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Encuentro con Dios a través de los sentidos

David Steindl-Rast
Partiendo de la experiencia del amor, de un sentimiento de pertenencia universal, podemos arribar a la experiencia de Dios, quien nos habla a través de todo lo que existe. Escuchar su voz requiere hacernos más sensibles.


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¿Qué entendemos por “Dios”?

Cuando alguien me pregunta acerca de mi relación personal con Dios, mi primera respuesta espontánea es una pregunta: ¿Qué entiende usted por “Dios”? Durante décadas he hablado de religión con gente de todo el mundo, y de esta experiencia aprendí una cosa: la palabra “Dios” debe ser utilizada con sumo cuidado si queremos evitar malentendidos. Por otra parte, si logramos coincidir en ese núcleo místico del que todas las tradiciones religiosas surgen, ello puede significar un acuerdo de amplio alcance entre los seres humanos. Incluso aquellos que no se identifican con ninguna religión organizada, están a menudo profundamente arraigados en experiencias espirituales. Aquí es donde encuentro mi propio punto de referencia para el sentido de la palabra “Dios.” Esta palabra necesita estar fundada en la conciencia mística común todos los seres humanos antes de empezar a hablar de ella.

Lo que experimento como mi anhelo de Dios, es el anhelo de Dios por mí.
En nuestros mejores momentos, en los que nos sentimos más vivos que nunca –en nuestros momentos místicos, si se quiere– tenemos un profundo sentido de pertenencia. En esos momentos somos conscientes de estar como en casa en el universo; sabemos que no somos huérfanos en el mundo. En nuestra mente no nos quedan dudas de que pertenecemos a este hogar de la Tierra, en el que cada miembro está unido a todos los demás: los insectos a los castores, Susanas de ojos negros a los agujeros negros, los quarks a las codornices, los relámpagos a las luciérnagas, los seres humanos a las hienas y al humus. (1) Decirle “sí” a esta ilimitada pertenencia mutua es lo que constituye al amor. Cuando hablo de Dios, me refiero a este tipo de amor, este gran “sí” a la pertenencia. Personalmente, experimento ese amor como el “Sí” de Dios a todo lo que existe (incluido yo mismo), así como mi pequeño “sí” a todas las cosas. Al decir este “sí”, experimento la vida y el amor de Dios dentro de mí.

Pero hay más en este “sí” del amor que un simple sentido de pertenencia. Hay también, además, un profundo anhelo. ¿Quién no ha experimentado en el amor tanto el anhelo como la pertenencia? Paradójicamente, ambos aumentan su intensidad mutuamente. Cuanto más íntimamente pertenecemos, más anhelamos pertenecer plenamente. El anhelo añade un aspecto dinámico a nuestro “sí” del amor. El fervor de nuestro anhelo se convierte en la expresión y la misma medida de nuestra pertenencia. Nada es estático. Todo está en movimiento con un dinamismo que es, por otra parte, muy personal.

La fuente divina debe tener todas las perfecciones de la personalidad. ¿De dónde si no podría yo haberlas recibido?
Cuando el amor es genuino, la pertenencia es siempre mutua. El amado pertenece al amante, así como el amante pertenece a la persona amada. Pertenezco a este universo y al “Sí” divino que es su origen, y esta pertenencia también es mutua. Esta es la razón por la que puedo decir “mi Dios”, no en un sentido posesivo, sino en el sentido de una relación amorosa. Ahora, si mi más profunda pertenencia es mutua, ¿es posible que mi más ferviente anhelo sea también mutuo? Tiene que ser así. Aunque parezca desconcertante, lo que experimento como mi anhelo de Dios es el anhelo de Dios por mí. Uno no puede tener una relación personal con una fuerza impersonal. Es cierto, no debo proyectar en Dios las limitaciones de la persona; sin embargo, la fuente divina debe tener todas las perfecciones de la personalidad. ¿De dónde si no podría yo haberlas recibido?

Tiene sentido entonces hablar de una relación personal con Dios. Somos conscientes de ello (al menos intuitivamente) en momentos en los que estamos más despiertos, más vivos, en los que somos más plenamente humanos. Podemos cultivar esta relación con Dios buscando estar más despiertos, viviendo nuestra vida al máximo.

¿Cómo nos habla Dios?

