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Lavar los platos con reverencia

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Puede pasarnos que nuestras tareas diarias se conviertan en algo que queremos terminar lo antes posible, por no encontrarles un sentido… El hermano David nos habla de entregarles un sentido a nuestras tareas cotidianas. Ejemplo de ello son los consejos que dejó acerca del lavado de la vajilla, sabiendo que “a la mayoría de la gente le disgusta lavar los platos”.


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Puede pasarnos que el trabajo o las tareas diarias se conviertan en algo que queremos terminar lo antes posible, por no encontrarles un sentido… ¿Por qué nos ocurre esto? Quizás se deba a que estamos acostumbrados a mirar demasiado el objetivo de nuestras actividades, el “para qué” hago esto o lo otro, y no tanto la actividad en sí. En su libro La gratitud, corazón de la plegaria, el hermano David nos invita a encontrarle un sentido a todo lo que hacemos:

La actividad humana puede dividirse en dos categorías: trabajo y juego. Trabajamos para obtener un propósito útil; jugamos simplemente para disfrutar: el juego tiene sentido en sí mismo.

Tomar el trabajo como un juego nos puede sonar a tomarlo a la ligera; y sin embargo, el trabajo así encarado resulta ser el más eficiente. Tomar el trabajo como un juego significa darle al trabajo lo que es propio del juego, es decir, poner el énfasis en el sentido.

Si a nuestro trabajo, hecho por un objetivo, le encontramos un sentido, veremos que podemos disfrutarlo, y así ya no estaremos cada día esperando ansiosamente que llegue la hora de terminar de trabajar. Si cada día perdemos aunque más no sea unos minutos tratando de sacarnos de encima esto o aquello, a la larga habremos desperdiciado días, semanas e incluso años de nuestra vida.

De todos modos, estamos a tiempo de rescatar al trabajo de transformarse en una rutina tediosa; podemos aprender a trabajar con espíritu de juego. Esto significa hacer nuestro trabajo no sólo por su utilidad, sino además por el placer que podemos encontrar al hacerlo poniendo en él nuestro corazón, con gratitud. Solo trabajando con espíritu de juego lograremos estar plenamente vivos.

Como ilustración de estos conceptos, les compartimos una nota tomada de la revista Wind Bell (San Francisco, 1968) en que el hermano David da algunos consejos para el lavado de platos:


El pasado julio el Hermano David fue jefe de lavaplatos en el monasterio de Tassajara, y antes de irse de allí modificó completamente el ritual del lavado de platos y volvió a entrenar a los estudiantes. Después, desde su monasterio de Mount Saviour, Nueva York, envió al encargado sus sugerencias para los futuros lavaplatos. Estas sugerencias iban desde “un poco de vinagre en el agua de enjuague hace brillar los vasos” y “los gatos agradecen la leche que queda en las tazas de las mesas de huéspedes” hasta “deberíamos escuchar el sonido del agua y del fregado, de los distintos sonidos que producen los platos al golpear unos con otros. Los sonidos de nuestro trabajo nos dicen mucho de nuestra práctica… A la mayoría de la gente le disgusta lavar los platos. Quizás podamos aprender a apreciar el contacto con los tazones de madera, las ollas y los jarros, y todo lo que tocamos, el peso de lo que levantamos y apoyamos, los distintos olores y sonidos. San Benito, patriarca de los monjes de Occidente, dice que en un monasterio toda olla y toda sartén debería ser tratada con la misma reverencia que los vasos sagrados del altar.”

 

  • responder Nevi de Fatima ,

    Si, cada acción, realizada a conciencia plena, nos genera bienestar y felicidad.

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