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Palabras clave para una vida plena

David Steindl-Rast
Sorpresa, esperanza, Dios, pertenencia, sentido… Compartimos una lista elaborada por el hermano David que abarca conceptos desde la óptica de la gratitud como clave de la felicidad.


El hermano David Steindl-Rast cierra su libro La gratitud, corazón de la plegaria con una lista de palabras clave, a modo de un “diccionario de la gratitud”. La gratitud es el camino para una vida más plena; sin embargo, la plenitud implica, paradójicamente, un vaciamiento del propio ego. Así lo expresa el hermano David:

Aquellos que han llegado a realizarse plenamente como personas, son paradójicamente personas desinteresadas. Las ocasiones en que experimentamos una vida plena, son ocasiones en que nos olvidamos de nosotros mismos. ¿Acaso no tenemos todos experiencia de ello? La plenitud que ansía el corazón humano está al alcance de todos; sin embargo, no es algo que podemos atrapar o poseer. Seremos plenos en la medida en que nos vaciemos de nosotros mismos.

En mis escritos hablo de gratitud, fidelidad, espíritu de oración, y otros aspectos de la vida en plenitud. Pero para cualquier forma de plenitud, el vacío de sí mismo es condición necesaria. Teniendo esto presente, he reunido aquí palabras clave acompañadas de un breve comentario. Esta lista está compuesta como ayuda memoria para quienes me han leído. Sin embargo, en ocasiones podrá ir más allá y señalar palabras que uno sólo puede saborear en el silencio.

Acción de gracias

En un nivel superficial, el dar las gracias es una mera convención social. Sus formas son muy variadas. En algunas sociedades, la ausencia de una expresión verbal no indica falta de gratitud, sino una conciencia de una mutua pertenencia; conciencia mayor que la que nuestra sociedad tiene. Para esas sociedades, el decir “gracias” les puede parecer tan inapropiado como a nosotros nos puede parecer el que recibamos unas monedas por un favor hecho. Cuanto más perdemos el sentido de pertenencia a una gran familia, tanto más explícitamente necesitamos expresar esa pertenencia cuando ésta se concreta en un don. Dar las gracias significa hacer explícita la pertenencia mutua. El agradecimiento genuino nace del corazón, donde estamos enraizados en una pertenencia universal.

Una acción de gracias genuina involucra a toda la persona: el intelecto reconoce el don como un don (dar las gracias presupone pensar), la voluntad acepta la interdependencia entre el dador y el receptor, y los sentimientos celebran la alegría de esa pertenencia mutua. Sólo cuando la inteligencia, la voluntad y los sentimientos se unen es cuando la acción de gracias es genuina, es decir, de corazón.

Alegría

La felicidad ordinaria depende de los acontecimientos, mientras que la alegría es una felicidad extraordinaria que es independiente de lo que nos ocurra. La buena suerte puede hacernos felices, pero no puede darnos una alegría perpetua. La raíz de la alegría es la gratitud. Solemos malinterpretar la relación entre alegría y gratitud: notamos que las personas alegres son agradecidas, y suponemos que están agradecidas de ser alegres. Sin embargo, es al revés: su alegría brota de su gratitud. Si uno tiene toda la suerte del mundo, pero no la valora, dicha suerte no produce ninguna alegría; por el contrario, incluso la mala suerte puede ser causa de alegría para aquellos que buscan ser agradecidos. Tenemos la llave de la felicidad en nuestras manos, puesto que no es la alegría lo que nos hace agradecidos, sino que la gratitud es lo que nos hace alegres.

Amor

La experiencia del enamoramiento suele moldear el concepto que tenemos del amor en general, lo cual es un error. La atracción pasional es ciertamente un elemento importante, pero es un tipo de amor demasiado específico como para servir de modelo para el amor en general. Si buscamos características que se puedan aplicar a todas las formas del amor, podemos encontrar por lo menos dos: el sentido de pertenencia, y la aceptación plena de esa pertenencia y de todo lo que ella implica. Estas dos características se dan en todas las formas del amor, desde el amor a la patria hasta el amor a las mascotas, mientras que la atracción pasional sólo se da en el enamoramiento. El amor es un sí pleno a la pertenencia. Cuando nos enamoramos, nuestro sentido de pertenencia es arrollador, y nuestro “sí” es espontáneo y dichoso. El enamorarse encierra un desafío a crecer en el amor. Podemos ampliar el campo de nuestro “sí”, es decir, ser capaces de dar el sí en condiciones menos favorables, y aceptar sus consecuencias hasta llegar incluso al amor a los enemigos. A partir del 6 de agosto de 1945, nadie puede negar que todos estamos en una misma nave llamada Tierra. Elissa Melamed pregunta: “Si estás con tu peor enemigo en un mismo bote, ¿le harías un agujero al bote en la parte donde él está sentado?”

Apertura

Observando el modo en que una amapola abre sus pétalos a la luz del sol, Rilke se pregunta: ¿Y nosotros? ¿Cuándo estaremos dispuestos a abrir nuestro ser completamente? Apertura, en este sentido, indica una actitud básica ante la vida, una disponibilidad para acoger la vida en plenitud. Ahora bien, la apertura considerada en sí misma, ¿es plenitud o es vacío? Pensemos por ejemplo en la esperanza y su apertura a la sorpresa. Una esperanza plenamente abierta se da cuando queda vacía de todas sus expectativas. Tomemos como ejemplo la figura del círculo , cuya línea delimita un espacio vacío, y sin embargo es el símbolo de la plenitud. La interacción entre plenitud y vacío gira en torno a la apertura.

Asombro

G. K. Chesterton nos recuerda en uno de sus juegos de palabras que lo asombroso nunca va a faltar en este mundo; lo que falta es el asombro. No necesitamos buscar más allá de las leyes naturales para encontrar maravillas; las mismas leyes naturales son asombrosas en sí mismas y dignas de asombrarnos. Piet Hein nos recuerda:

Con ligereza hablamos de las leyes de la naturaleza,
mas, ¿tienen las cosas una causa natural?
La tierra negra que llega a ser una flor amarilla,
siempre será un misterio irresoluto.

