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Detrás de la máscara

Puede sucedernos, aún inconscientemente, que vivamos detrás de una máscara, una fachada que hemos construido y que presentamos ante los demás, con la que buscamos conformar las expectativas ajenas. El psicólogo Carl Rogers analiza este fenómeno y presenta casos que lo ilustran.


AAparentemente, el objetivo más deseable para el individuo, la meta que persigue a sabiendas o inconscientemente, es llegar a ser él mismo. Quisiera aclarar lo que esto significa.

Cuando una persona llega a mí, atribulada por su peculiar combinación de dificultades, es sumamente útil crear una relación en la que se sienta segura y libre. Mi propósito es comprender cómo se siente en su propio mundo interno, aceptarlo tal como es y crear una atmósfera de libertad que le permita expresar sin traba alguna sus pensamientos, sus sentimientos y su manera de ser. ¿Cómo emplea el paciente esta libertad?

En mi experiencia, he observado que la utiliza para acercarse a sí mismo. Comienza a abandonar las falsas fachadas, máscaras o roles con que ha encarado la vida hasta ese momento. Parece tratar de descubrir algo más profundo, más propio de sí mismo y empieza por despojarse de las máscaras que usaba conscientemente. En una entrevista de asesoramiento, una joven estudiante describe una de las máscaras que ha utilizado hasta ese momento, y señala que le preocupa intensamente el hecho que, tras de la fachada apacible y simpática que presenta, exista una persona con convicciones propias.

“De alguna manera, he desarrollado algo así como una habilidad especial: la costumbre de tratar de que la gente se sienta cómoda a mi lado o de que las cosas se desarrollen apaciblemente. Siempre tenía que haber un pacificador, como el aceite que suaviza las aguas. En una pequeña reunión o fiesta o lo que fuera, yo podía lograr que todo saliera bien y aún dar la impresión de estar disfrutando. A veces me sorprendía a mí misma manifestando una opinión contraria a mis propias convicciones si veía que de otra manera mi interlocutor podía sentirse mal. En otras palabras, nunca me manifesté firme y decidida acerca de las cosas. Creo que la razón por la que me comportaba de ese modo es que en casa siempre hacía lo mismo. Directamente, nunca me puse a defender mis propias convicciones, hasta tal punto que no sé si en realidad tengo convicciones que defender. Nunca he sido realmente honesta, en el sentido de procurar ser yo misma, ni creo conocerme en realidad. Simplemente he estado interpretando un papel falso”.

En este fragmento vemos que la paciente examina la máscara que ha utilizado hasta ese momento, advierte su insatisfacción y se pregunta cómo puede llegar a su verdadera personalidad, en caso de que éste exista.

En este intento de descubrir su auténtico yo, el paciente habitualmente emplea la relación para explorar y examinar los diversos aspectos de su propia experiencia y para reconocer y enfrentar las profundas contradicciones que a menudo descubre. Entonces aprende que en gran medida su conducta y los sentimientos que experimenta son irreales y no se originan en las verdaderas reacciones de su organismo, sino que son sólo una fachada, una apariencia tras la cual trata de ocultarse. Descubre que una gran parte de su vida se orienta por lo que él cree que debería ser y no por lo que es en realidad. A menudo advierte que sólo existe como respuesta a exigencias ajenas, y que no parece poseer un yo propio; descubre que trata de pensar, sentir y comportarse de la manera en que los demás creen que debe hacerlo.

La forma más profunda de desesperación es la del individuo que ha elegido ser alguien diferente de sí mismo. ~Sören Kierkegaard
En relación con este problema, me ha sorprendido comprobar la precisión con que el filósofo danés Sören Kierkegaard describió, hace más de un siglo, el dilema del individuo, haciendo gala de una perspicaz intuición psicológica. Este autor señala que, por lo general, la causa de la desesperación reside en no elegir ni desear ser uno mismo, y que la forma más profunda de desesperación es la del individuo que ha elegido “ser alguien diferente de sí mismo”. Por otro lado, “en el extremo opuesto a la desesperación se encuentra el desear ser el yo que uno realmente es”, y en esta elección radica la responsabilidad más profunda del hombre.

Esta exploración se torna aún más dolorosa cuando los pacientes se abocan a la tarea de abandonar las actitudes cuya falsedad antes ignoraban. Estos pacientes se embarcan en el aterrador trabajo de explorar los sentimientos turbulentos y a veces violentos que abrigan en su interior. La remoción de una máscara hasta entonces considerada una parte muy real de uno mismo puede ser una experiencia profundamente perturbadora; sin embargo, el individuo avanza hacia ese objetivo cuando tiene libertad de pensar, sentir y ser.

Algunas afirmaciones de una persona que llevó a cabo una serie de entrevistas psicoterapéuticas servirán para ilustrar lo que decimos. Esta paciente emplea muchas metáforas al describir su lucha por llegar a su propia esencia:

“Al principio creía que en mi interior no había nada, sólo un gran vacío donde yo necesitaba y deseaba que hubiera un núcleo macizo. Luego comencé a sentir que enfrentaba una sólida pared de ladrillos, demasiado alta para saltarla y demasiado gruesa para atravesarla. Un día la pared dejó de ser sólida y se volvió translúcida. Después de esto me pareció que se desvanecía, pero detrás de ella descubrí un dique que contenía aguas violentas y tumultuosas. Sentí como si estuviera soportando toda la fuerza de esas aguas y pensé que si abría un pequeño orificio, yo y todo lo que me rodeaba seríamos arrasados por el torrente de sentimientos que ellas representaban. Por último, no pude soportar más la tensión y cedí. Todo lo que hice, en realidad, fue sucumbir a una absoluta y total autocompasión, luego al odio y después de éste, finalmente al amor. Después de esta experiencia me sentí como si hubiera saltado a la otra orilla y me encontrara a salvo, aunque todavía titubeaba un poco. No sé qué buscaba ni a dónde me dirigía, pero entonces me sentí como siempre me he sentido al vivir realmente; estaba avanzando”.

Creo que este fragmento ilustra con bastante claridad el sentimiento que muchas personas experimentan: que si no mantienen la fachada falsa, la pared, el dique, todo será arrasado por la violencia de los sentimientos que descubren ocultos en su mundo privado. Sin embargo, en este extracto es posible observar la necesidad del individuo de buscarse y llegar a ser él mismo y el modo en que determina su propia realidad: cuando experimenta plenamente los sentimientos de que es en el nivel orgánico, se siente seguro de ser una parte de su sí mismo auténtico, tal como esta paciente, que experimentó autocompasión, odio y amor.

De manera progresiva y dolorosamente, el individuo explora lo que se oculta tras las máscaras que presenta al mundo, y aun detrás de la fachada con que se ha estado engañando. Experimenta con profundidad (y a menudo vívidamente) los diversos aspectos de sí mismo que habían permanecido ocultos en su interior. De esta manera llega a ser él mismo, no una fachada conformista con los demás, ni una negación cínica de todo sentimiento, sino un proceso vivo que respira, siente y fluctúa; en resumen, llega a ser una persona.

Extractos de: Carl R. Rogers, “El proceso de convertirse en persona”, Ed. Paidós, México, 1964, reimpresión 2009.


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