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Meditación en las Naciones Unidas

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Pronunciadas en 1975, estas palabras tienen hoy aún mayor vigencia. Con ellas, el hermano David cerró un acto en las Naciones Unidas que reunió a líderes espirituales de todo el mundo, entre ellos la Madre Teresa de Calcuta. “El espíritu humano es uno. Silenciosamente, echemos raíces en sus profundidades. Allí reside la única fuente de paz posible”.


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“El actual estado de ansiedad extendido en todo el mundo y que caracteriza a los períodos en los que tiene lugar una transición radical, debe dar lugar a la expresión de una esperanza dinámica y a la fe en la capacidad de la familia humana, especialmente de la juventud, para construir una nueva tierra, una comunidad más compasiva, un futuro en el que sea posible una mayor alegría y una transformación más creativa”.

Aunque esta afirmación parezca escrita recientemente, fue compuesta en un encuentro de líderes espirituales para el trigésimo aniversario de las Naciones Unidas, el 24 de octubre de 1975. Así es como Robert Muller –quien se desempeñó como Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas por 38 años– describe la importancia del evento, del cual participó:

“La unidad de la humanidad ya no es un sueño de filósofos, humanistas y profetas. Hoy en día las preocupaciones humanas y la conciencia son universales. Van desde las estrellas al átomo, del espacio exterior al núcleo de la tierra, de la atmósfera a las profundidades de los mares, del alimento a la microbiología, de la población mundial a los derechos humanos individuales. Este es el producto de una multitud de sueños y esfuerzos de innumerables individuos e instituciones. En unos pocos años hemos sido testigos de la increíble explosión de conocimiento e interés por lo que está en lo más lejano del universo y lo que es infinitamente pequeño. ¡Qué increíble progreso se ha logrado, qué pasos enormes se han dado! Hemos sido los destinatarios de un cambio radical de perspectiva, un marco de referencia extremadamente claro, una estructura que nos permite comprender totalmente nuestro lugar y nuestro destino en el espacio y en la evolución.

Srimata Gayatri Devi
Srimata Gayatri Devi

En octubre de 1975, con ocasión del trigésimo aniversario de las Naciones Unidas, líderes provenientes del hinduismo, budismo, cristianismo e islamismo se reunieron para reflexionar sobre la dimensión moral y espiritual necesaria para nuestro progreso. Fue realmente impresionante la ceremonia de clausura, que se celebró en el Auditorio Dag Hammarsjöld. La primera en hablar fue Srimata Gayatri Devi, hindú. Se refirió a los videntes, profetas y visionarios que habían sido guiados por los grandes principios unificadores de la espiritualidad, la ética, Dios, la presencia del todo en el uno y del uno en el todo, y la unión entre el ser interior y la conciencia del mundo. Los oradores budista, islámico y judío presentaron posturas similares: la creencia en la identidad única de la humanidad y de todas las naciones bajo un mismo Dios o principio unificador. En el final de la ceremonia, la Madre Teresa de Calcuta tomó la palabra. Usando unas pocas y simples palabras dijo:

Teresa de Calcuta
Teresa de Calcuta

‘Los pobres son hermanos y hermanas de la misma familia, creados por el mismo Dios amoroso. Si no los conocemos, no podremos amarlos ni servirlos… Debemos amar hasta que nos duela, y esto toca especialmente a las Naciones Unidas’.

La extraordinaria ceremonia finalizó con una meditación bajo la guía del Hermano David Steindl-Rast, monje benedictino. Pocas veces he visto en las Naciones Unidas una unión en el espíritu tan profunda, una comprensión tan vibrante y una benevolencia tan cálida”.

A continuación ofrecemos la meditación del Hermano David:


El hermano David junto a la Madre Teresa, Naciones Unidas, 1975.
El hermano David junto a la Madre Teresa, Naciones Unidas, 1975.

Hermanas y hermanos en espíritu: Han sido testigos de un evento importante y profundamente emocionante. Importante no solo para los que lo presenciaron, sino también para la historia de las Naciones Unidas y por lo tanto para la totalidad de la familia humana.

Corresponde por lo tanto celebrar la clausura de este importante evento mediante un gesto de agradecimiento de nuestro corazón. Pero no sería suficiente que alguien diera una bendición o dijera una plegaria frente a ustedes. Debemos hacer juntos este gesto de agradecimiento en este momento. Los invito a hacerlo.

Como realmente somos un solo corazón, deberíamos poder encontrar una forma en común para expresar al Espíritu que nos impulsa en este momento. La diversidad de lenguas tiende a dividirnos; sin embargo, cuando falla el lenguaje en palabras, es el lenguaje silencioso de los gestos el que nos ayuda a expresar nuestra unidad. Usando este lenguaje, entonces, pongámonos de pie.