Si no nos asombramos de lo natural, ¿de qué nos podremos asombrar? Mientras estemos llenos de nosotros mismos, seremos incapaces de asombrarnos, y la vida nos parecerá vacía. Por el contrario, en el asombro nos perdemos: “perdidos, totalmente perdidos en asombro” (Tomás de Aquino, himno Adoro te devote), nos vaciamos de nuestro yo, y pronto comprendemos qué asombroso es todo, cuán lleno de maravillas, cuán pleno.

Autoridad

Durante mucho tiempo nuestra sociedad parece haber perdido de vista el sentido de la autoridad. Presuponemos ciegamente que el ser humano por naturaleza resiste cualquier autoridad externa. La verdad es precisamente lo contrario. El común de la gente tiende excesivamente a ceder ante la presión de la autoridad externa, incluso cuando ésta va en contra de la autoridad interna de la propia conciencia. Tenemos como ejemplo las atrocidades cometidas por ciudadanos comunes en la Alemania nazi u otras dictaduras, o el generalizado ceder ante la presión de otros, presente en toda cultura. Dada esta debilidad humana, el deber de la autoridad externa no es el de fortalecerse a sí misma, sino el de edificar la autoridad interna de las conciencias, alentando a todos a ser responsables de sí mismos. Puestas por escrito, estas palabras cobran una aparente autoridad. Sin embargo, este libro remite a una única autoridad: la propia experiencia del lector. Y dado que trata de las experiencias del corazón, remite a la autoridad del corazón. Lo hace en forma de pregunta y desafío. La pregunta es: A la experiencia de tu corazón, ¿le parece verdadera esta realidad? El desafío es: Despierta y permítele a tu corazón experimentar plenamente la realidad.

Camino

En los primeros siglos, quienes creían en Jesucristo eran conocidos simplemente como “seguidores del Camino” (Hch 9,2); sólo posteriormente recibieron el nombre de cristianos (Hch 11,26). Para evitar quedar atrapado en denominaciones, uno debe continuamente confiar en la dinámica experiencia de estar en camino. Al escuchar que Jesús dice “yo soy el Camino” (Jn 14,6), podríamos limitar esta afirmación lamentablemente, considerándolo un camino más entre miles. Ciertamente que este no es el significado de sus palabras, sino que quieren decir que cualquiera que está en camino hacia Dios, está en el camino de Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Cualquiera que sigue los anhelos más profundos de su corazón, está en camino; poco importa qué nombre le pone a ese camino. Quedarnos reclinados contra un cartel no es estar en camino, aún en caso que ese cartel lleve el nombre correcto. Lo que importa es caminar. Todos los que avanzan están en camino; esto implica encontrar la propia senda, dejando atrás el camino con cada paso que se da.

Católico

La palabra “católico” significa literalmente “que lo abarca todo”. Escribo esto como cristiano católico dado que no entiendo cómo la Buena Nueva puede seguir siendo buena sin que lo abarque todo. Obviamente, lo digo en sentido de “amplitud”. Jesús no excluyó nada: “Vayan por el mundo y anuncien la buena nueva a toda creatura” (Mc 16,15) No dice “sólo a los humanos”. La catolicidad debe entenderse también en sentido de “profundidad”, y esto puede ser menos obvio. Sin embargo, la buena nueva debe penetrar toda la realidad. Nada debe quedar excluido por bajo, indigno o profano. Toda realidad, dentro nuestro y alrededor nuestro, debe ser asumida y transformada. Lo opuesto a “católico” es “regional”, no “protestante”. Existen católicos regionales y católicos disidentes. Una persona con un modo de pensar regional puede llegar ser verdaderamente católica si se expone a experiencias de vida más amplias. Si Católico con “C” mayúscula significa algo, es todo un desafío para los católicos llegar a ser verdaderamente católicos, con “c” minúscula.

Comunicación

Pese a que la comunicación es algo básico, mucha gente tiene una noción muy pobre acerca de la dinámica de la comunicación. Son conscientes de que la comunicación facilita la comunión entre personas (el acuerdo mutuo, el sentido de comunidad, la acción común); sin embargo, no perciben que la comunión no es sólo el fruto de la comunicación, sino también su raíz. A menos que ya tengamos algo en común antes de comunicarnos, la comunicación resulta imposible. Por supuesto, el campo de lo que tenemos en común con los demás se expande y enriquece a medida que nos comunicamos. Sabemos que la comunicación profundiza y fortalece la comunión; lo que solemos olvidar es que la comunicación depende necesariamente de la comunión. Para poder comunicarnos necesitamos tener, por lo menos básicamente, un idioma en común. La comunicación sería imposible a través de un absoluto vacío. Afortunadamente, dicho vacío no existe. En su ser más profundo, cada creatura está ligada con todas las demás; de aquí que toda comunicación esté enraizada en esta comunión básica. Este concepto resulta relevante aplicado a la oración como comunicación con Dios. Si existiera un abismo, Dios estaría del mismo lado del abismo que nosotros, incluso antes de que se nos ocurriera construir un puente sobre ese abismo. O como dice Thomas Merton: la oración no consiste en un esfuerzo para llegar hasta Dios, sino en abrir los ojos para darnos cuenta de que ya estamos junto a Él.

Conocer

“El conocimiento es poder”, decimos, entendiéndolo como un poder que ejercemos para obtener lo que nos proponemos. La sabiduría, por el contrario, madura sólo cuando somos gradualmente subyugados por el sentido de las cosas. En la noción bíblica de conocimiento, ambos conceptos quedan reconciliados. En el dar-y-recibir del conocimiento sexual, que la noción bíblica toma como modelo, dominamos y somos dominados; logramos conocer al ser conocidos. Este dar-y-recibir puede ser entendido como un dar las gracias y recibirlas; el vínculo que une al que da y al que agradece es de un profundo reconocimiento mutuo.

Contemplación

La partícula “temp” significa medida. La terminación de la palabra contemplación indica un proceso. Y el prefijo “con” nos muestra que dicho proceso consiste en medir dos cosas enfrentándolas. De aquí que contemplación, entendida correctamente, confronta las realidades de arriba y las de aquí abajo, confronta el observar y el actuar. La contemplación traduce la visión en acción: así en la tierra como en el cielo. Una acción sin visión sería una acción errática; una visión sin acción sería una visión estéril. La visión contemplativa mide las cosas de arriba; la acción contemplativa ordena el caos de abajo. Si no queremos extraviarnos, debemos mantener los ojos fijos en las estrellas y los pies firmes en el suelo. En este sentido, todos debemos ser contemplativos.