La Biblia expresa estas ideas con la frase “Dios habla”. Habiendo sido criado en la tradición bíblica, me siento cómodo con este lenguaje, aunque sería reacio a imponérselo a otros. Lo que importa es que lleguemos a un entendimiento común de qué quiere expresar este o cualquier otro lenguaje. “Dios habla” es una manera de apuntar hacia mi relación personal con la Fuente Divina. Esta relación puede ser entendida como un diálogo. Dios habla, y yo soy capaz de responder.

La inagotable poesía de Dios viene a nosotros en cinco idiomas: la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto.
Ahora bien, ¿cómo habla Dios? A través de todo lo que existe. Cada cosa, cada persona, cada situación es, en última instancia, una Palabra. Esa Palabra me dice algo y me pide una respuesta. Cada momento, con todo lo que contiene, pronuncia aquel “Sí” en una forma única y nueva. Al responder, momento a momento, palabra tras palabra, yo mismo paso a ser esa Palabra que Dios pronuncia en mí y a través mío.

Es por esto que estar plenamente despiertos es una tarea tan importante. ¿Cómo vamos a responder al momento presente si no estamos atentos a su mensaje? ¿Y cómo podremos estar alertas si nuestros sentidos no están plenamente abiertos? La inagotable poesía de Dios viene a nosotros en cinco idiomas: la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto. Todo lo demás es interpretación; es crítica literaria, si se quiere, pero no la poesía original. Sabemos que la poesía se resiste a la traducción; podemos captar todo su sentido únicamente en su idioma original. Esto es tanto más cierto al hablar de la divina poesía de las sensaciones. ¿Cómo podríamos darle sentido a nuestra vida sino a través de nuestros sentidos?

¿Cuándo y a qué cosas responden nuestros sentidos con más facilidad? Si me hago esta pregunta a mí mismo, inmediatamente pienso en la jardinería. Mi ermita, en la que tengo el privilegio de vivir la mayor parte del año, tiene un pequeño jardín. Para lograr una variedad de fragancias, en él cultivo jazmines, menta, salvia, tomillo, y ocho variedades de lavanda. ¡Qué abundancia de aromas deliciosos en tan pequeña porción de tierra! ¡Y qué variedad de sonidos! Lluvia en primavera, viento en otoño, y pájaros todo el año: torcazas, arrendajos y reyezuelos; el grito agudo del halcón al mediodía y el ulular de los búhos al anochecer. El barrer de la escoba, el tañer de las campanas, el crujido de los portones… ¿Quién podría poner en palabras el sabor de las frutillas, de los higos? ¡Qué infinito despliegue de cosas que toco! Desde el césped húmedo bajo mis pies descalzos por la mañana, hasta los montículos sobre los que me recuesto cuando el día refresca al atardecer. Mis ojos van y vienen de lo cercano a lo lejano: desde un abejorro dorado que se pierde entre los pétalos de las rosas, o desde la inmensa expansión del Pacífico, apareciendo debajo del acantilado sobre el que se levanta la ermita, hasta el horizonte lejano en el que el cielo y el mar se funden en la niebla.

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Sí, lo reconozco: poder disponer de un lugar solitario como éste es un regalo inestimable. Un lugar así hace más fácil el expandir el corazón, y ayuda a los sentidos a despertar, uno por uno, para gozar de una fresca vitalidad. Sin embargo, cualesquiera sean las circunstancias en que vivamos, necesitamos buscar un tiempo y un lugar para este tipo de experiencias. Esto no es un lujo, sino una necesidad vital. Con estas experiencias, se vivifica mucho más que la vista o el oído: nuestro corazón despierta y responde. Sin el estímulo de los sentidos, el corazón permanece aburrido, adormecido, medio muerto. Y en la medida en que nuestro corazón despierta, somos capaces de asumir nuestros desafíos y responder con responsabilidad.

¿Cómo responder a Dios?

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Solemos pasar por alto la conexión que hay entre capacidad de respuesta y responsabilidad, entre la agudeza de los sentidos y la problemática social. El exterior y el interior forman un todo. A medida que aprendemos a ver realmente con nuestros ojos, comenzamos también a ver con el corazón. Comenzamos a enfrentar aquello que preferiríamos obviar; empezamos a ver lo que sucede en éste, nuesto mundo. En la medida en que aprendemos a escuchar con nuestros oídos, nuestro corazón comienza a oír el clamor de los más necesitados. Podemos igualmente comenzar a sentir que “algo huele mal en el Estado de Dinamarca” (2) ; o podemos sentarnos a la mesa y probar las lágrimas amargas de los oprimidos, que importamos junto con el café y las bananas. Estar en conexión con nuestro propio cuerpo es estar en conexión con el mundo, incluyendo el Terecer Mundo y otras áreas de las que nuestro corazón adormecido se aleja por conveniencia. Por eso no es de extrañar que quienes ostentan el poder, quienes se preocupan por mantener las cosas como están, miran de reojo a cualquier cosa que pueda hacer reaccionar a la gente.