Que el levantarnos sea una expresión de que nos estamos poniendo a la altura de esta ocasión con plena conciencia de lo que significa.

Que el estar de pie sea un gesto consciente: consciente del suelo sobre el que nos paramos, una pequeña porción de esta Tierra que no pertenece a una nación sino a todas las naciones. Es una porción muy pequeña, en efecto, pero es un símbolo de la concordia humana, un símbolo de la verdad de que esta pobre y maltratada Tierra nos pertenece a todos en conjunto.

De pie, entonces, como plantas que se yerguen en buen terreno, hundamos nuestras raíces profundamente en nuestra oculta unidad. Permítanse sentir lo que significa estar parado y extender sus raíces interiores.

Arraigados en la tierra de nuestro corazón, expongámonos al viento del Espíritu, el único Espíritu que mueve a todos aquellos que se dejan llevar por él. Inspiremos profundamente el aire de ese único Espíritu.

Quedémonos de pie como testimonio de que tomamos una posición a favor de lo que tenemos en común.

Quedémonos de pie como expresión de reverencia por todos aquellos que nos han antecedido y que han defendido la unidad humana.

Quedémonos de pie con reverencia sobre el terreno de nuestro común empeño como seres humanos, uniéndonos a todos los que también lo han hecho, desde el primer hombre que talló una herramienta hasta aquellos que han creado las más complejas maquinarias e instituciones.

De pie, como plantas que se yerguen en buen terreno, hundamos nuestras raíces profundamente en nuestra oculta unidad.
Quedémonos de pie con reverencia en el territorio, común a todos, de la búsqueda de sentido, codo a codo con los que alguna vez han estado aquí, en este terreno, con sus ingeniosas especulaciones, con su celebración de la belleza, con su servicio diligente.

Quedémonos de pie con reverencia ante todos aquellos que, en este territorio que tenemos en común, se pusieron de pie para ser tenidos en cuenta, se pusieron de pie… y fueron derribados.

Recordemos que ponernos de pie como lo hemos hecho implica estar dispuestos a dar la propia vida por aquello en lo que creemos.

Quedémonos de pie llenos de reverencial temor ante los miles y miles –conocidos y desconocidos– que han ofrendado sus vidas por la causa común de nuestra familia humana.

Inclinemos la cabeza. Inclinemos la cabeza ante ellos.

Quedémonos de pie e inclinemos la cabeza, porque estamos siendo juzgados.

Estamos siendo juzgados, porque el espíritu humano es uno solo. Si somos uno con los héroes y profetas, también lo somos con los que los persiguieron y mataron. Somos uno con el verdugo, tal como somos uno con las víctimas. Compartimos tanto la gloria de la grandeza humana como la vergüenza del fracaso humano.

Permítanme ahora que los invite a hacer memoria del acto de destrucción más inhumano que puedan recordar. Ahora tómenlo en sus manos, junto con toda la violencia, avaricia, injusticia, estupidez, hipocresía y toda forma de miseria humana, y juntos, con toda la fuerza de nuestros corazones, arrojémoslo en el torrente de compasión que brota del corazón del mundo, ese centro en el que nuestros corazones son uno solo.

Este no es un gesto fácil de hacer; incluso puede resultarnos imposible a algunos de nosotros. Pero mientras no seamos capaces de echar raíces en esta fuente común de concordia y compasión, no podremos albergar en nuestros propios corazones aquella unidad que es nuestro derecho común por nacimiento.

Estando así de pie, firmemente parados sobre esta unidad, cerremos los ojos.

Cerremos los ojos para tomar conciencia de la ceguera con que muchas veces enfrentamos el futuro.

Cerremos los ojos para enfocarnos en nuestra luz interior, esa luz que tenemos en común, gracias a la cual podremos caminar juntos aún en medio de la oscuridad.

Cerremos los ojos como un gesto de confianza en el Espíritu que nos guía si le abrimos nuestro corazón.

El espíritu humano es uno. Sin embargo, este espíritu es más que humano, ya que el corazón humano es insondable. Silenciosamente, echemos raíces en estas profundidades. Allí reside la única fuente de paz posible.

En un momento, en cuanto los invite a abrir sus ojos, los voy a invitar también a comunicar este Espíritu a la persona que tienen a su lado deseándole la paz. Concluyamos nuestra celebración con este gesto, con el que nos estaremos enviando mutuamente como embajadores de la paz. Hagámoslo ahora.

¡Que la paz esté con todos ustedes!

Hermano David Steindl-Rast

 

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