Corazón

Cuando hablamos del corazón, nos referimos a toda la persona. El corazón es lo que constituye nuestra unidad. Es el centro de nuestro ser, donde somos uno con nosotros mismos, con los demás, con Dios. El corazón está siempre inquieto en su búsqueda de Dios, y al mismo tiempo, en lo más profundo de su ser, está siempre unido a Él. Vivir del corazón significa entonces vivir plenamente esta dinámica, búsqueda de Dios-unión con Dios. Ésta es la vida en plenitud.

Dar

La tribu de los Ibo, en Nigeria, tiene un proverbio que dice: “El que da es el corazón; las manos sólo entregan”. El dar es algo que sólo el corazón puede hacer. Esto es cierto no sólo para el caso de un regalo, sino para cualquier clase de don. Hay tres formas principales de dar: el renunciar, el agradecer y el perdonar (en inglés, give up, give thanks y forgive). El corazón sabe que todo pertenece a todo; por lo tanto, si vivimos impulsados por el corazón, somos capaces de renunciar sin temor. El corazón siente la pertenencia como algo natural; por lo tanto, si vivimos impulsados por el corazón, celebramos los lazos del dar y recibir mediante el agradecimiento. El corazón afirma que todo pertenece a todo; por lo tanto, si vivimos impulsados por el corazón, somos capaces de perdonar de corazón, pues en él, ofensor y ofendido son uno. Es en el corazón donde la sanación tiene su raíz. El perdonar es la perfección del dar.

Dar y recibir

“Y” es la palabra clave en este “dar y recibir”. El sólo dar es tan estéril como el sólo recibir. Si sólo tomamos aire y nos detenemos allí, morimos. Igualmente, si sólo soltamos el aire y nos detenemos allí, también morimos. La vida no es dar o recibir, sino dar y recibir. El ejemplo de la respiración es obvio; sin embargo, podemos encontrar ejemplos de este dar y recibir dondequiera que haya vida. Es la expresión dinámica de la pertenencia universal.

Devenir, llegar a ser

Lo que conocemos del ser es su devenir. Estar vivo, ser agradecido, etc. significa llegar a estar vivo, llegar a ser agradecido. Ser persona significa llegar a ser lo que somos. Si uno cesa este proceso de llegar a ser, simplemente deja de ser. Sin embargo, este proceso de llegar a ser implica dejar de ser lo que éramos antes. Como dice T.S. Eliot:

Para llegar ser lo que no eres
Debes tomar el camino en el que no estás.

El movimiento de la vida es un proceso de constante devenir. Sin embargo, en este proceso, el ser y el no ser, la plenitud y el vacío son inseparablemente uno. El recordar esta verdad nos puede prevenir de entender la plenitud de vida de forma simplista.

Dios

Considero a Dios como algo básico para la experiencia de todos, y lo considero únicamente de esta forma. “Nuestro corazón está inquieto”: es un hecho básico en toda experiencia humana. San Agustín continúa la frase: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios”. Esto no significa que primero conocemos a Dios como para que incluyamos la sed de lo divino en la lista de nuestros intereses. Por el contrario, primero conocemos la inquietud de nuestro corazón, y a lo que buscamos para calmar esa inquietud le damos el nombre de Dios. Y así, sumando experiencias del corazón, llegamos a conocer un poco más acerca de Dios, especialmente siguiendo la guía de maestros exploradores de lo divino. Sin embargo, lo que importa no es el conocimiento acerca de Dios, sino el conocer a Dios, como el norte magnético del corazón humano.

Entendimiento

Gracias al entendimiento encontramos el sentido de las cosas. En cada situación cargada de sentido, debe haber algo que tiene sentido. En primer lugar, tenemos la Palabra; además, debe haber Silencio, el horizonte de la palabra, la misteriosa matriz de donde la Palabra surge. Finalmente, debe haber Entendimiento, pues de otra forma nunca arribaríamos al sentido. Podemos decir entonces que la Palabra, el Silencio y el Entendimiento son las tres dimensiones del sentido. ¿Qué ocurre cuando entendemos algo? Nos entregamos tan completamente a la Palabra, que ella toma posesión de nosotros; y cuando ella nos lleva a casa, al Silencio de donde la Palabra surgió, entonces entendemos. Sin embargo, dejarse llevar de la Palabra requiere un esfuerzo; implica hacer lo que la Palabra nos indica. Cuando nos disponemos a escuchar tan profundamente que podemos oír lo que la Palabra nos pide y lo hacemos, entonces entendemos. Cualquier otra cosa no es entender; a lo sumo será un intento de comprender . Es imposible entender la natación sin mojarse; si queremos entender la vida, debemos vivirla.

Esperanza

Esperanza y expectativas están íntimamente relacionadas, pero no debemos confundirlas. Nuestras expectativas nos remiten a algo que imaginamos, mientras que la esperanza se refiere a lo inimaginable. Lo opuesto a expectativa es desilusión; lo opuesto a esperanza es desesperación. Uno puede aferrarse desesperadamente a sus expectativas, pero aún en una situación desesperada, la esperanza se mantiene abierta a la sorpresa. La sorpresa es lo que vincula a la esperanza con la gratitud: para el corazón agradecido, todo don es sorprendente. La esperanza es, entonces, apertura a la sorpresa.

Estar vivo

El sólo hecho de no haber muerto no es prueba suficiente de que uno está vivo. Estar vivo implica mucho más. Implica valor; sobre todo, el valor de enfrentar a la muerte. Sólo un ser que está vivo puede morir. Qué tan vivos estemos se mide por nuestra capacidad de morir. Alguien que está plenamente vivo es plenamente capaz de morir. En los momentos de mayor plenitud de vida nos reconciliamos con la muerte. En lo profundo de nuestro ser, algo nos dice que moriremos una vez que nuestra vida haya alcanzado su plenitud. Es el miedo a la muerte lo que nos impide llegar a estar plenamente vivos.

