es todo lo que importa? Permitiendo que el fuego del hogar nos caliente hasta los huesos; dejando que el calor nos haga sentir cómodos, simplemente estando “como en casa, cómodos en la casa de los vivientes”. No hay separación entre el cielo y la tierra en un mundo calentado por el amor. La casa de la vida es la casa del Dios del la vida.

La presencia de Dios en la Casa de la Tierra es

una presencia
como la de un amo sentado a la mesa
en su propio y más grande ser,
en la casa de la vida.

La imagen del pater familias da sentido a estas líneas y las protege, al mismo tiempo, de una interpretación panteísta. El mundo es uno con Dios no más que la casa es una “con el dueño de la casa, con la dueña”. No más, pero tampoco menos. No es cuestión de solamente “ser uno” con Dios, sino “estar en armonía” con Él, mediante aquel amor que sólo la noción de pietas puede conferir. Cuánta reverencia nos inspira el ser conscientes de esta armonía. Si pensamos en la Casa de la Tierra como el “propio y más grande ser” de nuestro Padre celestial, esto nos va a hacer mirar cada piedra, cada semilla, cada ciempiés con reverencia, y actuar de acuerdo a ello. Va a hacer que el amor no se aferre a sus gustos y disgustos, tal como la verdadera fe no se aferra a sus creencias, ni la verdadera esperanza a sus expectativas. Después de todo, ¿qué diferencia podrían hacer gustos y disgustos cuando “todo lo que importa es estar en armonía con el Dios viviente”? Lo que nos gusta y lo que nos disgusta están igualmente “cómodos en la casa de los vivientes”. Todos nos pertenecemos mutuamente. Podemos vivir en paz todos juntos, tan pronto como sigamos nuestros más profundos anhelos y regresemos a casa, al hogar de nuestro corazón.

Aquí, una vez más, tocamos el misterio del corazón. El corazón es el hogar. “Todo depende de lo que quieras decir con hogar”. Uno de los personajes de la obra de Robert Frost La muerte del peón contesta:

El hogar es el lugar donde, cuando necesitas ir, te tienen que recibir.

Y el otro responde:

Yo podría llamarlo algo que, de algún modo, no necesitas merecer.

En ambos casos el corazón es el hogar; en ambos sentidos, el corazón es allí donde pertenecemos. Pertenecemos allí como nuestro propio lugar, no interesa cuán extraños nos hayamos vuelto. Cuando estamos allí pertenecemos, porque lo que hace que el hogar sea hogar es que cada uno pertenece a todos y todos a cada uno.

No hay separación entre el cielo y la tierra en un mundo calentado por el amor. La casa de la vida es la casa del Dios del la vida.
“El hogar es donde uno comienza” dice T.S. Eliot; ésta es una forma de decir que el amor no sólo es el final, sino el comienzo de todo. Lo que encontramos, cuando encontramos nuestro corazón (y recordemos, la gratitud es la clave), es la misma vida de Dios dentro nuestro. Esto ha estado ocurriendo desde “antes de siempre” como a C.S. Lewis le gusta decir. La Fe, la Esperanza y el Amor son modos de explorar la vida del Dios Trino. En la Fe, vivimos de las palabras en las que la Palabra eterna se plasma en la naturaleza y en la historia. En la Esperanza nos abandonamos en el Silencio del Padre, de donde surge la Palabra y a donde regresa. En el Amor comprendemos, en el Espíritu del autoconocimiento divino, que la Palabra y el Silencio se pertenecen mutuamente en la acción. Así llegamos a comprender que Pertenencia es el nombre del Dios Trino. Nuestro corazón está enraizado en esta pertenencia primordial. Esto no es algo que tenemos que ganar ni merecer; es gratis, es gracia pura, es puro don. Solamente necesitamos entrar en esta plenitud mediante la gratitud.

La gratitud en sí misma es simplemente una forma de experimentar la vida de la Trinidad dentro nuestro. Esta vida surge del Padre, fuente y manantial de la divinidad, el Dador fundamental. El auto-obsequio total del Padre es el Hijo. El Hijo lo recibe todo del Padre, y se convierte en el punto de referencia en esta desbordante entrega divina. En el Espíritu Santo, el Hijo responde a la entrega total del Padre en forma de gratitud total. Así, el Dios Trino es Dador, Don y Agradecimiento. Este movimiento desde el Padre por el Hijo en el Espíritu y de regreso a su origen, es lo que San Gregorio de Nisa llamó “la danza circular de la Santísima Trinidad”. Así es cómo Dios ora: por medio de la danza. Es una gran celebración de la pertenencia, dando y agradeciendo. Podemos comenzar a unirnos a esa danza en nuestro corazón ahora mismo, a través de la gratitud. ¿Qué otra cosa podría llamarse vida en plenitud?

Tomado del libro del hermano de David, «La gratitud, corazón de la plegaria».

 

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