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Las preguntas de la vida

Quizá la filosofía interese a unos pocos, a los que tienen vocación filosófica. Entonces, ¿por qué imponérsela a todos en la educación secundaria? ¿No es una pérdida de tiempo? Éstas son, entre otras, las preguntas que se hace Fernando Savater, reconocido filósofo español, en su libro “Las preguntas de la vida”.


Se le ha reprochado a la filosofía que era cosa de niños, adecuada en los primeros años, pero impropia de adultos hechos y derechos. En todo caso, serán los científicos, los técnicos y especialistas quienes, por su capacidad, brinden información sobre la realidad. Son ellos los considerados como “aquellos que saben de verdad”.

¿Es información lo único que buscamos para entendernos mejor a nosotros mismos y a lo que nos rodea? No necesariamente.
En nuestra época, la de los grandes descubrimientos técnicos, ¿qué información podemos recibir de la filosofía? Ciertamente, como diría Sócrates, “nada”. ¿Pero es información lo único que buscamos para entendernos mejor a nosotros mismos y a lo que nos rodea? No necesariamente. Podemos recibir información, datos, opiniones; pero de todos modos, todo ello no alcanza para responder a nuestros interrogantes. No queremos más información; queremos saber lo que significa la información que tenemos, cómo interpretarla y cómo relacionarla con otras informaciones. Éstas son las preguntas a las que atiende la filosofía.

No existe una información propiamente filosófica, pero sí puede haber conocimiento filosófico, y nos gustaría llegar a que haya también sabiduría filosófica. Por ejemplo: Tenemos información de que un número de personas muere diariamente de hambre en todo el mundo. Tendremos respuestas científicas, estadísticas, etc., que respondan cuando nos cuestionemos en qué mundo vivimos. Pero ciertamente, aquellas pueden no conformar nuestro deseo de lo significativo de la cuestión.

Una cosa es saber después de haber pensado y discutido, y otra muy distinta es adoptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar.
Otro ejemplo: Imaginemos que nos situamos en el Museo del Prado frente a un cuadro célebre: “El jardín de las delicias”, de El Bosco. ¿Cómo podremos entender esta obra maestra? Desde un análisis físico-químico veremos su textura, su composición, los pigmentos utilizados, su material, etc. Además podremos hacer una descripción de su contendido, sean personas, paisajes, animales o vegetales, objetos, etc. A su vez, podremos situarnos en la época en que se realizó, en su autor, su estilo, los temas que representa, la cultura y su ámbito social. Y por último, podremos descubrir su contenido alegórico, simbólico o figurado. La perspectiva filosófica, por su parte, nos llevará desde lo que es el cuadro a los que somos nosotros, y luego a lo que es la realidad toda, para regresar finalmente al cuadro mismo.

Por todo esto podemos establecer con claridad las diferencias esenciales entre la filosofía y la ciencia: mientras la ciencia es impersonal, progresiva y acumulativa, busca saberes, investiga, contesta preguntas y da respuestas o soluciones satisfactorias, obtiene logros que puedan ser consultados, establece leyes generales y da soluciones científicas, la filosofía tiene como protagonista al hombre. Las respuestas científicas le sirven solo como referente e indicador. La filosofía vincula el conocimiento con lo que sabemos, con nuestras opciones vitales y nuestros valores, busca suposiciones, busca saber lo que supone el conjunto de saberes, busca saber si son saberes verdaderos o una ignorancia disfrazada, cultiva la pregunta, y no ofrece una solución total: sus logros pueden meditarse, y sirven de fuente de inspiración para el obrar científico.

Detalle de “La Escuela de Atenas”, de Rafael.

Ambas poseen modos claros y distintos de llegar a las respuestas. Por un lado la ciencia, con su método científico, que no necesariamente debe volver a recorrer el camino de los razonamientos, cálculos y experimentos. La filosofía, con su método filosófico, considera necesario para comenzar a filosofar recorrer el camino que dejaron los antecesores, ya que no parte de aceptar las respuestas de otros, sino de hacerlas propias.

Mientras la ciencia pretende explicar cómo están hechas las cosas y cómo funcionan, y desmonta la realidad en elementos teóricos, la filosofía se centra en lo que significan las cosas para nosotros, y relaciona todo con todo lo demás. El objeto de la ciencia es mejorar nuestro conocimiento colectivo de la realidad. La filosofía ayuda a transformar y ampliar la visión personal del mundo.

Así lo ilustra Thomas Nagel, profesor de filosofía en una universidad de Nueva York: «La principal ocupación de la filosofía es cuestionar y aclarar algunas ideas muy comunes que todos nosotros usamos cada día sin pensar sobre ellas. Un historiador puede preguntarse qué sucedió en tal momento del pasado, pero un filósofo preguntará: ¿qué es el tiempo? Un matemático puede investigar las relaciones entre los números pero un filósofo preguntará: ¿qué es un número? Un físico se preguntará de qué están hechos los átomos o qué explica la gravedad, pero un filósofo preguntará: ¿cómo podemos saber que hay algo fuera de nuestras mentes? Un psicólogo puede investigar cómo los niños aprenden un lenguaje, pero un filósofo preguntará: ¿por qué una palabra significa algo? Cualquiera puede preguntarse si está mal colarse en el cine sin pagar, pero un filósofo preguntará: ¿por qué una acción es buena o mala?».

Kant observó que no se puede enseñar filosofía, sino enseñar a filosofar. No se trata de transmitir un saber sino de enseñar un método, es decir, un camino para el pensamiento, una forma de mirar y de argumentar.

Sócrates afirmó “Solo sé que no sé nada”, ya que no se consideraba poseedor de ninguna verdad, pues veía objeciones y falta de fundamento en lo que se tenía por sabido, y quería respuestas a sus preguntas y aclarar sus dudas. Consideraba que no era lo mismo saber de verdad que limitarse a repetir lo que comúnmente se tiene por sabido. Una cosa es saber después de haber pensado y discutido, y otra muy distinta es adoptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar. Platón, comentando las palabras de su maestro, dijo: “Saber que no se sabe es preferible a considerar como sabido lo que no hemos pensado a fondo nosotros mismos. Una vida sin examen, es decir, la vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las preguntas esenciales, ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena de vivirse”. Al menos el filósofo reconoce su ignorancia.

Resumen de “El por qué de la filosofía”, introducción al libro “Las preguntas de la vida”, de Fernando Savater.


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