Experiencia cumbre

Abraham Maslow, quien colocó a las experiencias cumbre en el mapa de la sicología, insiste en que de ninguna manera pueden distinguirse de las experiencias descriptas por los místicos. Sin embargo, la mayoría de nosotros (si no todos) tenemos experiencias cumbre; momentos de un desbordante sentido de pertenencia, de plenitud y santidad universales; momentos en los que todo cobra sentido. “Aceptación” es una palabra usada a menudo para describir estas experiencias cumbre. Por un momento en el que nos parece estar fuera del tiempo, nos sentimos aceptados y a la vez aceptamos todo lo que existe. La gratitud impregna cada aspecto de estas experiencias. La devoción que brota de la religión de cada persona se ve alimentada por estos momentos de gratitud desbordante, de manera que esa religión se comprueba válida a la luz de estas experiencias. Los parámetros de una religión nacen de intuiciones obtenidas de estos momentos de aceptación y gratitud; es por esto que podemos señalar a la gratitud como la raíz de la religión.

Experiencia mística

Si la entendemos como una experiencia de comunión con la Realidad Última, entonces tenemos una definición de experiencia mística bastante acertada. Es mejor evitar el término “Dios” en nuestra definición, ya que no todos se sienten cómodos con llamarle Dios a la Realidad Última. Sin embargo todos nosotros, independientemente de la terminología, podemos experimentar momentos de una pertenencia arrolladora e ilimitada; momentos de una comunión universal. Esos son nuestros momentos místicos. Aquellos hombres y mujeres a quienes llamamos “místicos” se diferencian del resto simplemente por darle a esas experiencias un lugar en sus vidas. Por eso, lo que importa no es la frecuencia o la intensidad de las experiencias místicas, sino la influencia que hacemos que tengan en nuestra vida diaria. Si aceptamos nuestros momentos místicos, con todo lo que ellos ofrecen y exigen, seremos los místicos que estamos llamados a ser. Después de todo, un místico no es una clase especial de ser humano, sino que todo ser humano es una clase especial de místico.

Fe

Tener fe no significa principalmente creer algo, sino creer en alguien. La fe es confianza. Se necesita valor para confiar. Lo opuesto a la fe no es la incredulidad, sino la desconfianza, el temor. El temor nos hace aferrarnos a cualquier cosa que esté al alcance, incluso creencias. De este modo las creencias pueden llegar a ser un obstáculo para la fe. Una fe auténtica adhiere a los artículos de la fe con seguridad, pero sin aferrarse a ellos. Debemos confiar en Dios, no en la idea que nos hemos formado de Dios. Es por esto que se puede dar una gran comunión entre personas de fe profunda, aunque sus credos sean totalmente diferentes. Cuando las creencias se tornan más importantes que la fe, las diferencias incluso más pequeñas crean barreras insuperables. Si nuestra gratitud crece, crece también nuestra fe. La gratitud implica confianza en el donante. Una persona agradecida primero dice “¡gracias!”, y después abre el paquete para ver el regalo. Tener fe es tener el valor de responder agradecidamente a cualquier situación que se presente, movidos por la confianza en el Dador.

Gratuito

Podrá ser el universo
como dicen, inmenso.
Pero si no existiera
no se lo extrañaría.

Con cierta picardía, esta breve estrofa de Piet Hein deja en evidencia la gratuidad de absolutamente todo. El universo es gratuito; no se lo puede comprar, ni necesita que uno lo compre. De este simple hecho de experiencia nace la vida de gratitud, la vida llena de gracia. La gratitud es la respuesta del corazón a la gratuidad de todo lo que existe. Esta gratitud nos llena de gracia en un doble sentido: al abrir nuestro corazón a este universo gratuito, resultamos agraciados; al hacerlo, aprendemos a dejarnos conducir por él, como en una danza universal.

Humildad

Actualmente la humildad no es una virtud popular, mas no lo es porque no se la entiende correctamente. Muchos piensan que la humildad es la mentira piadosa de quienes dicen ser peores de lo que realmente consideran que son, para así estar orgullosos de ser tan humildes. En realidad, ser humilde simplemente significa ser “terrenal”. La palabra “humilde” está relacionada con el “humus”, la capa orgánica de la parte superior del suelo, así como con “humano” y “humor”. Si aceptamos la terrenidad de nuestra condición humana (para lo cual un poco de humor viene bien), lo haremos con humilde orgullo. En nuestros mejores momentos, nuestra humildad es simplemente un orgullo tan lleno de gratitud que es incapaz de creerse mejor que nadie.

Individuo

Es necesario distinguir entre individuo y persona. Somos individuos por ser distintos y separados de los demás, mientras que llegamos a ser personas por relacionarnos con los demás. Nacidos como tantos otros individuos, crecemos para llegar a ser personas. Para lograrlo, necesitamos de los demás. Los individuos difieren en el grado en que han llegado a ser personas, dado que sus relaciones con los demás difieren en complejidad e intensidad. Nuestra relación con los demás, al desarrollarse y cambiar, influye en nuestra relación con Dios y con nosotros mismos. Hacer demasiado hincapié en la individualidad lleva a la alienación del hombre, pues se niega nuestra mutua interdependencia. Cuando llegamos a ser personas, dicha individualidad es al mismo tiempo enriquecida y trascendida.

Jesucristo

Al decir no sólo Jesús ni sólo Cristo, sino Jesucristo, hacemos hincapié en la tensión entre dos puntos de referencia. Uno se da en el tiempo; es el Jesús histórico. El otro se da más allá del tiempo: es la realidad Crística en Él y en todos nosotros. Debemos mantener una creativa tensión entre estos dos aspectos, pues un desequilibrio haría que nuestra relación con Jesucristo se polarice: no seríamos capaces de ver más allá del contexto histórico, o por el contrario podríamos perder por completo la referencia histórica. El Jesús histórico provee un modelo objetivo para la vida de los cristianos; esto evita que el vivir la presencia de Cristo en nosotros derive en puro subjetivismo. Sin embargo, el Jesús histórico es sólo uno de los puntos de referencia en el encuentro auténtico con Jesucristo. El otro punto de referencia está expresado en las palabras “Cristo vive en mí” (Gal 2, 20).