En mis viajes me podido notar lo fácil que es perder el foco de atención. La sobresaturación de los sentidos puede hacernos disminuir nuestro estar alertas. Un aluvión de estímulos tiende a distraer la atención del corazón. Esto me hace valorar más aún mi ermita, y me da una nueva comprensión de lo que significa la soledad. La ermita que hay en cada uno de nosotros no huye del mundo, sino que busca ese sitio de quietud en el que el corazón del mundo se deja oír. Todos nosotros, cada uno en medida diferente, necesitamos de la soledad, ya que todos necesitamos cultivar la plena atención.

A medida que aprendemos a ver realmente con nuestros ojos, comenzamos también a ver con el corazón. Comenzamos a enfrentar aquello que preferiríamos obviar; empezamos a ver lo que sucede en éste, nuesto mundo.
¿Cómo podemos hacerlo? ¿Hay algún método para cultivar la atención plena? Por supuesto, hay muchos métodos; el que yo he elegido es la gratitud. La gratitud puede practicarse, cultivarse, aprenderse; y al crecer la gratitud, crece también nuestra plena atención. Antes de abrir mis ojos por la mañana, me recuerdo a mí mismo que tengo ojos que ven, mientras que tengo millones de hermanos y hermanas ciegos, muchos de ellos a causa de las condiciones en que viven, y que podrían mejorarse si la familia humana fuera más sensata y distribuyera sus recursos razonable y equitativamente. Si abro mis ojos con este pensamiento en mente, tengo muchas chances de ser más agradecido por el don de la vista, y al mismo tiempo más atento a las necesidades de quienes carecen de ella. Y antes de apagar la luz por la noche, anoto en un calendario de bolsillo una cosa por la cual nunca antes me había sentido agradecido. He hecho esto durante años, y aún así la reserva de cosas que agradezco parece inagotable.

La gratitud le otorga alegría a mi vida. Pero, ¿cómo podría alegrarme de cosas que doy por sentado? Por eso, dejo de darlo todo por sentado, y así las sorpresas con las que me encuentro no tienen fin. La actitud agradecida es una actitud creativa, porque al fin de cuentas, la oportunidad es el don que encontramos dentro de cada momento. Y esto significa, sobre todo, la oportunidad de ver, oír, oler, tocar y gustar con placer. Una vez que nos hemos formado el hábito de aprovechar cada oportunidad, seremos capaces de enfrentar situaciones difíciles con creatividad. Pero por sobre todas las cosas, la gratitud imprime en nosotros ese sentido de pertenencia universal que mencioné al principio.

No hay vínculo más estrecho que el vínculo que establece la gratitud, el vínculo entre el que da y el que agradece. Todo es don. Vivir agradecidos es una celebración del dar y recibir de la vida, un “sí” ilimitado a la pertenencia.

¿Puede nuestro mundo sobrevivir sin esa gratitud? Cualquiera sea la respuesta, una cosa es cierta: decir “sí” a la pertenencia mutua entre todos los seres hará de este mundo un mundo más feliz. Es por eso que “Sí” es mi sinónimo favorito para “Dios”.

Hermano David Steindl-Rast, OSB

Artículo publicado en 1997 en el libro “Por el amor de Dios: Manual para el Espíritu”, editado por Benjamin Shields y Richard Carlson.

Notas:
(1) En el escrito original en inglés, los elementos aquí dispuestos en pares riman entre sí.
(2) Hamlet, acto 1, escena 4.


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  • responder Milagros ,

    Me encanto leer su artículo…fue un absoluto placer. Imaginar que todo cuanto nos rodea en la naturaleza ha sido diseñado por un Dios sorprendente y maravilloso, que nos acoge el alma a través de todos nuestros sentidos….es realmente una gran bendición.

    • responder patricia ,

      mwe gusta contactarme con vos, nos parecemosssssssssss

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