Muerte

En la muerte ocurren dos cosas: se nos quita la vida y morimos. No hay nada más pasivo que el ser privados de la vida, incluso en caso que sea sólo la edad avanzada lo que nos produce la muerte. Sin embargo, no hay nada más activo que el morir. Más aún: el verbo “morir” no tiene voz pasiva. Yo puedo decir “me están matando”, pero no puedo decir “me están muriendo”. El morir es algo que debo hacer, y que no sucederá mientras no me entregue voluntariamente al cambio. Muero a lo que era para empezar a vivir lo que voy a ser. En este sentido, cada momento es un morir para vivir. Así, el temor a la muerte resulta un temor a la vida. Aprender a morir entonces, es aprender a vivir.

Natural / Sobrenatural

La distinción entre lo natural y lo sobrenatural es válida. Sin embargo, se trata de entidades inseparables; nadie puede trazar una línea divisoria entre ambas. Lo natural y lo sobrenatural no representan dos campos distintos de la realidad, dos capas del universo. Una misma realidad puede ser natural o sobrenatural, según cómo la tomemos. Todo aquello que podemos aprehender, física o intelectualmente, será siempre algo natural, puesto que al aprehenderlo lo limitamos. Por el contrario, lo sobrenatural es una realidad ilimitada; no podemos aprehenderla, sino que debemos dejarnos poseer por ella. Un balde lleno de agua de un río no es un balde “lleno de río”, por más agua que contenga. Sin embargo, si nos sumergimos en ese río, podremos nadar en él, no importa cuán lejos del nacimiento del río esté el punto en el que nos sumergimos. Así, no importa en qué punto de la realidad nos sumerjamos, siempre estaremos en contacto con la fuente sobrenatural de todo lo natural.

Nada

Cualquier cosa con que nos encontramos es algo o nada (thing/nothing). En su poema El hombre de la nieve, Wallace Stevens distingue entre “la nada que no es y la nada que es”. El sentido es la nada que es; no es una cosa concreta, y sin embargo es mucho más importante para el ser humano que todas las cosas juntas.

Ocio

Solemos entender al ocio como un privilegio de aquellos que pueden darse el lujo de disponer de tiempo libre. Sin embargo, el ocio no es un lujo sino una virtud. El ocio es la virtud de aquellos que le dedican a cada tarea el tiempo que ella requiere. Dar y recibir, juego y trabajo, sentido y objetivo encuentran en el ocio un perfecto equilibrio. Lograremos una vida plena en la medida en que aprendamos a practicar la virtud del ocio.

Oportunidad

Mientras no reconozcamos el papel preponderante que la oportunidad juega en el orden de las cosas, nuestra noción de gratitud será deficiente. Todo lo que existe en este mundo “dado” es un don; ahora bien, el don que cada don encierra dentro de sí mismo es la oportunidad. La mayoría de las veces esto significa oportunidad de disfrutar, pero a veces significa oportunidad de sacrificarse, de sufrir, e incluso de morir. Si no descubrimos las innumerables oportunidades que se nos presentan para disfrutar de la vida, ¿cómo vamos a estar atentos cuando se presente la oportunidad de servir a la vida? Quienes se dan cuenta de que el don dentro de cada don es la oportunidad, no entienden a la gratitud como pasiva. La gratitud es la actitud de conquista de un corazón dispuesto a aprovechar las oportunidades que se nos brindan a cada momento.

Oración

Debemos distinguir entre oración y oraciones. Recitar oraciones es una actividad entre otras, mientras que la oración es una actitud del corazón que puede transformar todas nuestras actividades. No podemos estar diciendo oraciones todo el tiempo, y sin embargo debemos “orar sin cesar” (1 Tes 5,17), lo que significa que debemos mantener nuestro corazón permanentemente abierto al sentido de las cosas. La gratitud es lo que nos hace mantener esta actitud; por lo tanto, el espíritu de gratitud es el espíritu de oración. Aquellos momentos en los que bebemos de la fuente del sentido son momentos de oración, por más que no los identifiquemos como tales. No existe ser humano que no ore, al menos en forma de conectarse con ideales que le dan sentido a su vida. Lo que cuenta es la oración, no las oraciones; sin embargo, las plegarias que recitamos son como la poesía de una vida de gratitud. Así como la poesía es una expresión de nuestro estar vivos y nos hace estar más vivos todavía, así las oraciones son expresiones de nuestro espíritu de oración y nos hacen más orantes.

Palabra

Cuando encontramos algo lleno de sentido, decimos que nos “habla”, que tiene un mensaje. En este sentido, podemos decir que cada cosa, cada persona, cada situación puede ser entendida como “palabra”. Karl Rahner, quien me ha enseñado mucho a través de sus escritos, entiende a la palabra como un símbolo que encarna su significado. Raimon Panikkar, quien me ha enseñado no sólo con sus escritos sino también con su amistad, explora de manera única la relación entre la palabra, el silencio y el entendimiento. De todos modos, lo que más determina el uso que le doy al término “palabra” es la verdad básica de la Biblia que nos dice que “Dios habla”. Si Dios habla, el universo entero y todo lo que hay en él es palabra. Éste es el modo bíblico de decir que todo tiene sentido cuando escuchamos con el corazón. Encontraremos que esto es cierto sólo si tenemos la valentía para escuchar. Esa valentía es la fe; el escuchar es la obediencia. La palabra “obediente” viene del latín ob-audiens, que significa “el que escucha con plena atención”. Su opuesto es el absurdo, ab-surdus, que significa “totalmente sordo”. Podemos huir del absurdo aprendiendo a escuchar la Palabra en todo lo que nos rodea.

Paradoja

Nicolás de Cusa bien expresó lo que el corazón humano siempre ha intuido: todos los opuestos coinciden en Dios. Esta afirmación trae aparejadas importantes consecuencias para cualquier intento de hablar de las realidades divinas. Cuanto más nos acercamos a afirmar algo que valga la pena ser afirmado, tanto más probable que la paradoja sea la única forma de expresarlo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10); “El que pierda su vida la encontrará” (Mt 10, 39); “A pesar de todo, lo llamamos Viernes Santo (Good Friday)” (T.S. Eliot, Cuatro Cuartetos).

Pecado

Actualmente, la palabra “pecado” suele ser tan malinterpretada, que ya prácticamente no se la usa. Sin embargo, como la realidad a la que se la llamaba pecado todavía existe, debemos encontrar una palabra para referirnos a ella. Lo que en otro tiempo se llamó pecado lo podemos llamar ahora alienación, palabra que parece apta. Alienación sugiere la idea de estar separado de nuestro propio ser, de los demás, de Dios (o de cualquier otra cosa que sea importante para nosotros). Por su parte, la palabra “pecado” también sugiere la idea de separación; se relaciona también con la palabra “división”. El pecado divide la unidad en la que todos juntos nos pertenecemos mutuamente. El pecado nos aliena. Una acción es pecaminosa en la medida en que causa alienación; sin alienación no hay pecado. El mirar las consecuencias de una acción puede resultar liberador para muchos, condenatorio para algunos. Este enfoque puede representar un significativo cambio de énfasis en la moral, el pasar de una preocupación por la perfección personal a una mayor responsabilidad social. Nos puede ayudar a ver que, en nuestra época, el “trabajar por nuestra salvación” significa luchar contra toda forma de alienación. El término contemporáneo correspondiente a salvación es pertenencia. El camino de la alienación a la pertenencia es el camino del pecado a la salvación.

Pertenencia

Nuestra pertenencia es un hecho. Esto significa que nuestro pertenecer es, al mismo tiempo, un hecho y un don. Pertenecer es el hecho básico; todo otro hecho se basa en la pertenencia. Cualquier otro don celebra, cada uno a su modo, el pertenecer. La pertenencia es mutua y lo abarca todo: todo ser pertenece, de algún modo, a algún otro ser. Todo deseo esconde un deseo de pertenecer más para así llegar a ser más. Y dado que la pertenencia es un don, la gratitud es la respuesta adecuada a la vida, suceda lo que suceda.

Preguntas

Para evitar sucumbir bajo el peso de nuestros interrogantes, debemos expresar las preguntas que tengamos. Cuanto más esperamos, más pesadas se hacen, como un techo de paja bajo la lluvia. Por eso, quienes temen hacer preguntas corren el riesgo de terminar aplastados por ellas. Cuando preguntamos buscando llegar hasta la raíz de un asunto, encontramos que la respuesta a cada “¿por qué?” es un “¡sí!”, lo cual nos libera. Pero el preguntar en cuestiones menos relevantes también es liberador. El preguntar nos puede liberar, por ejemplo, de conceptos erróneos, sobre todo del concepto de que podemos conocer algo de manera incuestionable. Por esta razón en estas páginas he hecho el esfuerzo por cuestionar términos básicos para descubrir lo que realmente significan; términos como comunicación, pertenencia, sentido. Los términos básicos son como los cimientos sobre los cuales se levanta el razonamiento lógico; por eso, si los cimientos están un poco fuera de escuadra, todo el edificio puede caerse. Cuestionarnos las cosas no es un lujo sino una necesidad.

Realidad dada

En nuestro hablar usamos expresiones como: dado el momento, dadas las circunstancias… En verdad, toda la realidad es dada. La respuesta adecuada a un mundo que nos es dado es el agradecimiento. Esto trae consecuencias fundamentales para nuestra vida. Entender esta verdad y obrar de acuerdo a ella nos lleva a vivir continuamente agradecidos, y esta vida agradecida es, a su vez, la clave para encontrar la felicidad.

Religión

Las distintas religiones son distintas formas de ser religioso. Al distinguir entre religión y religiones, lo hago teniendo en mente esta religiosidad en común. Necesitaríamos un verbo para expresar de qué se trata la religión. Tenemos las palabras religión, religioso y religiosamente, pero no podemos decir “religionar”. “Orar” es el verbo que corresponde con la religión. Orar, en su sentido amplio, es lo que previene a la experiencia religiosa de quedar reducida a meras estructuras religiosas. El punto de partida de toda religión es la experiencia; ahora bien, el intelecto, la voluntad y los sentimientos inevitablemente buscarán, cada uno a su modo, asirse a dicha experiencia. El intelecto interpreta la experiencia, y así nace la doctrina religiosa. La voluntad reconoce todo lo que implica esa experiencia, lo cual deriva en el campo ético de la religión. Los sentimientos celebran la experiencia mediante rituales religiosos. De todos modos, lo religioso no hace automáticamente a la religión; estas tres áreas comunes a todas las religiones suelen tender a caer en el dogmatismo, el legalismo y el ritualismo, a menos que continuamente retornen a su raíz, a la experiencia viva. El proceso de este retorno es la oración; la oración es lo que le otorga religión a las religiones.

Sentido

El ser humano no puede encontrar paz mientras no le encuentre sentido a las cosas. El sentido es aquello en lo cual nuestro corazón descansa. El sentido no es algo que se logra con mucho esfuerzo, como quien trabaja por lograr un objetivo, sino que se recibe como un don. Y sin embargo, debemos darle sentido a nuestras vidas. ¿Cómo podemos lograrlo? Mediante la gratitud. La gratitud es el gesto interior por el cual le damos sentido a nuestra vida al recibirla como un don. El sentido más profundo de cualquier momento dado es, precisamente, el hecho de ser dado. La gratitud identifica, reconoce y celebra este sentido.

Sentimientos

Mucha gente le teme a sus sentimientos, especialmente en su vida de oración. El sentimentalismo es ciertamente un peligro, pero rara vez lo es para quienes lo reconocen como un peligro. Si tú eres uno de ellos, puedes en realidad necesitar que te alienten a darle rienda suelta a tus sentimientos. Nuestra educación, nuestra cultura, e incluso lo que nos han enseñado sobre la oración, nos pueden llevar a desconfiar de nuestros sentimientos, o al menos a esconderlos. Es por ello que personas cuyos sentimientos fluyen libremente nos parecen exageradamente sentimentales, así como a un enano ve a una persona normal como un gigante. El sentimentalismo en la oración es un desequilibrio que no proviene del exceso de sentimientos, sino de la carencia en otros aspectos. Por lo tanto, el equilibrio no se logra cercenando los sentimientos sino añadiéndoles energía intelectual y moral. (Tengamos presente que debemos además incluir tacto y buen gusto, dos ingredientes que hacen que el manifestar nuestros sentimientos no moleste a los demás).

¡Cuán a menudo decimos “sí”! Y sin embargo, muchas veces es un sí condicional: “sí, siempre que…”, o “sí, pero…” La mayoría de las veces hay cuerdas que atan a nuestro sí; de todos modos, de vez en cuando somos llevados como planeadores por el viento y decimos un “sí” incondicional. En esos momentos comprendemos que “sí” es la respuesta a cada “¿por qué?”, y así todo cobra sentido. Cuando e. e. cummings da gracias a Dios “por todo lo que es natural, que es infinito, que es un sí”, tiene presente aquel asentimiento universal. Lo mismo San Pablo, cuando llama a Jesucristo el gran Sí (2 Cor 1,20). El “sí” del corazón humano es nuestra respuesta a la “fidelidad en el corazón de todas las cosas”. Diciendo este “sí”, llegamos a ser lo que verdaderamente somos; nuestro verdadero ser es “sí”.

Silencio

El silencio puede tener un sentido positivo y uno negativo. En sentido negativo, el silencio es la ausencia de sonidos o palabras. En estas páginas nos enfocamos en el sentido positivo. En este sentido, el silencio es la matriz de donde nace la palabra, el hogar a donde la palabra regresa mediante el conocimiento. La palabra, a diferencia del parloteo, no rompe el silencio; la palabra genuina nace del silencio, mientras que en el conocimiento genuino, la palabra regresa a casa en el silencio. Para quienes sólo conocen el mundo de las palabras, el silencio es meramente un vacío, mientras que un corazón silente reconoce esta paradoja: el vacío del silencio es inagotablemente rico; todas las palabras del mundo son sólo un destello de su plenitud.

Sorpresa

Para Platón, la filosofía era una amorosa dedicación a la sabiduría; de aquí que la sorpresa y la capacidad de sorprenderse eran para él el origen de la filosofía. La capacidad para la sorpresa es lo que distingue a la sabiduría del mero ingenio. El ingenio está preparado, por lo que no se sorprende con lo imprevisto; mientras que la sabiduría, tal como la ve Piet Hein, está dispuesta a sorprenderse incluso con lo previsible:

Muchas veces se dice la mitad de la verdad,
y muchas veces resulta ser correcta.
Es sensato entonces estar preparado
para lo que no esperamos.

A la otra mitad se la minimiza
o se la deja de lado por completo.
Es más sensato, pues, sorprenderse
con lo que más esperábamos.

Reconocer que todo es sorprendente es el primer paso para reconocer que todo es un don. La sabiduría que comienza con la sorpresa es la sabiduría de un corazón agradecido.

Temor

Cada vez que algo malo sucede en la sociedad, en la mente de una persona, o en nuestra vida espiritual, podemos estar seguros de que el temor, de una forma u otra, está presente en la raíz del problema. La mayoría de nosotros somos personas movidas por el temor; vivimos en una sociedad movida por el temor. Pero no ganamos nada con saberlo si, además de todos nuestros temores, ahora empezamos a temerle al temor. ¿Por qué no mejor considerar el temor como la condición necesaria para el valor? Dice Piet Hein:

Ser valiente es comportarse
valientemente cuando el corazón desfallece.
Por eso puedes ser realmente valiente
sólo cuando en verdad no lo eres.

Trabajo / Juego

La actividad humana puede dividirse en dos categorías: trabajo y juego. Trabajamos para obtener un propósito útil; jugamos simplemente para disfrutar. El juego tiene sentido en sí mismo. En nuestro trabajo podemos llegar a estar tan preocupados por obtener un propósito, que una vez finalizado no somos capaces de jugar, sino que a lo sumo podemos hacer ejercicio (workout). La utilidad está dejando fuera el disfrutar de las cosas. ¡Qué pérdida de tiempo! De todos modos, aún podemos rescatar al trabajo de transformarse en una rutina tediosa; podemos aprender a trabajar con espíritu de juego. Esto significa hacer nuestro trabajo no sólo por su utilidad, sino además por el placer que podemos encontrar al hacerlo poniendo en él nuestro corazón, con gratitud. Un trabajo hecho en gratitud es un trabajo hecho en espíritu de juego, un “trabajo ocioso” . Sólo el trabajo ocioso es, a la larga, el más eficiente; sólo cuando trabajamos con espíritu de juego estamos plenamente vivos.

La relación entre Yo y Tú ha sido brillantemente explorada por Ferdinand Ebner y Martin Buber. Sin embargo, les tomó varios volúmenes expresar lo que e. e. cummings canta en una sola línea de un poema de amor: “Soy, gracias a ti, tan yo” (no solamente gracias a ti soy tan feliz, sino que soy “tan yo”). En los momentos en que puedo decir esta frase con convicción, sé que encuentro la plenitud al estar completamente vacío.

Utilidad

Aún sin darnos cuenta podemos quedar atrapados en un mundo en el que sólo cuenta lo que es útil. Curiosamente, la expectativa de vida de quienes hacen de la utilidad su máximo valor, cae abruptamente después de su jubilación. El sentido común nos dice que la plenitud de vida no se mide por su utilidad, sino por cuánto disfrutamos de ella. A pesar de ello, la opinión pública trata de persuadirnos de que no necesitamos de lo que no es útil. Justamente lo opuesto es lo cierto. Lo que más urgentemente necesitamos no es lo que podemos usar, sino aquello de lo que podemos disfrutar. Esta distinción es crucial: nuestra necesidad más profunda no es usar, sino disfrutar. Las cosas de las que más disfrutamos en la vida son superfluas: la música, escalar una montaña, un beso, por poner algunos ejemplos. “Superfluo”, como la misma palabra lo sugiere, indica una abundancia que se desborda y fluye luego de que el vaso de la mera utilidad ha sido llenado hasta el borde (como los jarrones de piedra de las Bodas de Caná, Jn 2,8). En la palabra “afluencia”, la misma idea de fluir está presente, pero indica un fluir “hacia adentro”. En una sociedad utilitarista, lo único que vale es la utilidad; no hay un fluir desbordante que prevenga que esa sociedad termine estancada. El disfrutar se mide no por lo que fluye hacia adentro, sino por lo que desborda. Cuanto más pequeño hagamos el vaso de lo útil, tanto más pronto obtendremos el desborde que necesitamos para disfrutar. Esto lo entendió muy bien aquel mendigo que decía: “Me dieron dos monedas; con una me compré pan, con la otra, flores”.

Vacaciones

Si no fuera por las vacaciones, nuestras escuelas difícilmente merecerían llamarse escuelas. Etimológicamente la palabra “escuela” proviene del griego y significa “lugar para el ocio”. Leído en el contexto actual nos parece una broma; y sin embargo a quienes nos han hecho una broma es a nosotros. Originalmente las escuelas fueron concebidas como lugares donde la gente podía entregarse al ocio, y así encontrarse a sí mismas. En nuestro tiempo, muchos jóvenes necesitan tomarse todo un año lejos del estrés de los estudios como para poder encontrarse a sí mismos. Nuestras escuelas están orientadas al propósito más que al sentido; al “saber-cómo” más que a la sabiduría. ¿Qué cosas han enriquecido más nuestra vida, las cosas útiles que hicimos en la escuela, o las cosas de las que disfrutamos en las vacaciones? Para la mayoría de nosotros, las vacaciones significan plenitud de vida; sin embargo, la misma palabra suele ser relegada como sinónimo de vacío y desocupación. Aquí también la plenitud y el vacío están íntimamente relacionados. “Permanece quieto y aprende que yo soy Dios” (Sal 46,10). En el vacío del silencio encontrarás mi plenitud. En lugar de “permanece quieto”, San Jerónimo traduce “tómate vacaciones”. (En su traducción de la Biblia, San Jerónimo dice en latín: Vacate et videte quoniam ego sum Deus).

Verdad

Nuestro corazón ansía la verdad; sin embargo, lo que podemos expresar son sólo verdades. La verdad es una, pero sus incontables aspectos se pueden expresar en verdades contradictorias; sus limitaciones hacen que entren en conflicto. Todo lo que podemos captar de la verdad son verdades limitadas. Sin embargo, el captar no es la única actitud que podemos adoptar respecto de la verdad. En lugar de tratar de captar la verdad, podemos dejar que la verdad nos capture a nosotros. Una cosa es sacar agua del mar con un balde; sumergirnos en el mar es otra cosa totalmente diferente. Las verdades que podemos captar son necesariamente limitadas, ya que nuestra capacidad es limitada; por el contrario, la verdad a la cual nos entregamos es una e ilimitada. Mientras que las múltiples verdades tienden a dividirnos, la única verdad nos une.

Vida divina

Hablar de la vida divina como algo que conocemos por propia experiencia puede parecer presuntuoso. Sin embargo, sería más presuntuoso hablar de ella sin conocerla. En realidad, conocemos algo por experiencia o directamente no lo conocemos. Hay momentos en que, sin buscarlo en absoluto, captamos la esencia íntima de nuestro ser. Captamos que, a un mismo tiempo, hemos alcanzado nuestra meta y vamos camino a ella. Algunos, audazmente, llaman a este punto de partida y meta de nuestra existencia “Dios”. Ninguna otra realidad merece este nombre. Podemos señalar como los dos extremos de esta experiencia al Dios inmanente (más cercano a mí de lo que yo lo soy a mí mismo) y al Dios trascendente (más allá de todo lo creado). Si Dios fuera únicamente trascendente, entonces sí sería presuntuoso decir que se tiene algún conocimiento de Él. Pero una trascendencia digna de Dios debe ser tan trascendente que trascienda nuestro limitado concepto de trascendencia, y que por lo tanto es perfectamente compatible con su inmanencia. ¿Acaso no sería presuntuoso negarlo? El hecho de que yo no soy Dios necesita poca demostración. Y sin embargo, según Piet Hein,

¿Quién soy yo
para negar
que quizás
Dios es en mí?

X

¿Es mera casualidad que “X” tenga dos funciones opuestas? X sirve para marcar un punto, pero también sirve para tachar cualquier cosa que se encuentre en ese punto. Con dos trazos, X expresa la paradoja contenida en la palabra nowhere (“en ninguna parte”). Con solo hacer un espacio en medio de esta palabra, la podemos transformar en now here (“ahora aquí”). Así, X puede indicar el punto donde me encuentro aquí y ahora, en medio de la nada. Esto nos pone en evidencia; ¿podemos decir también que nos pone en una encrucijada?. X es una cruz disfrazada, una cruz que se para en dos patas y no en una. Cuando dejamos que se nos ponga en evidencia, nos situamos en “el punto de intersección de lo atemporal con lo temporal”, “en el punto inmóvil del mundo que gira” (T. S. Eliot, Cuatro Cuartetos), aquí y en ninguna parte. X señala el lugar donde plenitud y vacío son uno.

Yo

No es una simple coincidencia que en inglés el pronombre personal “yo” (I) no se distinga en su pronunciación de la palabra “ojo” (eye), órgano de la vista . Esto agrega un matiz más a la versión inglesa de la conocida frase del Maestro Eckhart: “El ojo con el cual veo a Dios es el mismo ojo con el cual Dios me ve a mí”. Cuando entendemos así nuestro “yo”, le damos un sentido pleno y escapamos de la prisión del individualismo egoísta.

Cero

La misma forma del número cero, escrito como 0, expresa vacío; sin embargo, el círculo que lo representa es símbolo de plenitud. El cero equivale a nada, pero agregándolo a otro número, lo multiplica por decenas, por cientos, por miles. La gratitud le da plenitud a la vida sin añadirle nada. Entender 0 siendo 0, de esto se trata la gratitud. Quien entiende la frase precedente ya no sabe cómo leerla en voz alta; lo cual es una buena razón para ponerlo por escrito.


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Cultivar la gratitud

Reunimos en esta sección artículos y videos orientados a la práctica de la gratitud.


  • responder Juana Campmajo ,

    Una invitación a crecer… Hermosas reflexiones! Me siento muy agradecida.

    • responder luisa chong ,

      simplemente hermoso

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